martes, 28 de abril de 2015

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 Cultura de la paz

Iván Tabares Marín                            

Primero fue la marcha organizada por el buenazo de Mockus para proclamar que la vida es sagrada; la marcha denunciada por los uribistas porque el profe recibe dinero de Juampa a través de una corporación.  La reacción de los mamertos y enemigos del Centro Democrático convirtió esa marcha en una manifestación sectaria.   Por otro lado, cuando se utiliza la expresión  “sagrado”,  adivinamos una gran carga ideológica o religiosa que mueve resentimientos.

Luego fue el foro por la paz, en el que casi todos los oradores venían de la izquierda recalcitrante,  los mismos que hace apenas unos pocos lustros eran guerrilleros o defendían la violencia como partera de la historia o justificaban todas las formas de lucha en el intento por tomar el poder.  No faltó quien fue considerado por la revista El malpensante como uno de los pontífices de la secta marxista en Colombia, el mismo que sostuvo hace apenas unos meses en su columna de prensa que todas nuestras instituciones son terroristas, pero no las Farc-Ep.

Más tarde, apareció el gran “oso” de Piedad e Iván disfrazado de futbolista para enseñar a los “imbéciles” colombianos que la paz se hace con agresividad y violencia gratuitas.   El amigo personal de Hugo Chávez y de los regímenes terroristas, con su mirada baja y  su aspecto taciturno, como si ocultara algo, fue el último payaso de la izquierda y de la Presidencia para enseñarnos su espantosa cultura de la paz.

Cuando se habla de cultura nos referimos a fantasías, a mitos, a cuentos chinos y a engaños.  Esas elaboraciones del imaginario son las impulsoras de la evolución del homo sapiens y de nuestra historia, según una interesante teoría que acaba de lanzar un judío, llamado Yuval Noah Harari, en su texto De animales a dioses, de editorial Debate.  No es la materia o la violencia, como enseñan los marxistas, tampoco el espíritu o las ideas, como postulaban los idealistas, los factores que crearon la sociedad humana.  

Nuestra especie dio sus grandes pasos cuando apareció un individuo o una organización con un mito y logró convencer a un gran número de personas sobre la verdad del mismo.  Ese mito generó la solidaridad necesaria entre los creyentes para realizar los grandes cambios sociales.  Toda organización social, religiosa, política, empresarial o criminal se funda sobre una ilusión.   Los amigos de Maradona o de la guerrilla y los contratistas de Juampa no tienen autoridad para crear nuestros mitos de la cultura de la paz.



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 El derecho natural

En la discusión de temas tan trascendentales para el país, como la discriminación de las minorías sexuales, la legalización del aborto, la adopción de niños por parejas homosexuales o la eutanasia, es común que los sectores más retardatarios o fanáticos recurran a la mítica teoría del derecho natural para respaldar su anacrónica posición.  Ignoran nuestros buenos católicos que desde la Edad Media ha perdido vigencia ese fundamento de la moral y que prácticamente nadie, distinto a ellos mismos, lo acepta y menos cuando se trata de una ley de la República.

Lo opuesto a natural es cultural.  Las leyes que rigen el comportamiento animal son naturales o instintivas; en cambio, con la aparición de la conciencia de sí o el lenguaje articulado en la especie humana, surgió una nueva dimensión, la simbólica, que nos diferencia de los animales y que hace  inaplicable en nuestro caso el mito del derecho natural.  “No hay nada natural en el hombre”, dirán algunos pensadores modernos inspirados en el psicoanálisis y en las teorías semiológicas o lingüísticas.  Para ser un poco más preciso diré que el tabú del incesto determinó en buena medida nuestros patrones de comportamiento relacionados con la vida sexual o con la familia, aunque líderes míticos, como Moisés, hayan atribuido a Dios la promulgación de las tablas de la Ley.  Las normas  morales son mecanismos de adaptación a las fuerzas instintivas y a las relaciones sociales que no tienen ninguna relación con los dioses.  Los grupos de presión modifican las leyes de una comunidad, no la voluntad de los legisladores ni la genialidad de un sacerdote o papa que supo descifrar el lenguaje de Dios o la ley natural.

En una teocracia musulmana, judía o cristiana, la moral sirve a los intereses del clero; si son los nobles los dueños del balón, la ley favorecerá sus privilegios, y el clero a su servicio dirá que Dios y el derecho natural así lo mandan.   Cuando el pueblo se rebela, establece nuevas reglas y se crea una nueva ética.  Cuando las mujeres despiertan de su marasmo y reaccionan contra la sociedad machista o patriarcal, entonces sus derechos empiezan a ser respetados, más allá de los que diga el derecho natural de los fundamentalistas.   Cuando son los morenitos, los inmigrantes o los homosexuales o las prostitutas o los trabajadores quienes se organizan, protestan y eligen a sus representantes en el congreso de la república, la moral es otra y la democracia progresa.

Si nuestros congresistas conservadores conocieran La genealogía de la moral, texto escrito por Friedrich Nietzsche, o investigaran la denuncia de Marx sobre los vínculos que existen entre las relaciones de producción y la ideología moral de una sociedad, no harían el ridículo hablando de derecho natural.  Aunque Marx y sus amigos se equivocaron cuando señalaron que el derecho se encuentra en el cañón de un fusil.  No necesariamente, y la sociedad democrática lo ha demostrado. El dogmatismo de la Religión Católica y sus seguidores del Partido Conservador sigue proclamando que existe el derecho natural absoluto, expresión de la voluntad de Dios, y que con ese cuento chino pueden mantener su ingenua visión discriminatoria sobre la sexualidad, la familia y los derechos de las minorías.  Los congresistas conservadores ignoran la función para la cual son elegidos, que no es otra que discutir y definir la moral civil, aplicable a todos, a creyentes y no creyentes, y que no tiene otro soporte que el poder coactivo del Estado y la voluntad popular.




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 "No puedo vivir sin ti"

Uno de los problemas que enfrentamos con mayor frecuencia en las relaciones de pareja es el de la dependencia, aferramiento o apego.  Uno de los cónyuges trata de esclavizar, controlar o poseer al otro como si se tratara de un objeto y, por ello, el otro termina perdiendo el afecto, se siente asfixiado y acaba la relación.

El experimento que aquí propongo intentará mostrar dos formas de ver el problema, la sicológica y la filosófica.  La primera, del terapeuta costarricense Albert Espinola, fue divulgada en una nota del periódico Portafolio el 17 de abril.  Este maestro recomienda aprender a vivir sin miedo a la muerte, evitar las cosas superfluas, radicalizar el amor propio y superar el miedo a la soledad.  Quien no es capaz de vivir solo, dirán otros, es incapaz de amar.  En otras palabras, quien convierte en una obsesión la posibilidad de perder al otro, tiene un problema grave de amor propio que lo llevarán a expresar “no puedo vivir sin ti” o a amenazar con  el suicidio si el otro o la otra se va.

Como la disciplina aprendida de los mayores, condición indispensable para llegar a la madurez, se ha convertido en violación de los derechos humanos y de ese principio ambiguo del “libre desarrollo de la personalidad”,  cada generación se queda más aferrada a patrones  infantiles o primitivos de comportamiento.   Por eso, tal vez, el amor es hoy líquido, inestable, irresponsable y, por eso también, nos aterra perder al otro.  El otro es una cosa que me pertenece.  Es mi esclavo.

Para un filósofo, el amor pertenece al campo del deseo, del imaginario y de lo simbólico.  Esto significa que la relación amorosa me constituye como sujeto humano, me lleva a esa dimensión fantástica en la que espero ser deseado y respetado como humano, no como animal o como cosa.  Es el campo de la poesía o de lo hermoso, tan real como una piedra o un árbol porque da sentido o valor a mi existencia.  Si el otro no entiende esto o “no sabe Volar”, va a querer amarrarme y va a desconocer mi calidad de ser humano.   Amar es ser libre y permitir que el otro lo sea; es aceptar que el otro se puede ir cuando quiera porque, entre otras cosas, soy capaz de vivir solo y no temo a la muerte.   Tarea difícil en esta época cuando no hay espíritu y solo somos cuerpos.




miércoles, 22 de abril de 2015

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La caída

Iván Tabares Marín

En una nota anterior utilicé la interpretación del mito del paraíso para explicar el surgimiento de la conciencia humana a partir de un estado animal, según un análisis hecho por Erich Fromm. Gracias a la ciencia tenemos hoy una visión mejor del sentido de ese pasaje de la Biblia, no entendido como mito sino como recuerdo o historia de lo que  realmente pasó.   Se entiende mejor ese texto si lo concebimos como el paso dado por el homo sapiens, nosotros, de recolectores y cazadores a la condición de agricultores.  Eso sucedió en Oriente Próximo hacia el año 9.500 antes de Cristo.   Aunque el Génesis se escribió después del siglo VI antes de Cristo, hace unos  2.500 años, recogía creencias de culturas anteriores. 

Recordemos que aun hoy la expresión “conocer” puede tener una connotación sexual, como cuando María dice al ángel: “¿cómo puede ser eso si yo no conozco varón?”    Por tanto, el árbol de la ciencia y la sensación de desnudez experimentado por Adán y Eva significan que el hombre había entendido las implicaciones de la relación sexual ya que  hasta esa época no había comprendido el fenómeno de concepción.  Fue esa la época de las primeras domesticaciones, como la del perro, que hicieron que el hombre entendiera.  Apareció el sentido de la paternidad y se inició la familia monógama.  El culto a los ancestros tomó fuerza.

La vida de los recolectores y cazadores era deliciosa, con una dieta fácil aportada por la naturaleza, tiempo para el ocio y poligamia.  En cambio, con la agricultura, el peor fraude soportado por la humanidad, las cosas se complicaron: se dañó la dieta, aumentó el hambre, hubo inseguridad, aparecieron la propiedad privada y las clases sociales, debimos trabajar,  en fin, fuimos expulsados del paraíso.  Hasta el parto de las mujeres se complicó porque la vida sedentaria de los agricultores estrechó el canal del parto, y ellas “parirán sus hijos con dolor”.   


También la Paleontología y la Arqueología nos enseñan hoy que en ese tiempo nació la religión como la conocemos hoy para dejar atrás el chamanismo y otras formas de animismo (todas las cosas y los animales tienen espíritu o alma).  Aparecen el culto a la diosa y al toro, símbolos de la fertilidad, tan importantes en los pueblos bíblicos.  También los dioses adquieren características humanas (antropomorfismo).   En este contexto, la caída es el paso dado por el hombre cuando se hizo agricultor o sedentario y comenzó a sufrir.

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La venganza de la Corte

Iván Tabares Marín

Como lo han señalado algunos columnistas, el cohecho es la forma “normal” o corriente de gobernar en Colombia.   “Si tu me das el voto, yo te doy una empresa estatal, un puesto o una notaría”.   Así mandan alcaldes, gobernadores y  presidentes.  Para recordar un caso reciente, la reelección del presidente Santos usó los mismos procedimientos de compra-venta empleados por el gobierno de Uribe en el caso de Yidis Medina, la aseadora que logró llegar al Congreso: “Gina, deja el Sena, ve a recoger votos y tendrás un ministerio para ti y otro para tu compañera”.  Precisamente en estos días se destapó el caso de la corrupción en las altas cortes y vimos como allí también impera el mismo procedimiento: “si me das 500 millones, yo selecciono tu tutela o la guardo en mi escritorio el tiempo que necesites”.

No pretendo legitimar el comportamiento del expresidente Uribe, pero no puedo guardar silencio por las sanciones tan severas impuestas por la Corte Suprema a sus ministros, cuando Ernesto Samper Pizano o Andrés Pastrana y todos sus ministros ni siquiera fueron investigados por los daños que le hicieron al país.  El primero, financiado por la mafia y afanado en comprar conciencias para que no lo bajaran del trono; el segundo, dedicado a recorrer el mundo mientras le entregaba buena parte de nuestro territorio a la guerrilla para que se reorganizara. 

Para explicar la conducta parcializada de la Corte, uno no puede menos que pensar en su venganza porque Uribe Vélez ordenó investigar a algunos magistrados con claros vínculos con la mafia.  El poder judicial no le perdona que haya ordenado interceptar sus teléfonos y comunicaciones, procedimiento perfectamente justificado por el comportamiento criminal de los magistrados descubierto en los últimos días.

Por otro lado, son evidentes las motivaciones políticas de quienes se han dedicado a perseguir a Uribe y sus amigos.  Para el Fiscal, antiguo militante de la izquierda y defensor de oficio de las FARC,  ningún proceso es tan importante o prioritario como aquellos en que puedan estar vinculados los uribistas.   Como “rebelarse vende”, la cultura comunista no solo se ha apoderado de  alguna revista importante y de buena parte de los columnas de nuestra prensa, sino que también es el lugar común de los muchachos alienados por las redes sociales.   Cuando la guerrilla quiere negociar, las cortes, el Fiscal y Juampa parecen invitarnos a tomar el fusil como última opción ante tanto abuso de poder.


lunes, 20 de abril de 2015

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Libertad de cátedra
  
Iván Tabares Marín

Con motivo de la polémica desatada entre el expresidente Álvaro Uribe y un profesor de la Universidad Libre, como también del cuestionamiento a que vienen sometidas las altas cortes, pienso que un ligero comentario sobre la facultad de Derecho en la época de mi paso por allí es oportuno.

Desde la primera clase de Filosofía del Derecho, dictada por un magistrado del Tribunal Superior, pasé por una decepción enorme al darme cuenta de que el profesor no tenía ni idea del tema, dada mi condición de titulado en esa materia.  Como expresé mi inconformidad, el profesor me echó de su clase con el argumento de que mi participación “iba a dañar al grupo”. 

En otra cátedra, Criminología, tuve una frustración parecida.   Cuando los alumnos expresamos a la profesora, también magistrada del Tribunal Superior, nuestra convicción  de que el programa estaba muy desactualizado, se creó una crisis de marca mayor.  Al año siguiente, el grupo de Criminología se negó escuchar el curso de la magistrada quien debió renunciar.

El profesor de Pruebas llegaba unos minutos antes de la hora asignada, llenaba el tablero con una cita del texto –sí, ¡era una clase de un solo libro!- y luego dedicaba la hora a explicar el párrafo.  Como esa “metodología” parecía una falta de respeto, los estudiantes de dos cursos vetamos al maestro.   Después de varias semanas, la Facultad, sin diálogo alguno, lanzó un ultimátum a los inconformes estudiantes: “o vuelven a clase con ese profesor o pierden la materia”.    Así actúa la Masonería.

Otros cursos importantes para el ejercicio del Derecho eran también un desastre, aunque a estudiantes y directivos no parecía importarles: Medicina Legal, Metodología de la Investigación, Economía Marxista, Derecho Tributario.   De alta calidad eran los cursos de derecho Civil, Laboral, Administrativo, Penal y Procesal, entre otros.  Tal vez a los futuros abogados solo les interesaba el título, único requisito para llegar a una alta corte, y los directivos actuaban por motivos distintos al de dar una buena formación. 


Los actuales magistrados estudiaron en algunas universidades de ese nivel y fueron elegidos por componendas políticas y no por méritos. A veces, como hoy, los profesores lanzaban comentarios sectarios para ridiculizar a otros  partidos distintos al suyo; pero como entonces no teníamos teléfonos celulares, las impertinencias quedaban reducidas a chistes flojos.   Hacer comentarios tontos para ganar el aplauso de los copartidarios no es libertad de cátedra; como tampoco lo es adoctrinar  al alumno o ridiculizar al adversario.

¿Es el ateísmo posible?https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=982884518468778620#editor/target=post;postID=2574179268182237912;onPublishedMenu=allposts;onClosedMenu=allposts;postNum=14;src=postname

 ¿Es el ateísmo posible?

Europa entera no puede ocultar su estupor.   Todos allí buscan una explicación para el comportamiento de unos quince mil jóvenes, de las naciones más prósperas del mundo y con mejor calidad de vida, que decidieron dejarlo todo para meterse en el ejército del Estado Islámico con el propósito de matar a los infieles y crear un nuevo sultanato en los territorios de Irak y Siria.  Muchos de ellos están ansiosos por ser mártires de la causa, como los cristianos de la Iglesia primitiva.

Como los europeos, hemos experimentado algo parecido los colombianos en los últimos años cuando hemos visto llegar sacerdotes y  jóvenes extranjeros simpatizantes de la izquierda, como Tanja, cargados de romanticismo, también dispuestos a sacrificar su vida por los más pobres que son víctimas, no ya del Demonio, sino de la economía de mercado y el imperialismo yanqui que huele a azufre según dijo Hugo Chávez. No nos equivocaremos si concluimos que tanto en los europeos de la yihad como del ELN o de las FARC-EP opera el mismo proceso mental, la misma sicología, el mismo sueño alienante y hasta la misma ideología, aunque la una sea religiosa y la otra política.

A unos y otros, profetas y políticos, clero y partidos, los mueve el mismo deseo redentor; todos creen obedecer a un mandato superior trascendente y espiritual o profano y popular.  Aunque los guerrilleros se declaren ateos, parecen venerar a otro dios, una especie de Cristo místico, símbolo de la plebe.  Fue el genial Thomas Hobbes (1588- 1679) quien primero afirmó la identidad de la religión y la política en la medida en que comparten las mismas raíces en la naturaleza humana.  ¿Cómo no van a ser la misma cosa religión y política si el exguerrillero presidente de Uruguay, José Mujica, parece la reencarnación del pobre de Asís?

Si avanzamos un poco, tenemos que concluir que el ateísmo no es posible.  ¿Cómo puede ser  posible, si quien toma un fusil se parece tanto a quien toma una cruz para salvar a sus hermanos?  El asunto parece, más bien, una cuestión semántica.  ¿O será que la teología tampoco es posible? Religión y política no son más que intentos del hombre para llenar esa falta o vacío que nos constituye: son las ilusiones que mantienen la esperanza.  Ese miedo fundamental que somos nos lleva a la parroquia y a la plaza pública con el deseo inconsciente de encontrar una respuesta que  no llega.