Maten a Pablo. Fantasías de un atentado (III)
Iván Tabares Marín
Acto seguido, más de cuarenta judíos acuerdan asesinar
a Pablo y para ello piden al Sanedrín
que facilite una emboscada y para eso programan con el tribuno una nueva
audiencia. Tiene que existir mucho
resentimiento y un enorme desprecio contra las autoridades judías en un
escritor que las presenta como vulgares delincuentes a pesar de que entre ellas se encontraban
muchos hombres justos y piadosos. Pero
como buen mitómano, Lucas, o quien se esconde en ese nombre, saca de la nada a
un sobrino de Pablo quien por accidente conoce el complot y corre a denunciarlo
a los romanos. Un ángel también habría
servido para ese rol.
Entonces el reo es
trasladado a Cesárea, sede del Procurador, para que el mismo Félix
conociera el caso. Cinco días después
una delegación del Sanedrín, conformada por el sumo sacerdote Ananías y algunos
ancianos, intenta construir las violaciones de la Ley atribuibles al acusado,
pero todas ellas son tan deleznables que hacen más patético el fracaso del
escritor de los Hechos: “Porque hemos encontrado a esta peste de hombre,
promovedor de alborotos entre los judíos esparcidos por el mundo y jefe de la
secta de los nazarenos; hasta ha intentado profanar el Templo” (…) (Hechos
24:5-7) De hecho, Pablo no era el jefe
de la secta judía de los cristianos en Jerusalén; tal cargo era desempeñado por
Santiago El Justo, hermano de Jesús, y quien sería asesinado tres años después,
en el 62, por orden del Sumo Sacerdote.
Tampoco era Pablo un alborotador de los judíos en la diáspora, pues el
objetivo de sus prédicas eran sólo los gentiles de Asia Menor, Macedonia,
Grecia, Creta y Siria, ya que la función de atraer judíos era competencia de la
Iglesia de Santiago y Pedro. Y ya no se trata de una profanación del
templo, pero sí de un “intento” no
especificado.
A pesar de que
tampoco Félix encuentra crimen alguno en el alegato de los delegados del
Sanedrín—tal como Poncio Pilatos al enfrentar a Jesús en el imaginario proceso
contra Jesús—ordena el encarcelamiento
de Pablo durante los dos últimos años de su mandato y, gracias a los
malabarismos literarios, el nuevo Procurador Porcio Festo (60- 62), nombrado
por Nerón, debe continuar la farsa. Aquí
se intenta dar un toque de realismo al cuento utilizando a personajes
históricos como Agripa II y su bellísima
hermana Berenice, la misma que años más tarde se convertirá en la amante judía
del Emperador Tito. Ambos eran
descendientes de Herodes El Grande e hijos de Agripa I, el rey de Judea entre
los años 41 y 44 al servicio del Imperio pero que había sabido ganarse el
respeto de su pueblo. En aquel año 60,
Agripa II gobernaba otras provincias, no tenía jurisdicción alguna sobre Judea
y pasó por Cesárea de manera accidental con su hermana para saludar al
Procurador. Vaya coincidencia…
Esta vez no intervienen los acusadores. Después de escuchar el reiterado rollo de
Pablo, en el que obviamente no responde a las acusaciones del Sanedrín, Festo
le dice, con el buen criterio de quien no cree en una vida ultraterrena: “Estás
loco, Pablo; las muchas letras te hacen perder la cabeza” (Hechos 26:24). De todas maneras el Procurador y sus amigos
no ven un crimen en la versión de los hechos del acusado, como casi siempre
ocurre en cualquier proceso, y Festo decide enviarlo a Roma con la disculpa
infantil de que apeló. Si no hubo crimen
y mucho menos fallo de primera instancia, la torpeza jurídica de un funcionario
del imperio que legó a occidente el Derecho no tiene más explicación que la ignorancia
con que se ensambló el cuento, no para
hacer historia sino para producir en los lectores de entonces, cristianos de
los últimos años del siglo I, un sentimiento de odio hacia los judíos, que al
mismo tiempo borraba las contradicciones entre los seguidores de Jesús en
Jerusalén y la nueva doctrina inventada por Pablo y llevada a los gentiles.
(Continuará)
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