En un
periódico de Armenia dos maestras escribían sendas columnas mal redactadas con
errores gramaticales y de sintaxis, con una terminología rebuscada tomada de
nuevas corrientes de pensamiento, ininteligibles para la mayoría de los
mortales, pero que con frecuencia terminaban en un marxismo barato de los años
sesenta. Expresiones como “saberes”, “la
mirada”, “contexto”, “tejido social”, “cognitivo” “pensamiento complejo” y
“posmodernismo” daban cierto toque de ilustración a lo que no era más que una
intoxicación ideológica.
Recordé mi
paso por esa ciudad esta semana al escuchar en la W, de Julio Sánchez Cristo,
los comentarios de la representante de los colegios privados de Bucaramanga en
el delicado asunto del instructivo del Ministerio de Educación Nacional para el
manual de convivencia en materia de sexualidad.
La señora se quejaba, también con un discurso rimbombante, de la
“ideología de género” que el MEN “está metiendo”, aunque podría dar “una mirada
más completa” como la que “veníamos manejando”, muy hermosa, en la se hablaba
de valores, ética y urbanidad.
La educadora
cuestionaba la posibilidad de que los estudiantes pudieran escoger su uniforme,
es decir, que un niño pudiera usar falda, o una niña, pantalón conforme a su
orientación sexual. Ella alegaba que esa
decisión solo puede asumirla un individuo maduro, después lograr el “uso de
razón” pero que no podía ser impuesta a los niños pequeños por la ideología de
género del MEN.
Como puede
apreciarse, esos planteamientos respaldaban a la Diputada cristiana y
santandereana del Partido de la U, Ángela Hernández, que había iniciado la
crítica al Ministerio con un enfoque religioso y tradicional de la educación
sexual. Distinto es aquel otro
defendido por un sector del magisterio e implementada en Bogotá cuando el Polo
Democrático Alternativo y Gustavo Petro tenían el mando. Allí,
la insoportable jerga de los educadores justificaba el otro extremo de la
visión de la sexualidad humana, el de la libertad absoluta, el de la
masturbación colectiva en el salón de clase, el de la abolición de todos los
tabúes, el de la negación de la diferencia de los sexos y, en fin, el de la
perversión como guía (el programa Séptimo Día realizó un documental sobre las
cartillas españolas usadas por el Polo y que ocasionaron la protesta masiva de
los padres de familia).
Como la
ciencia no ha podido explicar completamente la injerencia de la biología y de
la cultura en el proceso de la identidad sexual, el galimatías de los maestros
permite sostener cualquier ideología por absurda o contradictoria que sea. Por eso, cuando usted escuche hablar de
Jürgen Habermas, del pensamiento complejo, del constructivismo o de los últimos
avances de las ciencias en un lenguaje “técnico” o muy “especializado” que
usted no entiende, desconfíe pues tal vez le están vendiendo gato por liebre. Y
ojalá el MEN pueda encontrar la solución para que los mamertos y los cristianos
lleguen a un acuerdo que no afecte a los niños y sus derechos. Nuestra guerra
ideológica apenas empieza…