En
el siglo XI se dio el contacto de los vikingos con las comunidades cristianas
de Inglaterra y el resto de Europa. Como
sucedió con otras etnias, los tratados de paz y comerciales firmados con los
escandinavos exigían su conversión al cristianismo, condición que ellos
aceptaron gustosos sin renunciar del todo a sus dioses y supersticiones. Para que la idea quede más clara, hoy en las
comunidades menos informadas perduran agüeros, rituales mágicos, hechizos y
rezagos animistas de las antiguas religiones paganas o politeístas a pesar de
que esas mismas comunidades son fervorosas cristianas, judías o musulmanas.
Hacia
el siglo XIII, después de que la Inquisición y la cruzada contra los cátaros y
valdenses masacraron los pueblos del sur de Francia por orden del papa
Inocencio III, se empieza a hablar en Europa de la proliferación de sectas que
rinden culto al demonio en reuniones periódicas, llamadas sabbat, en las que se
dedican a consumir alucinógenos, a embriagarse y todo tipo de libertinajes sexuales. Ya que
los monjes elaboraron toda la cultura medieval porque ellos escribían y
transcribían los pocos libros que circulaban entre los clérigos y poderosos,
construyeron todo el imaginario en torno a estos movimientos contrarreligiosos. Luego dijeron que en esas reuniones solo
participaban mujeres, instrumentos de Satanás y ocasión de pecado para los
hombres. La vieja religión mágica
suplantada por el cristianismo se revivía como una protesta contra los abusos
de Roma, de las cruzadas y de la inquisición, aunque los monjes solo veían al
Diablo en ella.
Es
muy interesante que en esos tiempos, cuando nació el amor en la versión
romántica de los caballeros andantes cantada por los juglares, surge con mucha
fuerza el culto a la virginidad de María y al mismo tiempo se crea toda la
mitología antifeminista que hoy produce tragedias en todos los pueblos con gran
influencia religiosa hindú, islámica o cristiana. El miedo ancestral a la mujer se transformó
en desprecio por ella, como causante de todos los males de la humanidad en la
mitología cristiana del pecado original de Eva, tal como se expresaba también
entre los griegos y romanos con la leyenda de Pandora, enviada por Zeus con
todos los males de la humanidad en una urna. Algunos los libros de la Biblia son
descaradamente antifeministas y por eso no se entiende que tales textos no
hayan salido de circulación o, al menos, que sus editores no hayan sido
sancionados por nuestros jueces.
Las
cosas se complicaron cuando en el siglo XIV Roma dijo que la brujería era una
herejía y el clero publicó, ya con imprenta, en 1487, el Malleus maleficarum o
el Martillo de las brujas, el manual que debían cumplir los inquisidores en la
persecución de mujeres sospechosas. Esto
sucedía apenas unos pocos años antes de que los bárbaros españoles invadieran
estas tierras dispuestos a montar un tribunal de la Inquisición contra
cualquier asomo de nuestras viejas religiones animistas. La cacería de brujas escribirá sus más
horribles páginas entre 1520 y 1648, el período de las guerras de religión
entre católicos y protestantes. Los
países reformados, seguidores de Lutero, pero más de Calvino, imitaron la
campaña contra las mujeres y se dispusieron a llevarlas a la hoguera.
Si
bien historiadores como Paul Johnson afirman con mucha seguridad que “en
realidad no hay motivos para suponer que el fenómeno de la brujería haya
existido jamás”, otros piensan distinto y ven en ella un grito de libertad
femenino en contra de la barbarie de todas las religiones de un solo dios.
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