¿Por qué amamos?
Iván Tabares Marín
Los
tremendos avances de la Medicina han permitido examinar de manera objetiva los
cambios que ocurren en el organismo cuando nos enamoramos y de esta manera
explorar el que era hasta ahora un territorio exclusivo de los poetas y de dudosas
explicaciones ideológicas.
En
esta perspectiva la doctora Helen Fisher publicó en el año 2004 un estudio cuyo
título era “Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico”; en
Colombia apareció ese mismo año en español gracias a la casa editorial Taurus. La metodología consistió en hacer
cuantificaciones hormonales y de mediadores químicos cerebrales en estudiantes
universitarios que se encontraban en las diferentes fases del amor, al mismo
tiempo que se les realizaban resonancias magnéticas funcionales del cerebro.
Se
halló que en la fase inicial del enamoramiento o de la pasión loca se
incrementaba la producción de dopamina y tal vez de norepinefrina y serotonina
con acciones precisas en algunos núcleos de la base del cerebro, efectos que
disminuyen después de los cuatro años.
En la fase de apego, que
caracteriza el amor de larga duración, predominan las hormonas oxitocina y
vasopresina, producidas en la glándula hipófisis. Desde hace mucho tiempo sabemos que el deseo y el afán de
copular están asociados sobre todo con la testosterona, hormona masculina,
tanto en hombres como en mujeres.
A
diferencia de lo que dicen los boleros y los poemas, la pasión amorosa tiene un
límite en el tiempo que corresponde a la
crisis matrimonial de los cuatro o cinco años y al período necesario para
cuidar al hijo o para que este, en una perspectiva psicoanalítica, estructure
su psique. El
estudio no aclara el efecto biológico sobre la pareja el nacimiento de un segundo
o tercer hijo. Es muy interesante
señalar los efectos complejos, por otro lado, entre química y sentimientos: “En
algunas circunstancias, la testosterona puede elevar los niveles de vasopresina
y oxitocina” (…) Lo contrario también puede ocurrir: la oxitocina y la
vasopresina pueden aumentar la producción de testosterona en determinadas condiciones”. Saque usted, amigo lector, sus propias
conclusiones para los matrimonios prolongados.
Son
muy significativos los resultados de las investigaciones sobre la acción de la
testosterona y el comportamiento: “Los hombres con altos niveles básicos de
testosterona se casan con menos frecuencia, tienen más relaciones adúlteras,
cometen más abusos conyugales y se divorcian más a menudo. Cuando el matrimonio de un hombre pierde
estabilidad, sus niveles de testosterona aumentan. Con el divorcio, estos niveles de
testosterona aumentan aún más. Y los
hombres solteros tienden a tener niveles de testosterona más altos que los
casados”. Claro que lo contrario
también se presenta: el apego de un hombre a su familia y el nacimiento de un
hijo disminuyen la producción de testosterona (también en la esposa en este último caso)
Vale
la pena destacar la honestidad de la doctora Fisher al reconocer que la
Biología no tiene una respuesta definitiva sobre los motivos que nos llevan a
enamorarnos y deja un campo abierto para otras hipótesis. Leamos sus propias palabras. “Es indudable
que hay algo de cierto en estas ideas.
Pero todas ellas se derivan de un planteamiento fundamental: cada uno de
nosotros tenemos una personalidad única, basada en nuestras experiencias
infantiles y nuestra biología particular.
Y esta estructura psíquica, en gran medida inconsciente, nos guía a la
hora de enamorarnos de una persona y no
de otra. Es la “insoportable levedad del
ser” de que hablaba Milan Kundera: en último término no sabemos por qué amamos,
quizás por un detalle o un accidente estúpido,
aunque el aporte bioquímico nos aclara muchas cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario