viernes, 7 de agosto de 2015


Pablo el mentiroso (IV) 

Maten a Pablo: fantasías de un atentado

Por Iván Tabares Marín

Saulo de Tarso se convierte al cristianismo que antes aborrecía hacia el año 35, unos cinco años después de la muerte de Jesús; desaparece del relato los diez años siguientes, realiza su primer viaje misionero en torno a los años 46 y 47, para reunirse en el año 48 o 49 con los líderes judeocristianos de Jerusalén y discutir si el cumplimiento de la ley judía era un requisito necesario  para pertenecer a la nueva religión que ellos  predicaban.  La posición de Saulo al  respecto era tajante: no es necesario que los hombres se sometan a la circuncisión, guarden el sábado y cumplan con los mandatos y rituales establecidos para los judíos desde los tiempos de Moisés para ingresar al redil de Jesús.  Por su parte,  Santiago, el hermano del mismo Jesús, y los apóstoles de la secta en Jerusalén defendían una doctrina contraria. 

El enfrentamiento debió ser muy serio, dada la trascendencia del asunto como la condición misma de los contrincantes: de un lado, la familia y los discípulos del mismo Cristo; del otro, un advenedizo,  un extranjero que había colaborado en el asesinato de cristianos como Esteban, que ni siquiera había conocido al Nazareno y que basaba sus doctrinas en una supuesta aparición misteriosa e increíble.  “¿Crees que tienes razón –le dice Pedro a Pablo, en un documento de esa época—porque viste a Jesús unos minutos camino a Damasco?” (Bart D. Erhman de la U. de Carolina del Norte).   La gravedad del desacuerdo se refleja en las cartas de Pablo pero es minimizado o ignorado por los Hechos de los Apóstoles (Hechos 15: 1-21).

Aunque este texto no debe ser tomado como libro histórico por su cantidad de mitos y fantasías, sus últimos capítulos nos ilustran sobre el origen del cristianismo y sobre las contradicciones entre judíos y cristianos en los tiempos en que fue escrito, año 85, unos quince años después de la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito, cuando los judíos en desbandada hacían enormes esfuerzos por subsistir como nación y declaraban herejes a los cristianos. El autor del libro elabora una novela genial para transformar un conflicto entre judeocristianos de Jerusalén y Pablo en un complot de judíos ortodoxos  para matar al tarsiota.  Aunque en realidad no logra consolidar la trama para hacerla creíble y se limita, más bien, a aplicar la misma matriz narrativa sobre la que se elaboraron por esos mismo años los evangelios, con el propósito de culpabilizar a los judíos (los enemigos a enfrentar en ese momento)  de la muerte de Pablo (Jesús) y exonerar de toda responsabilidad a los romanos.

El capítulo 21 de los Hechos cuenta el tercer viaje misionero de Pablo, ocurrido entre los años 53 y 57, aproximadamente, al final del cual regresó a Jerusalén  a pesar de las recomendaciones de algunos de sus seguidores en el sentido de que no lo hiciera.  “Yo estoy pronto –dice Pablo-  no sólo a ser atacado sino a morir en Jerusalén por el nombre del Señor” (Hechos 21: 13)   La resignación de Pablo, que recuerda la actitud de Jesús cuando decide entrar a Jerusalén antes de la crucifixión, no se compadece con la   manera maliciosa pero eficaz con que se defenderá de sus detractores, como ya veremos. 

Pero como el problema de Pablo eran  los líderes judeocristianos, miremos la narración del encuentro.  “Y ellos, después de escucharle, glorificaron a Dios y le dijeron: “ves, hermano, cuántos millares de judíos han creído, y todos están llenos de celo por la Ley.  Pero han oído decir de ti que enseñas la deserción de Moisés a todos los judíos que viven entre gentiles, diciéndoles que no circunciden los hijos ni sigan las costumbres”” (Hechos, 21: 20-21).  Luego invitan a Pablo a que se purifique en el Templo y “así sabrán todos que no es verdad nada de lo que han oído decir de ti, sino que tú también sigues guardando la Ley” (21:24). 

La ambigüedad del versículo es desconcertante por su ironía y por las contradicciones que trata de ocultar, después de que la mayor parte del texto ha sido empleado para mostrar los viajes misioneros del fabricante de tiendas ayudado por ángeles y el poder de Dios.  Luego Pablo es señalado en el templo como “el hombre que va enseñando por  todas partes y a todos contra el pueblo, contra la Ley, contra este lugar; más aún, ha metido a los griegos en el Templo y profanado este lugar santo” (21:28).  Cuando los soldados romanos acudieron a restablecer el orden, encontraron frente al templo a una multitud energúmena dispuesta a linchar a Pablo.   Cuando fue rescatado por los romanos, el tribuno comandante se percató de que hablaba griego y por eso lo confundió con un predicador conocido como El Egipcio. (Continuará)



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