lunes, 6 de julio de 2015

Las guerras de los papas 

El objetivo de esta nota no es comentar la nueva encíclica del papa Francisco porque no soporté su lectura y, mejor, pretendo proponer los antecedentes históricos para su interpretación.  Para ello debemos aclarar que el catolicismo como tal apareció en el siglo XIX  definido por Karl Gabriel como “una forma social específica de la historia del cristianismo con la ayuda de la cual la tradición cristiana reacciona frente a la evolución moderna de la sociedad”.

Con la derrota de Napoleón en el año 1815, el proceso renovador de las instituciones políticas quedó bloqueado en toda Europa por los intereses monárquicos e imperiales, en especial en los países católicos que además de ser los menos beneficiados por los progresos de la ciencia y la revolución industrial, debieron soportar las posturas anacrónicas y contraculturales de la Iglesia.

En el norte de Europa predominaban las doctrinas protestantes, mientras el papa era escuchado todavía en el sur aunque se enfrentaba a grandes  críticas. Si Francia era católica, el anticlericalismo había aumentado allí después de la Revolución; cuando en Italia apareció el risorgimento o renacer que buscaba la unificación de toda la península, la Iglesia se opuso y se ganó también el odio de los italianos.  Pero lo más grave de este panorama era que el clero se había encerrado para defender de manera terca sus privilegios y sus viejas doctrinas frente la vanguardia cultural de Europa que era protestante y judía

La expresión más grosera de la actitud contracultural del Catolicismo se resume en “el compendio de errores” publicado por el papa Pío Nono.  La libertad de pensamiento, el liberalismo, el escepticismo, la ciencia, la democracia y el modernismo eran creaciones del demonio.  Fue el mismo Pío IX quien inventó los dogmas de la inmaculada concepción de María y de la infalibilidad del papa a pesar de las protestas de propios y extraños.  Sus sucesores en el trono de San Pedro persistieron en su condena del desarrollo humano y dejaron en manos de otras religiones los logros en materia teológica, filosófica, artística y científica del aquel siglo XIX y del XX.  Los católicos seguimos en la Edad Media. 

La promesa de una vida ultraterrena y el desprecio por la materia limitaron nuestra responsabilidad con el planeta y con nosotros mismos en uno de los grandes errores religiosos; por fortuna, ahora el papa Francisco quiere corregir el pasado y acabar con las viejas guerras de los papas aunque quizás demasiado tarde.



 


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