Maten a Pablo: fantasías de un atentado (II)
Iván Tabares Marín
Gracias a los escritos de Flavio Josefo sabemos que en
tiempos del procurador Antonio Félix (52- 60) un judío, que decía ser profeta y
era conocido como El Egipcio, había anunciado que las murallas de Jerusalén
caerían, como las de Jericó en tiempos míticos de Josué, y que luego entraría
triunfal a la ciudad, derrotaría la guarnición romana y restablecería el
régimen teocrático soportado en la ley mosaica.
Unos treinta mil seguidores fueron masacrados por los romanos, aunque El
Egipcio logró evadirse.
Pablo aclaró que él no era El Egipcio sino un
ciudadano romano y le pidió autorización al tribuno para dirigirse a la turba
alborotada, lo que no puede interpretarse de otra forma que como un artificio
literario del autor de los Hechos para repetir el consabido cuento legitimador
del apóstol de los gentiles, aunque en este caso no respondía a los
cuestionamientos de los judíos ortodoxos.
En efecto, Pablo repite en hebreo su cuento de persecución a los
cristianos, su conversión milagrosa cuando Jesús resucitado le encargó la labor
misionera entre los gentiles. Con
seguridad nadie le entendió, pues el arameo era el lenguaje corriente entre los
judíos desde el siglo VI antes de Cristo por imposición de los persas, mientras
que en las otras provincias predominaba el griego, el idioma materno del mismo
Pablo y, además, el hebreo era el lenguaje del culto apenas conocido por los
maestros de la Ley y los sacerdotes, probablemente no hablado por el mismo
Pablo.
Por otro lado, el contenido mismo del discurso nada
significaba para el auditorio y tampoco respondía a su ira homicida, ya que un
hombre muerto de la manera más degradante no podía ser el mesías y mucho menos
un dios resucitado. Los judíos estaban
acostumbrados a todo tipo de presuntos profetas, enviados y mesías, como El
Egipcio, que siempre encontraban seguidores pero que por lo general terminaban
masacrados por los romanos cuando alteraban el orden público o asumían
posiciones de abierta rebelión contra el imperio. El movimiento paulino, además, postulaba,
como los fariseos, la inmortalidad del alma, no predicaba en las sinagogas y no
cuestionaba el poder romano.
La narración continúa repitiendo el esquema
evangélico cuando los judíos gritan a la
autoridad romana que Pablo debe morir; pero el funcionario no
guardará silencio, como Pilatos, sino que hace una jugada estupenda al alegar
la condición de ciudadano romano de
Pablo. Claro que no todos los
investigadores y analistas modernos están muy convencidos de la ciudadanía
romana de Pablo, como ya se anotó, pues en sus cartas nada dice al respeto, su condición de fariseo de
la escuela de Jerusalén no permite imaginarlo ofreciendo sacrificios a los
dioses por la salud del emperador y, como dice Erhman, “la ciudadanía romana
era algo por lo general reservado a la élite” y no a trabajadores o vendedores
de tiendas.
Hay otra razón para desconfiar de la autenticidad del
relato de los Hechos. Si Pablo no exigía
a los gentiles el cumplimiento de las leyes de la Torá para aceptarlos en su
redil, no es coherente que ello pudiese molestar a los ortodoxos judíos y,
menos, que éstos intentaran asesinarlo con la complicidad de los venerables
ancianos del Sanedrín. Para enfatizar el
supuesto odio judío contra el apóstol de los gentiles, Lucas inventa dos cargos
exóticos: predicar contra la ley y haber metido a dos griegos dentro del Templo
(21,28). El primer cargo sólo sería
válido si quienes lo estuviesen juzgando fuesen los mismo judeocristianos; el
segundo, parece introducido por la abierta imprecisión del primero y es a todas
luces insignificante para justificar o legitimar el intento homicida de los
ortodoxos.
Para continuar el montaje y para enfatizar que los
judíos son los enemigos –como lo eran en los tiempos en que se redactaron los
Hechos—el narrador retroproyecta el conflicto al año 58 y se imagina un debate
de Pablo con el Sanedrín, análogo al que
describirán los evangelios en el caso de Jesús, y en el que el pobre será abofeteado por orden del sumo
sacerdote. Esta escena debió provocar
gran resentimiento en los primeros cristianos contra los judíos y, de esta
manera, se lograba el propósito del escritor.
Para defenderse, Pablo se presenta como un fariseo que cree en la resurrección de los
muertos, creencia no compartida por los saduceos. Los dos principales partidos representados en
el sanedrín se enfrascaron en una discusión y no faltaron las opiniones de los
fariseos favorables a Pablo. Es muy
probable que el episodio sea una ficción para ridiculizar las divisiones
internas del máximo tribunal pues, al fin y al cabo, tampoco entonces se concretan
los cargos contra Pablo.
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