viernes, 10 de abril de 2015

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 Economía para perplejos


Iván Tabares Marín

Las recientes noticias que llegan de Grecia y España permiten simplificar el proceso político y económico a que se encuentran sometidos todos aquellos países que, como el nuestro, son pobres y deben convivir con la globalización, las leyes del mercado y  la corrupción de los políticos.  Como no hay plata para enfrentar tantos problemas, los partidos políticos tradicionales apuestan a los préstamos internacionales para mantener el país a flote y facilitar las “mordidas”.  Además, todos aprendieron que la mejor manera de mantenerse en el trono y ganar votos es poner en práctica el populismo.  Y como Dios decidió no colaborar con los gobernantes, a la gente ya no le asusta el infierno y no tiene inconveniente en dedicarse a delinquir.  Hasta las altas cortes son empresas criminales.

En este panorama, llega un momento en que la economía no aguanta, aparecen los líderes de izquierda portadores una receta siempre fundamentada en la estatización de la economía y en la radicalización de la más sencilla forma de gobernar: el subsidio.  Como hay niños muriendo de hambre, todo está permitido en economía para los “zurdos” de todo el mundo, aunque ello implique generar miseria, inflación y desempleo.

Entonces, a renegociar la deuda o no pagarla (Argentina y Grecia); buscar la solidaridad de los rusos, de los chinos y de todos lo regímenes musulmanes que apoyan el terrorismo (Venezuela, Grecia y Nicaragua); nacionalizar todo lo que se pueda (Bolivia y Venezuela), reinventar el culto a la personalidad (Corea del Norte y Venezuela)  y siempre señalar al imperialismo yanqui como el demonio responsable de todos nuestros males.   



Varios países latinoamericanos ya vivieron ese drama, Grecia apenas lo empieza y España será la próxima víctima.  En Colombia  estamos en la fase de gastar de manera irresponsable y de buscar artificios para crear nuevos subsidios.  Entre el subsidio por desplazamiento y por Familias en Acción, el Estado entrega mensualmente un salario mínimo; a eso súmele el subsidio por cada hijo escolarizado y por cada menor de seis años, por el niño desnutrido, por el abuelo que ya no tiene plata para beber o por el bachiller pilo que quiere ir a la Universidad de los Andes.  Los pobres se están llenando de hijos para no perder una de las limosnas oficiales; no quieren trabajar para no perder los beneficios.   Generamos un país sin vergüenza, sin dignidad y sin incentivos para luchar.  La izquierda ya viene a repetir la misma película venezolana.

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