martes, 28 de julio de 2015


¿Por qué amamos?

Iván Tabares Marín

Los tremendos avances de la Medicina han permitido examinar de manera objetiva los cambios que ocurren en el organismo cuando nos enamoramos y de esta manera explorar el que era hasta ahora un territorio exclusivo de los poetas y de dudosas explicaciones ideológicas.

En esta perspectiva la doctora Helen Fisher publicó en el año 2004 un estudio cuyo título era “Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico”; en Colombia apareció ese mismo año en español gracias a la casa editorial Taurus.  La metodología consistió en hacer cuantificaciones hormonales y de mediadores químicos cerebrales en estudiantes universitarios que se encontraban en las diferentes fases del amor, al mismo tiempo que se les realizaban resonancias magnéticas funcionales del cerebro.

Se halló que en la fase inicial del enamoramiento o de la pasión loca se incrementaba la producción de dopamina y tal vez de norepinefrina y serotonina con acciones precisas en algunos núcleos de la base del cerebro, efectos que disminuyen después de los cuatro años.   En la fase de apego,  que caracteriza el amor de larga duración, predominan las hormonas oxitocina y vasopresina, producidas en la glándula hipófisis.  Desde hace mucho  tiempo sabemos que el deseo y el afán de copular están asociados sobre todo con la testosterona, hormona masculina, tanto en hombres como en mujeres.

A diferencia de lo que dicen los boleros y los poemas, la pasión amorosa tiene un límite en el tiempo que corresponde a la  crisis matrimonial de los cuatro o cinco años y al período necesario para cuidar al hijo o para que este, en una perspectiva psicoanalítica, estructure su psique.  El estudio no aclara el efecto biológico sobre la pareja el nacimiento de un segundo o tercer hijo.  Es muy interesante señalar los efectos complejos, por otro lado, entre química y sentimientos: “En algunas circunstancias, la testosterona puede elevar los niveles de vasopresina y oxitocina” (…) Lo contrario también puede ocurrir: la oxitocina y la vasopresina pueden aumentar la producción de testosterona en determinadas condiciones”.  Saque usted, amigo lector, sus propias conclusiones para los matrimonios prolongados.

Son muy significativos los resultados de las investigaciones sobre la acción de la testosterona y el comportamiento: “Los hombres con altos niveles básicos de testosterona se casan con menos frecuencia, tienen más relaciones adúlteras, cometen más abusos conyugales y se divorcian más a menudo.  Cuando el matrimonio de un hombre pierde estabilidad, sus niveles de testosterona aumentan.  Con el divorcio, estos niveles de testosterona aumentan aún más.  Y los hombres solteros tienden a tener niveles de testosterona más altos que los casados”.   Claro que lo contrario también se presenta: el apego de un hombre a su familia y el nacimiento de un hijo disminuyen la producción de testosterona  (también en la esposa en este último caso)

Vale la pena destacar la honestidad de la doctora Fisher al reconocer que la Biología no tiene una respuesta definitiva sobre los motivos que nos llevan a enamorarnos y deja un campo abierto para otras hipótesis.  Leamos sus propias palabras. “Es indudable que hay algo de cierto en estas ideas.  Pero todas ellas se derivan de un planteamiento fundamental: cada uno de nosotros tenemos una personalidad única, basada en nuestras experiencias infantiles y nuestra biología particular.  Y esta estructura psíquica, en gran medida inconsciente, nos guía a la hora de enamorarnos de  una persona y no de otra.  Es la “insoportable levedad del ser” de que hablaba Milan Kundera: en último término no sabemos por qué amamos, quizás por un detalle o un accidente estúpido,  aunque el aporte bioquímico nos aclara muchas cosas.




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