Pablo el mentiroso (IV)
Maten a Pablo: fantasías de un atentado
Por Iván Tabares Marín
Saulo de Tarso se convierte al cristianismo que antes
aborrecía hacia el año 35, unos cinco años después de la muerte de Jesús;
desaparece del relato los diez años siguientes, realiza su primer viaje
misionero en torno a los años 46 y 47, para reunirse en el año 48 o 49 con los
líderes judeocristianos de Jerusalén y discutir si el cumplimiento de la ley
judía era un requisito necesario para
pertenecer a la nueva religión que ellos
predicaban. La posición de Saulo
al respecto era tajante: no es necesario
que los hombres se sometan a la circuncisión, guarden el sábado y cumplan con
los mandatos y rituales establecidos para los judíos desde los tiempos de
Moisés para ingresar al redil de Jesús.
Por su parte, Santiago, el
hermano del mismo Jesús, y los apóstoles de la secta en Jerusalén defendían una
doctrina contraria.
El enfrentamiento debió ser muy serio, dada la
trascendencia del asunto como la condición misma de los contrincantes: de un
lado, la familia y los discípulos del mismo Cristo; del otro, un
advenedizo, un extranjero que había
colaborado en el asesinato de cristianos como Esteban, que ni siquiera había
conocido al Nazareno y que basaba sus doctrinas en una supuesta aparición
misteriosa e increíble. “¿Crees que
tienes razón –le dice Pedro a Pablo, en un documento de esa época—porque viste
a Jesús unos minutos camino a Damasco?” (Bart D. Erhman de la U. de Carolina
del Norte). La gravedad del desacuerdo
se refleja en las cartas de Pablo pero es minimizado o ignorado por los Hechos
de los Apóstoles (Hechos 15: 1-21).
Aunque este texto no debe ser tomado como libro
histórico por su cantidad de mitos y fantasías, sus últimos capítulos nos
ilustran sobre el origen del cristianismo y sobre las contradicciones entre
judíos y cristianos en los tiempos en que fue escrito, año 85, unos quince años
después de la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito, cuando los judíos
en desbandada hacían enormes esfuerzos por subsistir como nación y declaraban
herejes a los cristianos. El autor del libro elabora una novela genial para
transformar un conflicto entre judeocristianos de Jerusalén y Pablo en un
complot de judíos ortodoxos para matar
al tarsiota. Aunque en realidad no logra
consolidar la trama para hacerla creíble y se limita, más bien, a aplicar la
misma matriz narrativa sobre la que se elaboraron por esos mismo años los
evangelios, con el propósito de culpabilizar a los judíos (los enemigos a
enfrentar en ese momento) de la muerte
de Pablo (Jesús) y exonerar de toda responsabilidad a los romanos.
El capítulo 21 de los Hechos cuenta el tercer viaje
misionero de Pablo, ocurrido entre los años 53 y 57, aproximadamente, al final
del cual regresó a Jerusalén a pesar de
las recomendaciones de algunos de sus seguidores en el sentido de que no lo
hiciera. “Yo estoy pronto –dice
Pablo- no sólo a ser atacado sino a
morir en Jerusalén por el nombre del Señor” (Hechos 21: 13) La resignación de Pablo, que recuerda la
actitud de Jesús cuando decide entrar a Jerusalén antes de la crucifixión, no
se compadece con la manera maliciosa
pero eficaz con que se defenderá de sus detractores, como ya veremos.
Pero como el problema de Pablo eran los líderes judeocristianos, miremos la
narración del encuentro. “Y ellos,
después de escucharle, glorificaron a Dios y le dijeron: “ves, hermano, cuántos
millares de judíos han creído, y todos están llenos de celo por la Ley. Pero han oído decir de ti que enseñas la
deserción de Moisés a todos los judíos que viven entre gentiles, diciéndoles
que no circunciden los hijos ni sigan las costumbres”” (Hechos, 21:
20-21). Luego invitan a Pablo a que se
purifique en el Templo y “así sabrán todos que no es verdad nada de lo que han
oído decir de ti, sino que tú también sigues guardando la Ley” (21:24).
La ambigüedad del versículo es desconcertante por su
ironía y por las contradicciones que trata de ocultar, después de que la mayor
parte del texto ha sido empleado para mostrar los viajes misioneros del
fabricante de tiendas ayudado por ángeles y el poder de Dios. Luego Pablo es señalado en el templo como “el
hombre que va enseñando por todas partes
y a todos contra el pueblo, contra la Ley, contra este lugar; más aún, ha
metido a los griegos en el Templo y profanado este lugar santo” (21:28). Cuando los soldados romanos acudieron a
restablecer el orden, encontraron frente al templo a una multitud energúmena
dispuesta a linchar a Pablo. Cuando fue
rescatado por los romanos, el tribuno comandante se percató de que hablaba
griego y por eso lo confundió con un predicador conocido como El Egipcio. (Continuará)
Parte IV sobre Pablo
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