miércoles, 1 de abril de 2015

La otra cara del cuentohttps://www.blogger.com/blogger.g?blogID=982884518468778620#editor/target=post;postID=4014343412167746754;onPublishedMenu=allposts;onClosedMenu=allposts;postNum=23;src=postname

La otra cara del cuento

Así como hay canciones pegajosas que todos aprendemos, algunas ideologías elementales o fáciles, demasiado ingenuas, se meten en nuestro cerebro y se convierten en paradigmas o prismas a través de los cuales interpretamos la realidad o las convertimos en nuestra manera habitual de pensar.

Tal es el caso de muchas doctrinas religiosas o del marxismo.   Cuando debo utilizar un taxi, si no es el mensajero de Dios que me dice “Jesús te ama”, me encuentro con un experto en la teoría de la lucha de clases quien en una carrera me resume el problema del país, me habla de la necesidad de cambiar de modelo de desarrollo y proclama que la única esperanza se encuentra en La Habana y en la toma de la presidencia de la República por el Movimiento Bolivariano.

Ese auge de las doctrinas simplistas explica la proliferación de artículos de prensa y de comentarios en las redes sociales desencadenados por un muchacho ebrio que amenazaba a los policías con “usted no sabe quién soy yo”, grito de guerra de un mediocre que soporta su valor personal en un familiar con capacidad de delinquir o dañar.  Resentidos e ignorantes de todos los pelambres encontraron en ese evento la mejor oportunidad para repetirnos las viejas consignas revolucionarias de la guerrilla y de la  izquierda que no hemos logrado superar.

Pues bien, ese cuento tiene otra cara ya olvidada porque se relaciona con los modelos de identificación que los muchachos ya no encuentran, razón por la cual se emocionan con las propuestas que llaman al odio, impulsadas por los comunistas o los loquitos de la yihad islámica. 

Hubo una época en que la dignidad personal se fundamentaba en los valores heredados del abuelo, no en el dinero o en los títulos nobiliarios que no tenía.   El orgullo nacía de haber tenido como madre a la más noble y buena de las mujeres.  Eran los tiempos en que la palabra era sagrada, los magistrados no vendían sus fallos y no se necesitaban notarios para garantizar la honestidad de los espíritus.  Esos tiempos de almas limpias no conocían diferencias entre patricios y plebeyos porque en asuntos de dignidades y respetos no contaban las chequeras o los lujos.  Pobres y ricos caminaban con la frente en alto porque en el código genético de la familia no había motivos para la vergüenza.   Sí, usted no sabe quién soy 

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