Iván Tabares Marín
En el pasado dábamos mucha
importancia a la familia, en particular
a padres y abuelos, en el proceso de identificación de los muchachos. Ser hombre o mujer significaba ocupar un lugar en la saga o
tradición de la parentela, condición indispensable para cumplir un rol
respetable en la sociedad y dar sentido a la vida. Todas las culturas contaban con un mito
fundador relacionado, la mayoría de las veces, con los dioses para cargar de
sentido nuestra historia. Así, los
hebreos aseguraban que sus patriarcas hablaban cara a cara con Yahvé para
recibir de Él las normas y el derrotero a seguir; los griegos no dudaban que sus héroes, como
Ulises, eran hijos de algún dios o diosa, y cuando Eneas salió de Troya por
mandato de Zeus para ser el padre del gran pueblo romano cumplía con la misma
función que en Israel había desempeñado Abraham muchos siglos antes. Esas convicciones fueron determinantes en el
desarrollo y logros de esos pueblos.
Como nuestra religión es
prestada, no alcanzamos a crear vínculos con los dioses. El mito nos proponía que procedíamos del gran
pueblo español, de unos libertadores puros, y de un pueblo indígena
privilegiado ya no tiene mayor peso como para motivarnos a hacer algo
bueno. Desconcertados hoy nos
preguntamos por qué los europeos
lograron tanto desarrollo y nuestros antepasados se quedaron en la Edad
de Piedra celebrando rituales caníbales si todos teníamos los mismos ancestros
africanos. Veníamos vagando sin rumbo
hasta el siglo pasado cuando un grupo de políticos y paramilitares se
reunieron, ¡qué vergüenza!, para refundar nuestra nación y nos proponían la
sierra para descuartizar al enemigo como bandera. Se creían mejores que los perversos de las
FARC. Hace unos meses, los viejitos barrigones
de la guerrilla expresaron en La Habana también su deseo de refundar la Patria
con un nuevo escudo. ¡Qué risa! El
cóndor llevará una rama de coca en el pico y, en lugar del gorro de la libertad las cadenas de los secuestrados; el istmo de Panamá será
remplazado por nuestro mapa sembrado de minas antipersonales y, para sustituir
los cuernos de oro, la hoz y el martillo se unirán al serrucho usado por los
camaradas del Polo para saquear la Capital.
Si no tenemos un mito o un
poema que estructure el imaginario de nuestros hijos, el futuro no tendrá
sentido. Los países que van más adelante
tienen una nueva religión llamada modernidad que no acepta, como solución a la
tragedia de la vida, la inmortalidad o el juicio universal. Con desesperación buscan un soporte para
vivir en la solidaridad, en el arte o en una locura. Más del 40 % de los habitantes de los países
desarrollados, a excepción de los Estados Unidos de Norteamérica, ya no creen
en Dios y en pocos años tendremos la misma estadística. Cuando les decimos a nuestros hijos que somos
hijos de Dios, se mueren de la risa en medio de tanta violencia y
corrupción; cuando les contamos de las
proezas del abuelo en la guerra de los Mil Días o de la clase y dignidad de las
abuelas, se preguntan de dónde vienen los genes de los tíos mafiosos, las tías
prepago y los familiares degenerados.
“¿De cuál dignidad estás hablando?”,
preguntan con razón. Por todo esto, el problema de traer un niño a
este mundo no reside tanto en el sustento y el vestido que debemos proveerle;
más importante para él es la ilusión o el deseo de vivir que antes aportaba
Dios o el abuelo pero que ahora es difícil encontrar. ¿Quién quiere tener un hijo?
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