Las guerras de los papas
El
objetivo de esta nota no es comentar la nueva encíclica del papa Francisco
porque no soporté su lectura y, mejor, pretendo proponer los antecedentes
históricos para su interpretación. Para
ello debemos aclarar que el catolicismo como tal apareció en el siglo XIX definido por Karl Gabriel como “una forma
social específica de la historia del cristianismo con la ayuda de la cual la
tradición cristiana reacciona frente a la evolución moderna de la sociedad”.
Con
la derrota de Napoleón en el año 1815, el proceso renovador de las
instituciones políticas quedó bloqueado en toda Europa por los intereses
monárquicos e imperiales, en especial en los países católicos que además de ser
los menos beneficiados por los progresos de la ciencia y la revolución
industrial, debieron soportar las posturas anacrónicas y contraculturales de la
Iglesia.
En
el norte de Europa predominaban las doctrinas protestantes, mientras el papa era
escuchado todavía en el sur aunque se enfrentaba a grandes críticas. Si Francia era católica, el
anticlericalismo había aumentado allí después de la Revolución; cuando en
Italia apareció el risorgimento o
renacer que buscaba la unificación de toda la península, la Iglesia se opuso y
se ganó también el odio de los italianos.
Pero lo más grave de este panorama era que el clero se había encerrado
para defender de manera terca sus privilegios y sus viejas doctrinas frente la
vanguardia cultural de Europa que era protestante y judía
La
expresión más grosera de la actitud contracultural del Catolicismo se resume en
“el compendio de errores” publicado por el papa Pío Nono. La libertad de pensamiento, el liberalismo,
el escepticismo, la ciencia, la democracia y el modernismo eran creaciones del
demonio. Fue el mismo Pío IX quien
inventó los dogmas de la inmaculada concepción de María y de la infalibilidad
del papa a pesar de las protestas de propios y extraños. Sus sucesores en el trono de San Pedro
persistieron en su condena del desarrollo humano y dejaron en manos de otras
religiones los logros en materia teológica, filosófica, artística y científica
del aquel siglo XIX y del XX. Los
católicos seguimos en la Edad Media.
La
promesa de una vida ultraterrena y el desprecio por la materia limitaron
nuestra responsabilidad con el planeta y con nosotros mismos en uno de los
grandes errores religiosos; por fortuna, ahora el papa Francisco quiere
corregir el pasado y acabar con las viejas guerras de los papas aunque quizás
demasiado tarde.
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