Iván
Tabares Marín
En
los regímenes totalitarios del siglo pasado, fascistas y comunistas, se
utilizaba la publicidad como arma política para repetir una consigna o un
principio ideológico que terminaba convertido en una convicción o una certeza
en la mente de las masas ignorantes o mal informadas. Esa misma estrategia es empleada
continuamente por los grupos de extrema izquierda o extrema derecha en las
redes sociales para aprovechar la poca información seria de la comunidad.
En
los últimos días, con motivo de la conmemoración del 12 de octubre o del
descubrimiento de América, algunos sectores políticos repitieron hasta el
cansancio la consigna “no hay nada que celebrar” con el propósito de denunciar
el genocidio realizado en América por los colonizadores. Estos inventores del agua tibia suponen que
los latinoamericanos estamos de fiesta por esa efemérides, perspectiva que se
mantuvo por muchos años gracias a la visión distorsionada de los libros de
historia, escritos por curas y hermanos cristianos y en los que se presentaba a
los conquistadores como paladines de la libertad y difusores de la religión
católica. A excepción del Procurador, no
creo que exista otro colombiano que piense así, entre otras cosas porque la
Historia ha sido prácticamente prohibida en nuestros colegios.
El
12 de octubre es una buena oportunidad para reflexionar sobre nuestra identidad
como nación o como personas individuales, sin olvidar la infamia que los
mamertos y otros grupos políticos quieren resaltar. Es falso que exista una Europa mala y unos
salvajes buenos, como pregonaba el mito del buen salvaje; no es cierto, como
proponía J. J. Rousseau, que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe; es
un mito el cuento de que la civilización es mala y, por ello, debemos retornar
a las cavernas, tal como coinciden, a su manera, nazis y comunistas; tampoco es
cierto que la incultura y la ignorancia nos hacen mejores ciudadanos, como
enseña la Biblia.
Recordemos
a ese ideólogo de la pedagogía marxista, Paulo Freire, cuando señalaba que todo revolucionario lleva guardado en lo más
íntimo de su ser a un patrono. Todo
colonizado esconde a un colonizador. Si
nosotros hubiésemos conquistado a Europa, la habríamos tratado de la misma
manera como ella nos trató a nosotros.
Todos los seres humanos somos iguales, no solo en derechos, sino también
en la capacidad de destruir al otro. Somos accidentes en el proceso misterioso
de la Vida.
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