viernes, 17 de julio de 2015

El ecologista y su mascota

Iván Tabares Marín

El hecho mismo de la prohibición de las corridas me parece  intrascendente en comparación con las doctrinas implícitas en la discusión del asunto.  Una es la visión cultural de los aficionados, relacionada con la teoría del espejo o con la conciencia de nosotros mismos en el encuentro con los otros.  Otra, la de los jóvenes, cuya ideología  prioriza al animal o lo equipara con el hombre.  Para la Corte, ambas expresiones culturales deben respetarse.

Cuando nos enteramos de que estábamos matando el planeta, aparecieron los ecologistas extremos buscando culpables o chivos emisarios y exigiendo su sacrificio para expiar nuestro pecado.  Influenciados por la doctrina  del odio de clase, miraron con malicia hacia la burguesía detestable para adivinar en la muerte del toro un objetivo de su odio y de su cruzada purificadora.

Entonces se mimetizaron con los animales: yo soy  un toro.  Así crearon la antítesis perfecta del rico que se emociona en la plaza al identificarse con el torero.  Quieren de manera inconsciente regresar al paraíso, al mundo irracional de los instintos, al vientre de la madre tierra, metáfora del cielo en la nueva teología de las bestias, porque nunca entendieron la fenomenología del espíritu.

El encuentro emotivo con la mascota sustituyó el espejo de la conciencia porque solo la “ternura” de un perrito y la silenciosa compañía de un gatito les dieron a los nuevos profetas de la ecología el reconocimiento que  quizás no pudieron encontrar en otro humano.   La ansiedad por reencontrarse con su animalidad los lleva a renegar de su libertad, de su orgullo de ser humano, tal vez porque asistimos a la cultura de las redes sociales en la que ya no hay alma, el espíritu ha desaparecido y solo juega “egobody”, el hombre-cuerpo, el instinto, el animal…

La furia de los verdugos de la nueva guerra santa solo encuentra su lógica en el terror que les produce aquello que los aficionados disfrutan en cada tarde de fiesta: el destello de lo humano, la dignidad de sentirse distinto al animal o la luz de la conciencia de sí: he ahí lo que atormenta al ecologista.  Solo el hombre sabe que va a morir, pero en la basura de las redes sociales eso es tan insoportable como la lidia del toro.  Si somos iguales a las ratas, la moral no obliga, es imposible la poesía y no existe un lugar para Dios.   



No hay comentarios:

Publicar un comentario