domingo, 5 de julio de 2015

 Cienciología I

Iván Tabares Marín

Cuando Sigmund Freud arribaba en un barco a los Estados Unidos comentó a uno de sus discípulos con ironía: “si supieran que les traemos la peste…” Tal comentario fue toda una profecía aunque los norteamericanos siempre miraron con desconfianzas el psicoanálisis por falta de respaldo científico y por la condición judía de su autor.   La peste en realidad llegó hacia 1950 cuando un mediocre personaje, sin preparación académica alguna, Lafayette Ronald Hubbard (LRH)  o L. Ron  Hubbard (1911- 1986), después de fracasar como escritor de ciencia ficción, decidió plagiar el psicoanálisis como parte de su seudociencia, la Dianética.

Todos hemos experimentados como algunos conflictos sentimentales o afectivos se “curan” hablando.  Si un amigo escucha, sin decir nada, nuestros relatos de frustraciones, amores idos, miedos o sentimientos de culpa, terminamos aliviados. Esa catarsis es el fundamento sicológico de la paz de la confesión católica y de la eficacia del diván freudiano.  “Me he estado divirtiendo poniendo en ridículo a Freud”, acostumbraba comentar LRH.  Los norteamericanos gastaron millones de dólares en los libros de Dianética, ignorando que les estaban vendiendo la primera parte del peor engendro de la cultura folletinesca. 

El charlatán dio el siguiente paso para rehabilitar su negocio sucio: la Cienciología.  Se trataba de mantener la clientela “hipnotizada” por el nuevo sacerdote o  sustituto del analista, el auditor.   Al paciente o fiel lo llamó preclaro, el inconsciente es la mente reactiva y a los recuerdos les puso el nombre de engramas.   La consulta o confesión con el auditor vale unos cinco mil dólares y le garantiza que, al traer sus engramas a la mente analítica (consciencia), se va a curar de todos sus enfermedades sicosomática, fobias, neurosis, homosexualidad y tendencias criminales, entre muchas otras patologías.  La Cienciología tiene terapias para superar la farmacodependencia (sauna, ejercicios físicos intensos y vitaminas); le permitirá superarse , tener éxito en la vida y colaborar en programas de beneficencia (la caridad siempre es la coartada) y en la campaña para acabar con la Psiquiatría y todas las drogas usadas por los médicos.
Para evitar el pago de impuestos y lograr los privilegios concedidos por la ley, al movimiento de Hubbard se le acomodó el calificativo de religión aunque no tiene teología alguna.  De esta forma han podido evadir las acusaciones por esclavitud, tráfico de personas y violación sistemática de los derechos humanos en sus campos de concentración o cárceles para castigar a los miembros críticos (herejes) o que cometan una falta. (Continuará)






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