lunes, 6 de abril de 2015

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 ¿Quién quiere un hijo?

Iván Tabares Marín

En el pasado dábamos mucha importancia  a la familia, en particular a padres y abuelos, en el proceso de identificación de los muchachos.  Ser hombre o mujer  significaba ocupar un lugar en la saga o tradición de la parentela, condición indispensable para cumplir un rol respetable en la sociedad y dar sentido a la vida.  Todas las culturas contaban con un mito fundador relacionado, la mayoría de las veces, con los dioses para cargar de sentido nuestra historia.  Así, los hebreos aseguraban que sus patriarcas hablaban cara a cara con Yahvé para recibir de Él las normas y el derrotero a seguir;  los griegos no dudaban que sus héroes, como Ulises, eran hijos de algún dios o diosa, y cuando Eneas salió de Troya por mandato de Zeus para ser el padre del gran pueblo romano cumplía con la misma función que en Israel había desempeñado Abraham muchos siglos antes.  Esas convicciones fueron determinantes en el desarrollo y logros de esos pueblos.

Como nuestra religión es prestada, no alcanzamos a crear vínculos con los dioses.  El mito nos proponía que procedíamos del gran pueblo español, de unos libertadores puros, y de un pueblo indígena privilegiado ya no tiene mayor peso como para motivarnos a hacer algo bueno.  Desconcertados hoy nos preguntamos por qué los europeos  lograron tanto desarrollo y nuestros antepasados se quedaron en la Edad de Piedra celebrando rituales caníbales si todos teníamos los mismos ancestros africanos.  Veníamos vagando sin rumbo hasta el siglo pasado cuando un grupo de políticos y paramilitares se reunieron, ¡qué vergüenza!, para refundar nuestra nación y nos proponían la sierra para descuartizar al enemigo como bandera.  Se creían mejores que los perversos de las FARC.   Hace unos meses, los viejitos barrigones de la guerrilla expresaron en La Habana también su deseo de refundar la Patria con un nuevo escudo. ¡Qué risa!  El cóndor llevará una rama de coca en el pico y, en lugar del gorro de la libertad las cadenas de los secuestrados; el istmo de Panamá será remplazado por nuestro mapa sembrado de minas antipersonales y, para sustituir los cuernos de oro, la hoz y el martillo se unirán al serrucho usado por los camaradas del Polo para saquear la Capital.
 
Si no tenemos un mito o un poema que estructure el imaginario de nuestros hijos, el futuro no tendrá sentido.  Los países que van más adelante tienen una nueva religión llamada modernidad que no acepta, como solución a la tragedia de la vida, la inmortalidad o el juicio universal.  Con desesperación buscan un soporte para vivir en la solidaridad, en el arte o en una locura.  Más del 40 % de los habitantes de los países desarrollados, a excepción de los Estados Unidos de Norteamérica, ya no creen en Dios y en pocos años tendremos la misma estadística.  Cuando les decimos a nuestros hijos que somos hijos de Dios, se mueren de la risa en medio de tanta violencia y corrupción;  cuando les contamos de las proezas del abuelo en la guerra de los Mil Días o de la clase y dignidad de las abuelas, se preguntan de dónde vienen los genes de los tíos mafiosos, las tías prepago y los familiares degenerados.  “¿De cuál dignidad estás hablando?”,  preguntan con razón.   Por todo esto, el problema de traer un niño a este mundo no reside tanto en el sustento y el vestido que debemos proveerle; más importante para él es la ilusión o el deseo de vivir que antes aportaba Dios o el abuelo pero que ahora es difícil encontrar.  ¿Quién quiere tener un hijo?






  

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