Iván
Tabares Marín
Como
se había insinuado en investigaciones anteriores, para algunos historiadores
contemporáneos no cabe duda sobre la condición judía del descubridor de América
o, mejor, parece que era un verdadero “marrano”. Si bien para los colombianos la expresión
“marrano”, además de referirse al cerdo, tiene una connotación de tonto o
imbécil, en la España del siglo XV señalaba a los judíos que se convertían al
catolicismo como sinónimo de traidor o falso. Y como la mayoría de las conversiones judías
obedecían a presiones indebidas de la Iglesia y la Corona bajo amenaza de
deportación y pérdida de propiedades o negocios, muchos aceptaban el bautismo
pero en privado seguían con sus tradiciones y rituales. Esos eran los marranos.
Aunque
Colón nació en Génova, una ciudad que en el siglo XIX formaría parte de Italia
unificada de Garibaldi, sus primeros contactos en busca de ayuda para el viaje
a las Indias Orientales los hizo en
Portugal con judíos auténticos o que habían optado por el cristianismo. Como no encontró apoyo, se dirigió a España,
a pesar de la actitud violentamente antijudía de la torpe reina Isabel y buscó
también los contactos en la religión de Moisés o en presuntos marranos. De hecho, en la administración pública de los
Reyes Católicos, como en las empresas privadas, abundaban los judíos
influyentes, pues desde muchos siglos atrás los hijos de Israel habían
encontrado en la educación la mejor arma para mantener su unidad como pueblo en
torno a la Torá y para hacer riqueza en territorio extranjero, mientras que el
analfabetismo predominaba en otras naciones.
Y fue precisamente un converso, Luis de Santángel, pagador de Castilla, “el
hombre más poderoso de España” –Según Jacques Attali-- quien respaldó el proyecto de Colón y logró
convencer a los reyes de las bondades del viaje.
Mientras
Colón partía con sus tres carabelas, comandadas por judíos o marranos, los
seguidores de Yahvé en España debieron emigrar por orden de los reyes si no
optaban por el bautismo. Se calcula que
la mayor parte de los 145.000 judíos desplazados terminaron en tierras del
Islam pues se sentían más seguros allí que en ciudades cristianas. Unos 93.000 llegaron a Turquía, donde el
Sultán otomano los recibió con los brazos abiertos
mientras se burlaba de la estupidez de los reyes españoles que desechaban todas
las empresas y negocios que los judíos movían.
Otra
escena violenta en este drama fue orquestada por la Inquisición. Como los judíos no podían ser perseguidos como
herejes, pues no eran cristianos, la inquisición española convirtió en su
objetivo judicial a los marranos o a todo judío que hubiese optado por el
cristianismo. Es más, parece, según
recientes investigaciones publicadas por Andrés Claro, que el objetivo central
de la inquisición española fue realmente el judaísmo, en particular la Cábala,
y no los herejes (la Cábala es la versión teosófica y mística del judaísmo y
había nacido hacia el siglo XII en el sur de Francia, simultáneamente con el
movimiento hereje de los cátaros. La
cábala pronto se desplazó a España y, después de la expulsión de los judíos en
1492, a Palestina y Europa). El 99 % de los juicios establecidos por la
Inquisición Española entre 1483 y 1500 tenían como causal la acusación de
prácticas judías de los conversos.
Mientras
un grupo de judíos llegaban a América para obtener un poco de libertad y para
llenar de gloria a España y a la Religión Romana, miles de sus hermanos eran
masacrados en toda Europa. Se estaba
preparando la venida de Hitler…
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