Dicen que cuando alguien agoniza ve pasar en pocos
segundos, como en una película, toda su vida.
Eso le sucedió a Tomás cuando esperaba la ráfaga que cerraría su
vida. Acababa de ser condenado a muerte
por un tribunal revolucionario de las FARC-EP por el delito de
indisciplina. Algunos camaradas
asistentes a la ejecución comentaron con prudencia que iba a morir por ingenuo
o por amor, más que por lo que decía el expediente.
Todos sus compañeros recordaban la historia. Tomás era un joven campesino de la vereda Los
Naranjos, en un lejano municipio del Caquetá, Colombia, dedicado a colaborar
con la comunidad en cuanto proyecto se proponía. Sus cualidades de líder eran evidentes y le
habían ganado el respeto y la admiración de todos.
Un día llegó a la zona una mujer un poco mayor que el
muchacho al que convirtió en objeto de sus deseos. Loco de amor accedió a acompañarla al
campamento guerrillero y se vistió de camuflaje con la condición de que siempre
estuviese cerca de la chica. Para su sorpresa, ella, llamada Irma, cambió
la pasión por indiferencia y luego por
rencor. Hasta la trasladaron a otro
campamento para evitarle el contacto con el enamorado. Las protestas del chico colmaron la paciencia
del comandante del frente, quien con gran enojo montó un rápido consejo de
guerra para liberarse de ese estorbo.
El día de la ejecución Tomás despertó atado de un árbol. Mientras examinaba su corta vida, no podía
entender la situación absurda en que se
encontraba cuando su único pecado había sido amar a una mujer. Su dolor se hizo insoportable al levantar su
cabeza y ver entre los asistentes el rostro que consideraba más hermoso. Irma alzó su fusil, se paró con absoluta
frialdad frente al muchacho y esperó la orden de su comandante…
(La narración anterior se refiere a hechos reales,
contados en el libro Operación Gato Negro, aunque los nombres y algunos
detalles son creaciones del autor)
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