domingo, 9 de agosto de 2015

Maten a Pablo: fantasías de un atentado (II)

Iván Tabares Marín

Gracias a los escritos de Flavio Josefo sabemos que en tiempos del procurador Antonio Félix (52- 60) un judío, que decía ser profeta y era conocido como El Egipcio, había anunciado que las murallas de Jerusalén caerían, como las de Jericó en tiempos míticos de Josué, y que luego entraría triunfal a la ciudad, derrotaría la guarnición romana y restablecería el régimen teocrático soportado en la ley mosaica.  Unos treinta mil seguidores fueron masacrados por los romanos, aunque El Egipcio logró evadirse. 

Pablo aclaró que él no era El Egipcio sino un ciudadano romano y le pidió autorización al tribuno para dirigirse a la turba alborotada, lo que no puede interpretarse de otra forma que como un artificio literario del autor de los Hechos para repetir el consabido cuento legitimador del apóstol de los gentiles, aunque en este caso no respondía a los cuestionamientos de los judíos ortodoxos.  En efecto, Pablo repite en hebreo su cuento de persecución a los cristianos, su conversión milagrosa cuando Jesús resucitado le encargó la labor misionera entre los gentiles.  Con seguridad nadie le entendió, pues el arameo era el lenguaje corriente entre los judíos desde el siglo VI antes de Cristo por imposición de los persas, mientras que en las otras provincias predominaba el griego, el idioma materno del mismo Pablo y, además, el hebreo era el lenguaje del culto apenas conocido por los maestros de la Ley y los sacerdotes, probablemente no hablado por el mismo Pablo. 

Por otro lado, el contenido mismo del discurso nada significaba para el auditorio y tampoco respondía a su ira homicida, ya que un hombre muerto de la manera más degradante no podía ser el mesías y mucho menos un dios resucitado.  Los judíos estaban acostumbrados a todo tipo de presuntos profetas, enviados y mesías, como El Egipcio, que siempre encontraban seguidores pero que por lo general terminaban masacrados por los romanos cuando alteraban el orden público o asumían posiciones de abierta rebelión contra el imperio.  El movimiento paulino, además, postulaba, como los fariseos, la inmortalidad del alma, no predicaba en las sinagogas y no cuestionaba el poder romano.

La narración continúa repitiendo el esquema evangélico  cuando los judíos gritan a la autoridad  romana  que Pablo debe morir; pero el funcionario no guardará silencio, como Pilatos, sino que hace una jugada estupenda al alegar la condición de ciudadano  romano de Pablo.  Claro que no todos los investigadores y analistas modernos están muy convencidos de la ciudadanía romana de Pablo, como ya se anotó, pues en sus cartas nada  dice al respeto, su condición de fariseo de la escuela de Jerusalén no permite imaginarlo ofreciendo sacrificios a los dioses por la salud del emperador y, como dice Erhman, “la ciudadanía romana era algo por lo general reservado a la élite” y no a trabajadores o vendedores de tiendas.

Hay otra razón para desconfiar de la autenticidad del relato de los Hechos.  Si Pablo no exigía a los gentiles el cumplimiento de las leyes de la Torá para aceptarlos en su redil, no es coherente que ello pudiese molestar a los ortodoxos judíos y, menos, que éstos intentaran asesinarlo con la complicidad de los venerables ancianos del Sanedrín.  Para enfatizar el supuesto odio judío contra el apóstol de los gentiles, Lucas inventa dos cargos exóticos: predicar contra la ley y haber metido a dos griegos dentro del Templo (21,28).  El primer cargo sólo sería válido si quienes lo estuviesen juzgando fuesen los mismo judeocristianos; el segundo, parece introducido por la abierta imprecisión del primero y es a todas luces insignificante para justificar o legitimar el intento homicida de los ortodoxos.

Para continuar el montaje y para enfatizar que los judíos son los enemigos –como lo eran en los tiempos en que se redactaron los Hechos—el narrador retroproyecta el conflicto al año 58 y se imagina un debate de Pablo con  el Sanedrín, análogo al que describirán los evangelios en el caso de Jesús, y en el que el  pobre será abofeteado por orden del sumo sacerdote.  Esta escena debió provocar gran resentimiento en los primeros cristianos contra los judíos y, de esta manera, se lograba el propósito del escritor.  Para defenderse, Pablo se presenta como un  fariseo que cree en la resurrección de los muertos, creencia no compartida por los saduceos.  Los dos principales partidos representados en el sanedrín se enfrascaron en una discusión y no faltaron las opiniones de los fariseos favorables a Pablo.  Es muy probable que el episodio sea una ficción para ridiculizar las divisiones internas del máximo tribunal pues, al fin y al cabo, tampoco entonces se concretan los cargos contra Pablo.



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