miércoles, 29 de julio de 2015

 La tragedia de existir

El escritor Eduardo Escobar nos recordó en su columna de El Tiempo el caso de Chuang Tsu, “el sabio taoísta que un día no sabía si había soñado con una mariposa o era una mariposa que había soñado con Chuang Tsu”.  El cuento es muy bueno porque, entre otras cosas, nos permite meternos en el mundo de la ciencia ficción, del arte y de la filosofía.

El mismo ejemplo es tomado por los psicoanalistas para explicar el estadio del espejo; es la metáfora de La metamorfosis, la novela de Kafka, cuando Gregor Samsa despertó convertido en un gran insecto; es el problema planteado por Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray cuando la imagen del protagonista envejece pero él se conserva joven; es la pintura de las Meninas, de Velásquez, en la que observador se transforma en observado; es la hipótesis de que nuestro mundo puede ser el holograma de otro.  En fin, es la cuestión de nuestra identidad: ¿quién o qué somos?

Para la mayoría de los ciudadanos de países mal educados el problema  no existe.  El mundo para ellos está encantado, invadido por espíritus buenos y malos que dan sentido a todo lo que nos pasa; un gran mago llamado Dios juega con nosotros y con nuestro destino; no debemos preocuparnos por nada porque Él todo lo tiene fríamente calculado.  El cristianismo es “letal” para la cultura, escribió André Gide.

Mas la infancia o la inocencia de la humanidad se acabó hace apenas un siglo.  El encanto desapareció y empezamos a preguntarnos por la realidad de nuestra subjetividad.  ¿Dios nos creó o, mejor, nosotros lo inventamos a El?  ¿Él realmente nos mira o somos nosotros quienes tratamos de encontrar su imagen en la belleza de este planeta?   ¿La imagen que el otro proyecta  de mí cuando dice que me ama es ilusoria o real?

Cuando Dios es olvidado, desaparece el soporte de la identidad del hombre.  Chuang Tsu no sabía si era una mariposa; Dorian Gray ataca con un cuchillo su propio retrato; Velásquez nos puso nerviosos pues nos enseñó que la mirada del otro crea nuestra subjetividad imaginaria; los artistas y los filósofos llevan más de un siglo tratando de encontrar una respuesta o un consuelo.

Entender el dilema de Chang Tsu es entender la era moderna; es comprender el motivo del incremento de ateos y agnósticos en todo el mundo; es empezar la tragedia de existir sin Dios y sin saber qué somos.



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