Iván Tabares Marín
El proyecto que se discutió y aprobó en España para
suprimir el curso de Filosofía o convertirlo en materia optativa en la
educación básica, sin duda se pondrá a consideración de los colombianos tarde o
temprano y será de buen recibo para los muchachos pero cuestionable para los
expertos y para quienes obtienen un salario por enseñarlo.
La crisis de las ideologías, culminada con el desastre
comunista en 1989 y con los duros cuestionamientos del Psicoanálisis freudiano
en las postrimerías del siglo pasado, para no hablar de las influencias negativas
en las sociedades abiertas de ciertas disciplinas no científicas disfrazadas de
humanismos, conforman, entre otros, los argumentos de quienes proclaman hoy la
muerte de la Filosofía y la necesidad de proscribirla de las aulas.
Además, todos sabemos, como lo ha denunciado el
escritor Héctor Abad Faciolince, que una de las peores degeneraciones del
pensamiento libre es el movimiento contracultural, con tantos simpatizantes
entre nosotros. Me refiero a aquellos
partidos, organizaciones no gubernamentales o círculos intelectuales que no ven
más que aspectos negativos en la civilización occidental, cuestionan nuestro
modelo de desarrollo y profetizan el fracaso total.
Por otro lado, quienes defienden la permanencia de la
formación filosófica de nuestro hijos piensan que la contracultura de la
extrema derecha o de la extrema izquierda es una secuela inevitable de nuestra
democracia y que, aunque parezca inútil, en términos económicos, la Filosofía
–bien orientada, eso sí— debe seguir siendo el estímulo de la libertad de
conciencia y de pensamiento, como también la condición de la creatividad y de
la estructuración mental de los muchachos.
Si una política equivocada nos privó de las clases de
Historia, la abolición de la Filosofía sería como matar la poesía o el
imaginario, registro esencial de la mente humana, sin el cual es imposible dar
sentido a la existencia. La religión, la
política y hasta el amor nos aportan esa ilusión que nos mantiene con vida.
Las consideraciones anteriores implican que más que
suprimir la cátedra de Filosofía, se requiere una revisión total de sus
contenidos, tanto escolásticos como marxistas, para que se transforme en una
reflexión sobre diversos lenguajes matemáticos y científicos que permita
denunciar las falsas ideologías. Las ideologías,
como la lengua, son lo mejor y lo peor.
Son el argumento de los dictadores; pero sin ellas no es posible
vivir. La Filosofía no puede seguir
siendo la cátedra aburrida e inútil que
dicta un maestro mediocre.
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