Iván Tabares Marín
Uno de los problemas que enfrentamos con mayor
frecuencia en las relaciones de pareja es el de la dependencia, aferramiento o
apego. Uno de los cónyuges trata de
esclavizar, controlar o poseer al otro como si se tratara de un objeto y, por
ello, el otro termina perdiendo el afecto, se siente asfixiado y acaba la
relación. En casos extremos, la
situación determina muchos uxoricidios o la tragedia de muchas mujeres que
prefieren vivir humilladas y maltratadas antes que perder a su hombre.
Como la disciplina aprendida de los mayores, condición
indispensable para llegar a la madurez, se ha convertido en violación de los
derechos del niño y de ese principio
ambiguo del “libre desarrollo de la personalidad”, cada nueva generación se queda más aferrada a
patrones infantiles o primitivos de
comportamiento. Por eso, tal vez, el
amor es hoy líquido, inestable, irresponsable y, por eso también, nos aterra
perder al otro. El otro es una cosa que
me pertenece. Es mi esclavo.
La sicología recomienda aprender a vivir sin miedo a
la muerte, evitar las cosas superfluas, radicalizar el amor propio y superar el
miedo a la soledad. Quien no es capaz de
vivir solo es incapaz de amar. En otras
palabras, quien convierte en una obsesión la posibilidad de perder al otro,
tiene un problema grave de autoestima que lo llevarán a expresar “no puedo
vivir sin ti” o a amenazar con el
suicidio si el otro o la otra se va.
La relación amorosa me constituye como sujeto humano,
me lleva a esa dimensión fantástica en la que espero ser deseado y respetado
como humano, no como animal o como cosa.
Es el campo de la poesía o de lo hermoso que da sentido o valor a mi
existencia. Si el otro no entiende esto
o “no sabe Volar”, va a querer amarrarme y va a desconocer mi calidad de ser
humano. Amar es ser libre y permitir
que el otro lo sea; es aceptar que el otro se puede ir cuando quiera porque,
entre otras cosas, soy capaz de vivir solo y no temo a la muerte.
La sensación de plenitud que nos transmite la relación
amorosa se parece al goce que las religiones se han imaginado como el cielo;
pero el cielo no existe. La promesa de
plenitud es una ilusión. Si una persona
no madura, vivirá el amor como si fuera el cielo y no aceptará perderlo.
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