sábado, 31 de octubre de 2015

Brujas y liberación femenina


En el siglo XI se dio el contacto de los vikingos con las comunidades cristianas de Inglaterra y el resto de Europa.  Como sucedió con otras etnias, los tratados de paz y comerciales firmados con los escandinavos exigían su conversión al cristianismo, condición que ellos aceptaron gustosos sin renunciar del todo a sus dioses y supersticiones.  Para que la idea quede más clara, hoy en las comunidades menos informadas perduran agüeros, rituales mágicos, hechizos y rezagos animistas de las antiguas religiones paganas o politeístas a pesar de que esas mismas comunidades son fervorosas cristianas, judías o musulmanas.

Hacia el siglo XIII, después de que la Inquisición y la cruzada contra los cátaros y valdenses masacraron los pueblos del sur de Francia por orden del papa Inocencio III, se empieza a hablar en Europa de la proliferación de sectas que rinden culto al demonio en reuniones periódicas, llamadas sabbat, en las que se dedican a consumir alucinógenos, a embriagarse y  todo tipo de libertinajes sexuales. Ya que los monjes elaboraron toda la cultura medieval porque ellos escribían y transcribían los pocos libros que circulaban entre los clérigos y poderosos, construyeron todo el imaginario en torno a estos movimientos contrarreligiosos.  Luego dijeron que en esas reuniones solo participaban mujeres, instrumentos de Satanás y ocasión de pecado para los hombres.  La vieja religión mágica suplantada por el cristianismo se revivía como una protesta contra los abusos de Roma, de las cruzadas y de la inquisición, aunque los monjes solo veían al Diablo en ella.

Es muy interesante que en esos tiempos, cuando nació el amor en la versión romántica de los caballeros andantes cantada por los juglares, surge con mucha fuerza el culto a la virginidad de María y al mismo tiempo se crea toda la mitología antifeminista que hoy produce tragedias en todos los pueblos con gran influencia religiosa hindú, islámica o cristiana.  El miedo ancestral a la mujer se transformó en desprecio por ella, como causante de todos los males de la humanidad en la mitología cristiana del pecado original de Eva, tal como se expresaba también entre los griegos y romanos con la leyenda de Pandora, enviada por Zeus con todos los males de la humanidad en una  urna.  Algunos los libros de la Biblia son descaradamente antifeministas y por eso no se entiende que tales textos no hayan salido de circulación o, al menos, que sus editores no hayan sido sancionados por nuestros jueces.

Las cosas se complicaron cuando en el siglo XIV Roma dijo que la brujería era una herejía y el clero publicó, ya con imprenta, en 1487, el Malleus maleficarum o el Martillo de las brujas, el manual que debían cumplir los inquisidores en la persecución de mujeres sospechosas.  Esto sucedía apenas unos pocos años antes de que los bárbaros españoles invadieran estas tierras dispuestos a montar un tribunal de la Inquisición contra cualquier asomo de nuestras viejas religiones animistas.   La cacería de brujas escribirá sus más horribles páginas entre 1520 y 1648, el período de las guerras de religión entre católicos y protestantes.  Los países reformados, seguidores de Lutero, pero más de Calvino, imitaron la campaña contra las mujeres y se dispusieron a llevarlas a la hoguera.

Si bien historiadores como Paul Johnson afirman con mucha seguridad que “en realidad no hay motivos para suponer que el fenómeno de la brujería haya existido jamás”, otros piensan distinto y ven en ella un grito de libertad femenino en contra de la barbarie de todas las religiones de un solo dios.



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