lunes, 6 de abril de 2015

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 El hijo de Dios

Iván Tabares Marín

Muchos investigadores se ha preguntado por los factores que llevaron al triunfo o predominio del Cristianismo en Occidente.  El teólogo Hans Küng, por ejemplo,  solo aporta explicaciones positivas: la organización unitaria de la Iglesia; su ética elevada; su capacidad de ofrecer respuestas sencillas a problemas como la muerte y la culpa; el progreso que implicaba el monoteísmo…  En cambio, otros autores enfatizan los aspectos negativos:  la alianza de la Iglesia con el imperio romano después de Constantino; la separación del clero, procedente de los patricios adinerados, y el pueblo pobre; la imposición por la fuerza de sus doctrinas…  Pero hay un determinante de tipo cultural al que poco se le ha dado la importancia que merece y que podemos resumir en esta forma: la amplia asimilación de la sociedad helenística-romana. El mismo Küng hace una lectura positiva de este punto; pero un análisis negativo es muy elocuente. 

“Todos comenzó con un hombre muerto” hacia el año 30.  Casi veinte años después aparecen dos posiciones antagónicas con relación a Jesús: una, la de su familia y de sus discípulos, quienes proponían la secta como una nueva interpretación del judaísmo.  Otra posición, la de Saulo de Tarso o Pablo, era una visión más universalista y pretendía llevar el mensaje del reino de Dios a todos los gentiles o paganos o politeístas.  Esta última se impuso y, entre los años 50 y 60, se difundió en los territorios que hoy conocemos como Turquía, Grecia, Italia. Para ese entonces los cuatro evangelios aceptados por la Iglesia Católica no se habían escrito.

En la interpretación paulina, Jesús es el hijo de Dios que murió por nuestro pecados y resucitó al tercer día.  Que algún dios o diosa se uniera con un mortal era frecuente en las mitología politeístas de esa época, tanto en Europa como en Asia, para concebir un híbrido con características mixtas, terrenales y celestiales.   Eso explica la rápida y fácil acogida de la doctrina paulina en todo ese territorio.  Si Aquiles, Eneas, el emperador Augusto y muchos más eran hijos de los dioses ¿por qué no aceptar otro hijo de Dios?  Cuando en los siglos siguientes la nueva Iglesia cristiana enfrentó otras culturas de Europa y Asia, encontró gran resistencia a la doctrina del hijo de Dios.  Pero  la Iglesia se impuso: quien no aceptaba el dogma no podía desempeñar cargos públicos, no podía participar en los programas de beneficencia y veía restringidos sus derechos.  Así comenzó la “mermelada”.





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