Iván
Tabares Marín
El
romanticismo apenas aguantó dos siglos.
Eran los tiempos de la pasión, del amor bravío, del estremecimiento
extremo por una caricia, del inminente desvanecimiento por un beso, de la
locura causada por un “sí” y del cielo a la vuelta de la esquina. Ciencia, religión e ideologías habían
elaborado todo un imaginario sobre la virginidad y el matrimonio, necesario
para mantener una organización familiar adecuada a la organización económica y
política de la sociedad de la libre empresa.
Se decía que, como sucedía en muchas etnias, el
macho de la especie humana prefería a la hembra no promiscua que garantizara que
los hijos habidos no fueran de otro.
Como es apenas obvio tal sistema permitió el matrimonio de mujeres con
las más variadas patologías relacionadas con el miedo al sexo, con las
consiguientes frustraciones para los inexpertos hombres, mientras que la mujer
liberada y deseosa de vivir su sexualidad a plenitud terminó estigmatizada o
prostituida.
A
medida que la mujer desataba las cadenas de la moral y la religión, los hijos
de otros caballeros distintos al marido empezaron a entrometerse en el
hogar. Hace algunos años, las
estadísticas norteamericanas mostraban que el 25% de los hijos no eran del
señor. Sin embargo, la infidelidad del
hombre siempre fue tolerada en ese sistema machista o tribal, tanto que el
Islam permite la poligamia, mientras que el Cristianismo y otras religiones la
ignoran como un mal necesario.
Antes
de que los cambios culturales modificaran nuestro cerebro y de que la
producción de dopamina y serotonina, mediadores químicos de la pasión, nos
hicieran enloquecer de tal forma que viéramos en cualquier Dulcinea a una reina
o en un ogro a un príncipe azul, los
seres humanos se casaban por razones puramente económicas, mediante un pacto
realizado por los padres de la pareja y el pago de la dote. Se suponía que el amor llegaba después, como
en efecto sucedía generalmente. Claro
que el dinero siguió determinando en alguna forma más o menos inconsciente las
condiciones del matrimonio hasta nuestros días.
Los expertos nos enseñaban que así como las hembras de todas las
especies preferían al macho alfa que les garantizara su seguridad, las hembras
del homo sapiens se interesaban en un
macho proveedor, así no tuviera la pinta de Brad Pitt. Por nuestra parte, los hombres buscábamos en
ellas belleza y juventud --además de que fueran puras, como ya anoté-- aunque
con frecuencia la química nos alteraba la visión.
Pero
hoy las cosas han cambiado de manera sustancial y todavía no sabemos si para
bien o para mal. El romanticismo pasó a la historia; la promiscuidad es habitual entre muchos adolescentes; ni
siquiera hablan; apenas chatean un poco y se van a la cama; cambian compañía
sexual de una semana a otra. Como ya
sucede en los países desarrollados, nuestros muchachos no van a querer tener
hijos pues ello se considera un anacronismo y los críos son un estorbo para la
calidad de vida en una sociedad competitiva.
Todos los incentivos reales e imaginarios que nos permitían soportar la
cruz del matrimonio están desapareciendo muy rápido. La maternidad adolescente se está
convirtiendo en una epidemia con sus secuelas de hijos no deseados y miseria.
Las puertas a todo tipo de perversiones, al maltrato, al asesinato y al
suicidio están abiertas…