Iván Tabares Marín
El hecho mismo de la prohibición de las corridas me
parece intrascendente en comparación con
las doctrinas implícitas en la discusión del asunto. Una es la visión cultural de los aficionados,
relacionada con la teoría del espejo o con la conciencia de nosotros mismos en
el encuentro con los otros. Otra, la de
los jóvenes, cuya ideología prioriza al
animal o lo equipara con el hombre. Para
la Corte, ambas expresiones culturales deben respetarse.
Cuando nos enteramos de que estábamos matando el
planeta, aparecieron los ecologistas extremos buscando culpables o chivos
emisarios y exigiendo su sacrificio para expiar nuestro pecado. Influenciados por la doctrina del odio de clase, miraron con malicia hacia
la burguesía detestable para adivinar en la muerte del toro un objetivo de su
odio y de su cruzada purificadora.
Entonces se mimetizaron con los animales: yo soy un toro.
Así crearon la antítesis perfecta del rico que se emociona en la plaza
al identificarse con el torero. Quieren
de manera inconsciente regresar al paraíso, al mundo irracional de los
instintos, al vientre de la madre tierra, metáfora del cielo en la nueva
teología de las bestias, porque nunca entendieron la fenomenología del
espíritu.
El encuentro emotivo con la mascota sustituyó el
espejo de la conciencia porque solo la “ternura” de un perrito y la silenciosa
compañía de un gatito les dieron a los nuevos profetas de la ecología el
reconocimiento que quizás no pudieron
encontrar en otro humano. La ansiedad
por reencontrarse con su animalidad los lleva a renegar de su libertad, de su
orgullo de ser humano, tal vez porque asistimos a la cultura de las redes
sociales en la que ya no hay alma, el espíritu ha desaparecido y solo juega “egobody”,
el hombre-cuerpo, el instinto, el animal…
La furia de los verdugos de la nueva guerra santa solo
encuentra su lógica en el terror que les produce aquello que los aficionados
disfrutan en cada tarde de fiesta: el destello de lo humano, la dignidad de
sentirse distinto al animal o la luz de la conciencia de sí: he ahí lo que
atormenta al ecologista. Solo el hombre
sabe que va a morir, pero en la basura de las redes sociales eso es tan
insoportable como la lidia del toro. Si
somos iguales a las ratas, la moral no obliga, es imposible la poesía y no
existe un lugar para Dios.
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