Pablo el mentiroso
Iván Tabares Marín
Para el común de los latinoamericanos las
narraciones de la Biblia corresponden
a hechos reales porque en esos términos han sido referidos
por predicadores y textos de historia.
En el caso de los primeros, vaya y venga, pero no es admisible que los
tratados de divulgación histórica hablen de Moisés y Abrahán como si fueran tan
reales como Alejandro Magno o Sócrates a pesar de la publicación de numerosas
investigaciones científicas y teológicas que demuestran el carácter imaginario
de los textos sagrados desde el siglo XIX o
antes.
Por razones obvias los sacerdotes católicos y los
pastores cristianos ocultan lo que todos ellos saben en este campo, en
particular porque su audiencia siente un particular terror cuando la verdad
intenta revelárseles y porque los predicadores tienen mil formas de
racionalizar su silencio. Los más
respetables teólogos contemporáneos aceptan que la Biblia mezcla algunos
eventos reales con mitologías por lo que ya no puede ser el soporte de la fe,
entendida hoy como una relación directa con Dios, en las iglesias reformadas,
o mediada por el Papa y los obispos, en
la católica.
De allí que no se entiende el rechazo de los teólogos
de oficio contra los legos o laicos cuando presentan sus análisis en busca de
lo real en los textos sagrados, como si el hecho de no contar con una
certificación de una universidad confesional los descalificara o como si a la
Arqueología y a cualquier otra ciencia les estuviera vedado ese terreno. Claro está que circulan muchos textos
irresponsables o mediocres --aquí sí tendrían razón los doctores de la Iglesia—
al lado de muy buenos estudios que dilucidan las contradicciones y fantasías de
casi todo el contenido bíblico.
Para fortuna de todos vienen
apareciendo en los últimos años eruditos trabajos de teólogos y profesores
universitarios que cambian el tradicional ocultamiento y nos muestran -sin el
temor en ellos de ser llevados a la hoguera- las contradicciones, falsificaciones, vacíos y metáforas de las
sagradas escrituras, lo que con toda seguridad es un desafío para los creyentes
y sus pastores. En el caso del Nuevo
Testamento, como también sucede en Antiguo, hasta la edición y el orden de los
textos conlleva errores en la comprensión: allí aparecen primero los
evangelios, seguido de los Hechos de los Apóstoles y, al final, las epístolas
de Pablo, cuando éstas fueron escritas primero, entre los años 50 y 60, los
hechos son del año 85, el evangelio de Marcos apareció entre los años 70 y 75, Lucas y Mateo, cerca del año 90, y Juan es posterior. De allí que Pablo no conoció los evangelios
y, cosa curiosa, nada dice de la biografía de Jesús distinto a su repetido lema
de la muerte, resurrección y pronto regreso de Cristo, garantía de que nuestros
pecados fueron perdonados y de que gracias a él, al hijo de Dios, podremos
resucitar e ir al cielo.
Si de acuerdo a la cronología
establecida para los supuestos acontecimientos narrados en el fantástico libro
de los Hechos de los Apóstoles, Pablo se convirtió en seguidor de Jesús unos
cinco o seis años después de la crucifixión, es sorprendente que en sus
escritos no aparece anécdota o dato alguno relacionado con la vida pública o
familiar del Nazareno; nada dice de María, de los milagros evangélicos y ni
siquiera, ¡increíble!, de las hermosas parábolas y enseñanzas del
nazareno. Sus referencias doctrinales
son siempre del Antiguo Testamento, como si su mensaje fuese un cristianismo
sin Jesús: “Nada --Dice Bart D. Ehrman,
de la Universidad de Carolina del Norte—en las epístolas paulinas nos indica
que el apóstol considerara que la vida terrena de Jesús fuera de primera (o de
alguna) importancia para él”. Tampoco
Pablo cuenta ningunos de los fantásticos
milagros que los Hechos le atribuirán a él mismo, motivo suficiente para
sospechar que los Hechos mienten en este punto.
(Continuará)
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