Iván Tabares Marín
Muchos investigadores se ha preguntado por los
factores que llevaron al triunfo o predominio del Cristianismo en
Occidente. El teólogo Hans Küng, por
ejemplo, solo aporta explicaciones
positivas: la organización unitaria de la Iglesia; su ética elevada; su
capacidad de ofrecer respuestas sencillas a problemas como la muerte y la
culpa; el progreso que implicaba el monoteísmo…
En cambio, otros autores enfatizan los aspectos negativos: la alianza de la Iglesia con el imperio
romano después de Constantino; la separación del clero, procedente de los
patricios adinerados, y el pueblo pobre; la imposición por la fuerza de sus
doctrinas… Pero hay un determinante de
tipo cultural al que poco se le ha dado la importancia que merece y que podemos
resumir en esta forma: la amplia asimilación de la sociedad helenística-romana.
El mismo Küng hace una lectura positiva de este punto; pero un análisis
negativo es muy elocuente.
“Todos comenzó con un hombre muerto” hacia el año
30. Casi veinte años después aparecen
dos posiciones antagónicas con relación a Jesús: una, la de su familia y de sus
discípulos, quienes proponían la secta como una nueva interpretación del
judaísmo. Otra posición, la de Saulo de
Tarso o Pablo, era una visión más universalista y pretendía llevar el mensaje
del reino de Dios a todos los gentiles o paganos o politeístas. Esta última se impuso y, entre los años 50 y
60, se difundió en los territorios que hoy conocemos como Turquía, Grecia,
Italia. Para ese entonces los cuatro evangelios aceptados por la Iglesia Católica
no se habían escrito.
En la interpretación paulina, Jesús es el hijo de Dios
que murió por nuestro pecados y resucitó al tercer día. Que algún dios o diosa se uniera con un
mortal era frecuente en las mitología politeístas de esa época, tanto en Europa
como en Asia, para concebir un híbrido con características mixtas, terrenales y
celestiales. Eso explica la rápida y
fácil acogida de la doctrina paulina en todo ese territorio. Si Aquiles, Eneas, el emperador Augusto y
muchos más eran hijos de los dioses ¿por qué no aceptar otro hijo de Dios? Cuando en los siglos siguientes la nueva Iglesia
cristiana enfrentó otras culturas de Europa y Asia, encontró gran resistencia a
la doctrina del hijo de Dios. Pero la Iglesia se impuso: quien no aceptaba el
dogma no podía desempeñar cargos públicos, no podía participar en los programas
de beneficencia y veía restringidos sus derechos. Así comenzó la “mermelada”.
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