jueves, 16 de julio de 2015

"No puedo vivir sin ti" 

Iván Tabares Marín

Uno de los problemas que enfrentamos con mayor frecuencia en las relaciones de pareja es el de la dependencia, aferramiento o apego.  Uno de los cónyuges trata de esclavizar, controlar o poseer al otro como si se tratara de un objeto y, por ello, el otro termina perdiendo el afecto, se siente asfixiado y acaba la relación.  En casos extremos, la situación determina muchos uxoricidios o la tragedia de muchas mujeres que prefieren vivir humilladas y maltratadas antes que perder a su hombre.

Como la disciplina aprendida de los mayores, condición indispensable para llegar a la madurez, se ha convertido en violación de los derechos  del niño y de ese principio ambiguo del “libre desarrollo de la personalidad”,  cada nueva generación se queda más aferrada a patrones  infantiles o primitivos de comportamiento.   Por eso, tal vez, el amor es hoy líquido, inestable, irresponsable y, por eso también, nos aterra perder al otro.  El otro es una cosa que me pertenece.  Es mi esclavo.

La sicología recomienda aprender a vivir sin miedo a la muerte, evitar las cosas superfluas, radicalizar el amor propio y superar el miedo a la soledad.  Quien no es capaz de vivir solo es incapaz de amar.  En otras palabras, quien convierte en una obsesión la posibilidad de perder al otro, tiene un problema grave de autoestima que lo llevarán a expresar “no puedo vivir sin ti” o a amenazar con  el suicidio si el otro o la otra se va.

La relación amorosa me constituye como sujeto humano, me lleva a esa dimensión fantástica en la que espero ser deseado y respetado como humano, no como animal o como cosa.  Es el campo de la poesía o de lo hermoso que da sentido o valor a mi existencia.  Si el otro no entiende esto o “no sabe Volar”, va a querer amarrarme y va a desconocer mi calidad de ser humano.   Amar es ser libre y permitir que el otro lo sea; es aceptar que el otro se puede ir cuando quiera porque, entre otras cosas, soy capaz de vivir solo y no temo a la muerte. 

La sensación de plenitud que nos transmite la relación amorosa se parece al goce que las religiones se han imaginado como el cielo; pero el cielo no existe.  La promesa de plenitud es una ilusión.  Si una persona no madura, vivirá el amor como si fuera el cielo y no aceptará perderlo.






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