Iván Tabares Marín
Un funcionario de un juzgado de familia me comentó que los jueces no
tienen en cuenta las pruebas presentadas por los señores en los litigios
surgidos entre las parejas, seguramente porque parten del principio según el
cual los hombres siempre engañan a sus esposas. La situación es muy delicada porque implica
que sistemáticamente los jueces prevarican en la más absoluta impunidad y
convierten estos procesos litigiosos entre hombres y mujeres en eventos
innecesarios.
Mejor sería que
la mujer se reuniera con el juez o la jueza y decidieran lo que bien les
pareciera y no sometieran al señor a ese ridículo montaje. La situación es más aberrante cuando es una
dama quien funge de ciega justicia y
guarda en su siquismo algún resentimiento –lo que no es raro- contra los
hombres por algún fracaso marital o por un viejo amor no correspondido, caso en
el cual el proceso matrimonial que conozca lo perderá el señor y probablemente terminará en la cárcel.
Por otro lado, las injusticias cometidas en aras del
orgullo vaginal se convierten en generadores de violencia cuando el marido se da
cuenta de que no puede encontrar imparcialidad en las instituciones estatales y
buscará por todos los medios, lícitos o no, recuperar lo que le fue arrebatado,
sobre todo si él tiene la suficiente lucidez para comprender que de nada le
sirvió haber jugado limpio en el conflicto.
Muchos crímenes se cometen hoy en Colombia como consecuencia de los
abusos o errores de los jueces tal como sucede en España, aunque allá es la
misma ley, mucho más parcializada que aquí a favor de las mujeres, la que
impulsa a los uxoricidas a actuar.
El culpable
siempre es el hombre. Todo hombre
separado o divorciado es sospechoso. La
esposa siempre es inocente aunque todos sabemos de muchas mujeres sicópatas,
mitómanas y delincuentes. En los divorcios no es posible, en muchos de
los casos, señalar al culpable de una ruptura matrimonial. El mundo de las relaciones humanas es el de
las sutilezas, de los motivos inconscientes, del lenguaje corporal fino, en el
que una simple mirada, una caricia o un gesto puede ser definitivo.
En la lógica de los jueces opera un mecanismo religioso,
heredado de las cruzadas para ser más exacto, que fue empleado durante el
ataque a un pueblo del sur de Francia, Beziers, donde vivían muchos herejes cátaros. “Qué hacemos –preguntó el comandante de los
ejércitos papales- para distinguir a los
herejes?” “Matadlos a todos –le
respondieron- Dios reconocerá a los suyos”.
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