El escritor Eduardo Escobar nos recordó en su columna
de El Tiempo el caso de Chuang Tsu, “el sabio taoísta que un día no sabía si
había soñado con una mariposa o era una mariposa que había soñado con Chuang
Tsu”. El cuento es muy bueno porque,
entre otras cosas, nos permite meternos en el mundo de la ciencia ficción, del
arte y de la filosofía.
El mismo ejemplo es tomado por los psicoanalistas para
explicar el estadio del espejo; es la metáfora de La metamorfosis, la novela de
Kafka, cuando Gregor Samsa despertó convertido en un gran insecto; es el
problema planteado por Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray cuando la
imagen del protagonista envejece pero él se conserva joven; es la pintura de
las Meninas, de Velásquez, en la que observador se transforma en observado; es
la hipótesis de que nuestro mundo puede ser el holograma de otro. En fin, es la cuestión de nuestra identidad:
¿quién o qué somos?
Para la mayoría de los ciudadanos de países mal educados
el problema no existe. El mundo para ellos está encantado, invadido
por espíritus buenos y malos que dan sentido a todo lo que nos pasa; un gran
mago llamado Dios juega con nosotros y con nuestro destino; no debemos
preocuparnos por nada porque Él todo lo tiene fríamente calculado. El cristianismo es “letal” para la cultura,
escribió André Gide.
Mas la infancia o la inocencia de la humanidad se
acabó hace apenas un siglo. El encanto
desapareció y empezamos a preguntarnos por la realidad de nuestra
subjetividad. ¿Dios nos creó o, mejor, nosotros
lo inventamos a El? ¿Él realmente nos
mira o somos nosotros quienes tratamos de encontrar su imagen en la belleza de
este planeta? ¿La imagen que el otro proyecta de mí cuando dice que me ama es ilusoria o
real?
Cuando Dios es olvidado, desaparece el soporte de la
identidad del hombre. Chuang Tsu no
sabía si era una mariposa; Dorian Gray ataca con un cuchillo su propio retrato;
Velásquez nos puso nerviosos pues nos enseñó que la mirada del otro crea
nuestra subjetividad imaginaria; los artistas y los filósofos llevan más de un
siglo tratando de encontrar una respuesta o un consuelo.
Entender el dilema de Chang Tsu es entender la era moderna;
es comprender el motivo del incremento de ateos y agnósticos en todo el mundo;
es empezar la tragedia de existir sin Dios y sin saber qué somos.
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