jueves, 30 de julio de 2015

La gran estafa

Iván Tabares Marín

El paseo que te propongo no cuesta nada y te llevará a uno de los sucesos más importantes para la cultura occidental.  Comienza en el año 74, cuando terminó la rebelión judía iniciada en el año 66  y que tuvo graves consecuencias para la cultura de Israel: el templo de Jerusalén fue destruido por las legiones romanas de Tito en el año 70; la secta de los sacerdotes de Yahvé desapareció y no quedó uno solo que continuara la tradición de ofrecer sacrificios de animales; los habitantes de la ciudad que no murieron, debieron huir o fueron llevados como esclavos a Roma.  Años después, un grupo de rabinos fariseos solicitarían autorización al Imperio para organizarse en un pueblito de la costa mediterránea, Iabne, y fundar el nuevo judaísmo como lo conocemos hoy.

Entre los judíos de Jerusalén existía una pequeña comunidad seguidora de las enseñanzas de un tal Jesús de Nazaret.  Su líder Santiago, hermano del mismo Jesús, había sido ajusticiado en el año 64 por un grupo de fanáticos que lo apedrearon después de que el sanedrín o asamblea de ancianos y sacerdotes lo había condenado a muerte por motivos religiosos, a pesar de que era conocido como “el Justo” y gozaba del respeto de la comunidad. Para remplazar a Santiago fue elegido otro miembro de su familia.  No hay datos históricos fidedignos sobre la suerte corrida por Pedro, uno de los discípulos de Jesús, aunque, según una leyenda aparecida muchos años después, habría sido crucificado en Roma durante las persecuciones de Nerón.   Tampoco se sabe de la suerte de Saulo de Tarso o Pablo.   En los Hechos de los Apóstoles, escrito alrededor del año 85 nada se dice de  la muerte de Pablo y Pedro.

Para el año 74 ya habían transcurrido  unos 44 años de la muerte de Jesús en la cruz, según cuentan los investigadores.   Por ese mismo año, un grupo de cristianos se pusieron a la tarea de contar la historia de su líder.  Así apareció el Evangelio de Marcos, el primero de los cuatro aprobados siglos después por la Iglesia Católica.  Es sorprendente que en la primera versión de ese evangelio no se decía nada de la resurrección de Jesús,  la que será anexada en el capítulo final muchos años después.

Unos diez años después se escribieron los evangelios de Mateo y Lucas.  Como nadie sabía nada de la historia de Jesús, esos evangelios se basaron en textos del Antiguo Testamento que se acomodaron para que él apareciera como el mesías judío, aunque en realidad no cumplía ninguno de los requisitos para serlo, según nos cuenta Reza Aslan en su libro El zelote.  Para resumir, casi todos los hechos de los evangelios son inventos o acomodaciones para tratar de demostrar una falacia.   En cuanto a las palabras atribuidas a Jesús, se considera que aproximadamente un 30 por ciento de ellas son auténticas.   Cerca al año 100 se escribió el evangelio de Juan, el menos histórico de los cuatro.







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