lunes, 3 de agosto de 2015

 Repugnante feminismo

Iván Tabares Marín

Un funcionario de un juzgado  de familia me comentó que los jueces no tienen en cuenta las pruebas presentadas por los señores en los litigios surgidos entre las parejas, seguramente porque parten del principio según el cual los hombres siempre engañan a sus esposas.   La situación es muy delicada porque implica que sistemáticamente los jueces prevarican en la más absoluta impunidad y convierten estos procesos litigiosos entre hombres y mujeres en eventos innecesarios.

 Mejor sería que la mujer se reuniera con el juez o la jueza y decidieran lo que bien les pareciera y no sometieran al señor a ese ridículo montaje.  La situación es más aberrante cuando es una dama quien funge de  ciega justicia y guarda en su siquismo algún resentimiento –lo que no es raro- contra los hombres por algún fracaso marital o por un viejo amor no correspondido, caso en el cual el proceso matrimonial que conozca lo perderá el señor  y probablemente terminará en la cárcel.  

Por otro lado, las injusticias cometidas en aras del orgullo vaginal se convierten en generadores de violencia cuando el marido se da cuenta de que no puede encontrar imparcialidad en las instituciones estatales y buscará por todos los medios, lícitos o no, recuperar lo que le fue arrebatado, sobre todo si él tiene la suficiente lucidez para comprender que de nada le sirvió haber jugado limpio en el conflicto.  Muchos crímenes se cometen hoy en Colombia como consecuencia de los abusos o errores de los jueces tal como sucede en España, aunque allá es la misma ley, mucho más parcializada que aquí a favor de las mujeres, la que impulsa a los uxoricidas a actuar. 

 El culpable siempre es el hombre.  Todo hombre separado o divorciado es sospechoso.  La esposa siempre es inocente aunque todos sabemos de muchas mujeres sicópatas, mitómanas y delincuentes.   En los divorcios no es posible, en muchos de los casos, señalar al culpable de una ruptura matrimonial.  El mundo de las relaciones humanas es el de las sutilezas, de los motivos inconscientes, del lenguaje corporal fino, en el que una simple mirada, una caricia o un gesto puede ser definitivo.

En la lógica de los jueces opera un mecanismo religioso, heredado de las cruzadas para ser más exacto, que fue empleado durante el ataque a un pueblo del sur de Francia, Beziers, donde vivían muchos herejes cátaros.  “Qué hacemos –preguntó el comandante de los ejércitos papales-  para distinguir a los herejes?”    “Matadlos a todos –le respondieron- Dios reconocerá a los suyos”. 





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