martes, 11 de agosto de 2015



Maten a Pablo.  Fantasías de un atentado (III)

Iván Tabares Marín

Acto seguido, más de cuarenta judíos acuerdan asesinar a Pablo y  para ello piden al Sanedrín que facilite una emboscada y para eso programan con el tribuno una nueva audiencia.   Tiene que existir mucho resentimiento y un enorme desprecio contra las autoridades judías en un escritor que las presenta como vulgares delincuentes a  pesar de que entre ellas se encontraban muchos hombres justos y piadosos.  Pero como buen mitómano, Lucas, o quien se esconde en ese nombre, saca de la nada a un sobrino de Pablo quien por accidente conoce el complot y corre a denunciarlo a los romanos.   Un ángel también habría servido para ese rol.

Entonces el reo es  trasladado a Cesárea, sede del Procurador, para que el mismo Félix conociera el caso.  Cinco días después una delegación del Sanedrín, conformada por el sumo sacerdote Ananías y algunos ancianos, intenta construir las violaciones de la Ley atribuibles al acusado, pero todas ellas son tan deleznables que hacen más patético el fracaso del escritor de los Hechos: “Porque hemos encontrado a esta peste de hombre, promovedor de alborotos entre los judíos esparcidos por el mundo y jefe de la secta de los nazarenos; hasta ha intentado profanar el Templo” (…) (Hechos 24:5-7)  De hecho, Pablo no era el jefe de la secta judía de los cristianos en Jerusalén; tal cargo era desempeñado por Santiago El Justo, hermano de Jesús, y quien sería asesinado tres años después, en el 62, por orden del Sumo Sacerdote.  Tampoco era Pablo un alborotador de los judíos en la diáspora, pues el objetivo de sus prédicas eran sólo los gentiles de Asia Menor, Macedonia, Grecia, Creta y Siria, ya que la función de atraer judíos era competencia de la Iglesia de Santiago y Pedro.  Y ya  no se trata de una profanación del templo,  pero sí de un “intento” no especificado.

 A pesar de que tampoco Félix encuentra crimen alguno en el alegato de los delegados del Sanedrín—tal como Poncio Pilatos al enfrentar a Jesús en el imaginario proceso contra Jesús—ordena el encarcelamiento  de Pablo durante los dos últimos años de su mandato y, gracias a los malabarismos literarios, el nuevo Procurador Porcio Festo (60- 62), nombrado por Nerón, debe continuar la farsa.  Aquí se intenta dar un toque de realismo al cuento utilizando a personajes históricos como Agripa II  y su bellísima hermana Berenice, la misma que años más tarde se convertirá en la amante judía del Emperador Tito.  Ambos eran descendientes de Herodes El Grande e hijos de Agripa I, el rey de Judea entre los años 41 y 44 al servicio del Imperio pero que había sabido ganarse el respeto de su pueblo.  En aquel año 60, Agripa II gobernaba otras provincias, no tenía jurisdicción alguna sobre Judea y pasó por Cesárea de manera accidental con su hermana para saludar al Procurador. Vaya coincidencia…

Esta vez no intervienen los acusadores.  Después de escuchar el reiterado rollo de Pablo, en el que obviamente no responde a las acusaciones del Sanedrín, Festo le dice, con el buen criterio de quien no cree en una vida ultraterrena: “Estás loco, Pablo; las muchas letras te hacen perder la cabeza” (Hechos 26:24).  De todas maneras el Procurador y sus amigos no ven un crimen en la versión de los hechos del acusado, como casi siempre ocurre en cualquier proceso, y Festo decide enviarlo a Roma con la disculpa infantil de que apeló.  Si no hubo crimen y mucho menos fallo de primera instancia, la torpeza jurídica de un funcionario del imperio que legó a occidente el Derecho no tiene más explicación que la ignorancia con que se ensambló el cuento, no  para hacer historia sino para producir en los lectores de entonces, cristianos de los últimos años del siglo I, un sentimiento de odio hacia los judíos, que al mismo tiempo borraba las contradicciones entre los seguidores de Jesús en Jerusalén y la nueva doctrina inventada por Pablo y llevada a los gentiles. (Continuará)


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