Iván Tabares Marín
Cuando Sigmund Freud arribaba en un barco a los
Estados Unidos comentó a uno de sus discípulos con ironía: “si supieran que les
traemos la peste…” Tal comentario fue toda una profecía aunque los
norteamericanos siempre miraron con desconfianzas el psicoanálisis por falta de
respaldo científico y por la condición judía de su autor. La peste en realidad llegó hacia 1950 cuando
un mediocre personaje, sin preparación académica alguna, Lafayette Ronald
Hubbard (LRH) o L. Ron Hubbard (1911- 1986), después de fracasar
como escritor de ciencia ficción, decidió plagiar el psicoanálisis como parte
de su seudociencia, la Dianética.
Todos hemos experimentados como algunos conflictos
sentimentales o afectivos se “curan” hablando.
Si un amigo escucha, sin decir nada, nuestros relatos de frustraciones,
amores idos, miedos o sentimientos de culpa, terminamos aliviados. Esa catarsis
es el fundamento sicológico de la paz de la confesión católica y de la eficacia
del diván freudiano. “Me he estado
divirtiendo poniendo en ridículo a Freud”, acostumbraba comentar LRH. Los norteamericanos gastaron millones de
dólares en los libros de Dianética, ignorando que les estaban vendiendo la
primera parte del peor engendro de la cultura folletinesca.
El charlatán dio el siguiente paso para rehabilitar su
negocio sucio: la Cienciología. Se
trataba de mantener la clientela “hipnotizada” por el nuevo sacerdote o sustituto del analista, el auditor. Al paciente o fiel lo llamó preclaro, el inconsciente es la mente reactiva y a los recuerdos les
puso el nombre de engramas. La consulta o confesión con el auditor vale
unos cinco mil dólares y le garantiza que, al traer sus engramas a la mente
analítica (consciencia), se va a curar de todos sus enfermedades sicosomática,
fobias, neurosis, homosexualidad y tendencias criminales, entre muchas otras
patologías. La Cienciología tiene
terapias para superar la farmacodependencia (sauna, ejercicios físicos intensos
y vitaminas); le permitirá superarse , tener éxito en la vida y colaborar en
programas de beneficencia (la caridad siempre es la coartada) y en la campaña
para acabar con la Psiquiatría y todas las drogas usadas por los médicos.
Para evitar el pago de impuestos y lograr los
privilegios concedidos por la ley, al movimiento de Hubbard se le acomodó el
calificativo de religión aunque no tiene teología alguna. De esta forma han podido evadir las
acusaciones por esclavitud, tráfico de personas y violación sistemática de los
derechos humanos en sus campos de concentración o cárceles para castigar a los
miembros críticos (herejes) o que cometan una falta. (Continuará)
No hay comentarios:
Publicar un comentario