Iván Tabares Marín
Con motivo de la polémica desatada entre el
expresidente Álvaro Uribe y un profesor de la Universidad Libre, como también
del cuestionamiento a que vienen sometidas las altas cortes, pienso que un
ligero comentario sobre la facultad de Derecho en la época de mi paso por allí
es oportuno.
Desde la primera clase de Filosofía del Derecho,
dictada por un magistrado del Tribunal Superior, pasé por una decepción enorme
al darme cuenta de que el profesor no tenía ni idea del tema, dada mi condición
de titulado en esa materia. Como expresé
mi inconformidad, el profesor me echó de su clase con el argumento de que mi
participación “iba a dañar al grupo”.
En otra cátedra, Criminología, tuve una frustración
parecida. Cuando los alumnos expresamos a la profesora,
también magistrada del Tribunal Superior, nuestra convicción de que el programa estaba muy desactualizado,
se creó una crisis de marca mayor. Al
año siguiente, el grupo de Criminología se negó escuchar el curso de la
magistrada quien debió renunciar.
El profesor de Pruebas llegaba unos minutos antes de
la hora asignada, llenaba el tablero con una cita del texto –sí, ¡era una clase
de un solo libro!- y luego dedicaba la hora a explicar el párrafo. Como esa “metodología” parecía una falta de
respeto, los estudiantes de dos cursos vetamos al maestro. Después de varias semanas, la Facultad, sin
diálogo alguno, lanzó un ultimátum a los inconformes estudiantes: “o vuelven a
clase con ese profesor o pierden la materia”. Así actúa la Masonería.
Otros cursos importantes para el ejercicio del Derecho
eran también un desastre, aunque a estudiantes y directivos no parecía
importarles: Medicina Legal, Metodología de la Investigación, Economía Marxista,
Derecho Tributario. De alta calidad
eran los cursos de derecho Civil, Laboral, Administrativo, Penal y Procesal,
entre otros. Tal vez a los futuros
abogados solo les interesaba el título, único requisito para llegar a una alta
corte, y los directivos actuaban por motivos distintos al de dar una buena
formación.
Los actuales magistrados estudiaron en algunas
universidades de ese nivel y fueron elegidos por componendas políticas y no por
méritos. A veces, como hoy, los profesores lanzaban comentarios sectarios para
ridiculizar a otros partidos distintos
al suyo; pero como entonces no teníamos teléfonos celulares, las impertinencias
quedaban reducidas a chistes flojos. Hacer comentarios tontos para ganar el
aplauso de los copartidarios no es libertad de cátedra; como tampoco lo es
adoctrinar al alumno o ridiculizar al
adversario.
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