viernes, 31 de julio de 2015


Pablo el mentiroso

Iván Tabares Marín

Para el común de los latinoamericanos las narraciones  de la Biblia corresponden a   hechos reales  porque en esos términos han sido referidos por predicadores y textos de historia.  En el caso de los primeros, vaya y venga, pero no es admisible que los tratados de divulgación histórica hablen de Moisés y Abrahán como si fueran tan reales como Alejandro Magno o Sócrates a pesar de la publicación de numerosas investigaciones científicas y teológicas que demuestran el carácter imaginario de los textos sagrados desde el siglo XIX o  antes.

Por razones obvias los sacerdotes católicos y los pastores cristianos ocultan lo que todos ellos saben en este campo, en particular porque su audiencia siente un particular terror cuando la verdad intenta revelárseles y porque los predicadores tienen mil formas de racionalizar su silencio.  Los más respetables teólogos contemporáneos aceptan que la Biblia mezcla algunos eventos reales con mitologías por lo que ya no puede ser el soporte de la fe, entendida hoy como una relación directa con Dios, en las iglesias reformadas, o  mediada por el Papa y los obispos, en la católica.

De allí que no se entiende el rechazo de los teólogos de oficio contra los legos o laicos cuando presentan sus análisis en busca de lo real en los textos sagrados, como si el hecho de no contar con una certificación de una universidad confesional los descalificara o como si a la Arqueología y a cualquier otra ciencia les estuviera vedado ese terreno.  Claro está que circulan muchos textos irresponsables o mediocres --aquí sí tendrían razón los doctores de la Iglesia— al lado de muy buenos estudios que dilucidan las contradicciones y fantasías de casi  todo el contenido bíblico.

Para fortuna de todos vienen apareciendo en los últimos años eruditos trabajos de teólogos y profesores universitarios que cambian el tradicional ocultamiento y nos muestran -sin el temor en ellos de ser llevados a la hoguera- las contradicciones,  falsificaciones, vacíos y metáforas de las sagradas escrituras, lo que con toda seguridad es un desafío para los creyentes y sus pastores.  En el caso del Nuevo Testamento, como también sucede en Antiguo, hasta la edición y el orden de los textos conlleva errores en la comprensión: allí aparecen primero los evangelios, seguido de los Hechos de los Apóstoles y, al final, las epístolas de Pablo, cuando éstas fueron escritas primero, entre los años 50 y 60, los hechos son del año 85, el evangelio de Marcos apareció entre los  años 70 y 75, Lucas y Mateo, cerca  del año 90, y Juan es posterior.  De allí que Pablo no conoció los evangelios y, cosa curiosa, nada dice de la biografía de Jesús distinto a su repetido lema de la muerte, resurrección y pronto regreso de Cristo, garantía de que nuestros pecados fueron perdonados y de que gracias a él, al hijo de Dios, podremos resucitar e ir al cielo.


Si de acuerdo a la cronología establecida para los supuestos acontecimientos narrados en el fantástico libro de los Hechos de los Apóstoles, Pablo se convirtió en seguidor de Jesús unos cinco o seis años después de la crucifixión, es sorprendente que en sus escritos no aparece anécdota o dato alguno relacionado con la vida pública o familiar del Nazareno; nada dice de María, de los milagros evangélicos y ni siquiera, ¡increíble!, de las hermosas parábolas y enseñanzas del nazareno.  Sus referencias doctrinales son siempre del Antiguo Testamento, como si su mensaje fuese un cristianismo sin Jesús: “Nada  --Dice Bart D. Ehrman, de la Universidad de Carolina del Norte—en las epístolas paulinas nos indica que el apóstol considerara que la vida terrena de Jesús fuera de primera (o de alguna) importancia para él”.  Tampoco Pablo  cuenta ningunos de los fantásticos milagros que los Hechos le atribuirán a él mismo, motivo suficiente para sospechar que los Hechos mienten en este punto.  (Continuará)

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