En
nota anterior intenté mostrar la brujería como un acto de liberación femenina
ante los abusos de la religión oficial, en particular de la Inquisición, y como
expresión o remanente de la mitología pagana o politeísta que el cristianismo
remplazó; pero no me referí a la enfermedad mental, también tratada por el poder
político y religioso en la Edad Media como una manifestación del demonio. He
vuelto a reflexionar sobre el asunto por un investigación realizada en España
sobre el alto porcentaje de pacientes con trastorno bipolar no diagnosticado,
algo así como el 20 %, y por el uso corriente de la expresión “bruja” como
sinónimo de la mujer “mala” que no falta en las cursis telenovelas.
Dada
la nefasta influencia de las religiones, mantenemos los criterios moralistas
para calificar el comportamiento de los otros y seguimos creyendo que una
conducta negativa es el resultado de las fuerzas del mal cuando, en realidad,
obedece a conflictos emocionales o a patologías que deben ser enfrentadas por
el psiquiatra, el sicólogo o el psicoanalista.
Como no existe una cultura de la enfermedad mental que nos permita
recurrir a tiempo al especialista por un caso personal o de un allegado, solo
pensamos en esa opción cuando es demasiado tarde y la persona afectada está en
la cárcel o involucrada en gravísimos problemas.
Convivimos
con todo tipo de enfermedades mentales, la mayoría de las cuales no nos impiden
aparentar “normalidad” o el ejercicio de una profesión, pero que podrían ser
tratadas para mejorar la calidad de vida del paciente y de sus prójimos. Todos
debiéramos saber identificar un delirio, la paranoia, el afecto plano, la
depresión, los ciclos maníacos de los bipolares, la falta de autocrítica,
etc.. Mas que problemas judiciales, la
violencia intrafamiliar, los conflictos de pareja y el maltrato laboral son el
síntoma de la patología mental que nos afecta a todos.
Si
el señor que asesinó a dos mujeres en
Nueva York porque pensó que le estaban haciendo bujerías hubiese sido llevado a
tiempo al hospital mental, se habría evitado la tragedia. Es impresionante cómo deliramos. Nos sentimos perseguidos, creemos ser mucho
más importantes de lo que somos, miramos con desprecio a los otros, odiamos a
los negros y a quienes tienen diversa orientación sexual, no soportamos la más
pequeña broma, en fin, somos tan paranoicos…
Las brujas no existen.