Iván Tabares Marín
Para Isaías Berlin, uno de los eventos decisivos en la
historia del pensamiento político occidental se inició en Alemania e Inglaterra
a finales del siglo XVIII, se extendió hasta la segunda mitad del XIX y es
conocido como el Romanticismo. También
cambió el arte, revolucionó la religión, inició una nueva orientación de la
filosofía y cuestionó la muy sofisticada Ilustración.
Mientras París, motivada por la razón, implantaba su
revolución burguesa, los románticos exaltaban otros elementos de la condición
humana como el sentimiento, la creatividad del artista, el retorno a la
naturaleza, el individuo, las expresiones culturales del pueblo, los marginados
y explotados, las mujeres reprimidas, la imaginación, lo oculto, el terror, los
sueños, las diferencias y los detalles. Los
artistas se rebelaron contra los moldes establecidos en la época clásica para
buscar en lo más íntimo de su ser nuevas formas de expresión; la acción y la
voluntad sustituyeron el éxtasis medieval; más que hacia Dios, se va tras la
libertad; el nuevo héroe es el hombre trágico, el perseguido, el mártir, el
hereje.
Mientras esto ocurría en Europa, los neogradinos
intentábamos traducir la Declaración de los Derechos del Hombre en las primeras
imprentas que por aquellos días nos habían permitido los españoles. Nadie nos contó de lo que estaba sucediendo
en toda Europa. Debimos esperar para que
algunos románticos nos transportaran a esos tiempos.
Entre estos hombres se destacó un autodidacta,
Estanislao Zuleta, quien no creía en el sistema educativo colombiano y dedicó
toda su vida a dos pioneros, Carlos Marx y Sigmund Freud, activos cuando el
movimiento romántico se encontraba en el ocaso.
Formados en esa corriente maravillosa, el primero puso su vida al
servicio de los oprimidos por la revolución industrial, en tanto que el otro se
dedicó a escarbar ese sórdido mundo que
todos tratamos de ocultar, el inconsciente.
Cuando conmemoramos 25 años de la muerte del maestro
Zuleta, Colombia sigue anquilosada en el romanticismo, procurando un acuerdo
con la última guerrilla de la historia, discutiendo los derechos de los marginados
y los desplazados; esperando que el bueno de Francisco nos enseñe una nueva
forma de entender al Nazareno; soñando con otra democracia sin la espantosa venalidad de los
jueces y añorando una nueva estética que dé sentido a este drama.
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