Uno de los problemas que enfrentamos con mayor
frecuencia en las relaciones de pareja es el de la dependencia, aferramiento o
apego. Uno de los cónyuges trata de
esclavizar, controlar o poseer al otro como si se tratara de un objeto y, por
ello, el otro termina perdiendo el afecto, se siente asfixiado y acaba la
relación.
El experimento que aquí propongo intentará mostrar dos
formas de ver el problema, la sicológica y la filosófica. La primera, del terapeuta costarricense
Albert Espinola, fue divulgada en una nota del periódico Portafolio el 17 de
abril. Este maestro recomienda aprender
a vivir sin miedo a la muerte, evitar las cosas superfluas, radicalizar el amor
propio y superar el miedo a la soledad.
Quien no es capaz de vivir solo, dirán otros, es incapaz de amar. En otras palabras, quien convierte en una
obsesión la posibilidad de perder al otro, tiene un problema grave de amor
propio que lo llevarán a expresar “no puedo vivir sin ti” o a amenazar con el suicidio si el otro o la otra se va.
Como la disciplina aprendida de los mayores, condición
indispensable para llegar a la madurez, se ha convertido en violación de los
derechos humanos y de ese principio ambiguo del “libre desarrollo de la
personalidad”, cada generación se queda más
aferrada a patrones infantiles o
primitivos de comportamiento. Por eso,
tal vez, el amor es hoy líquido, inestable, irresponsable y, por eso también,
nos aterra perder al otro. El otro es
una cosa que me pertenece. Es mi
esclavo.
Para un filósofo, el amor pertenece al campo del deseo,
del imaginario y de lo simbólico. Esto
significa que la relación amorosa me constituye como sujeto humano, me lleva a
esa dimensión fantástica en la que espero ser deseado y respetado como humano,
no como animal o como cosa. Es el campo
de la poesía o de lo hermoso, tan real como una piedra o un árbol porque da
sentido o valor a mi existencia. Si el
otro no entiende esto o “no sabe Volar”, va a querer amarrarme y va a
desconocer mi calidad de ser humano.
Amar es ser libre y permitir que el otro lo sea; es aceptar que el otro
se puede ir cuando quiera porque, entre otras cosas, soy capaz de vivir solo y
no temo a la muerte. Tarea difícil en
esta época cuando no hay espíritu y solo somos cuerpos.
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