sábado, 27 de junio de 2015

Los juegos del hambre



Después del intento por introducir en Colombia el voto obligatorio a pesar del conocido fracaso de esta institución en otros países y de las improvisadas salidas en falso de la coalición del Gobierno para favorecer a toda costa las negociaciones con la guerrilla, se lanza al escenario del sainete la Ministra de Educación con una reforma que ya ha escuchado las primeras rechiflas de la tribuna: 10.000 becas para que jóvenes pobres brillantes vayan a la universidad.

Estadísticas publicadas en Colombia hace apenas unos meses mostraron que el 60 % de los egresados de nuestras universidades trabajan en áreas distintas a aquella para la que se habían capacitado.  Además, la deserción de los pobres en la universidad llega a esos mismos niveles. Por otro lado, las posibilidades de que un profesional pobre consiga trabajo en este país racista son muy bajas y por eso no encuentran otra alternativa que la migración. Más que becas necesitamos puestos, activación de la economía e instituciones pluralistas.

Estos subsidios poco van a incidir en el propósito loable de buscar equidad si no van acompañados de reformas en las que el promesero de Juampa no está interesado porque no producen votos.  ¿Para qué me sirve un título si los cargos en el sector público se adjudican a la clientela del senador con falsos diplomas o se reparten entre los familiares de los nominadores?  Ningún economista serio niega los beneficios de los subsidios a la oferta o a la demanda cuando se aplican con criterio científico, se tienen en cuenta las experiencias de otros países, se acompañan de ampliación de las oportunidades, instituciones políticas democráticas, control de la corrupción y protección a la propiedad privada.

Estamos viendo que estas políticas de subsidios a ultranza, impulsadas en Latinoamérica  por el Castrochavismo, son a veces medicinas peores que la enfermedad: los colombianos pobres no quieren buscar empleo porque, si lo consiguen, el Estado les suspende los subsidios que en muchos casos suman más de un salario mínimo; las explosión demográfica empieza a mostrar incrementos aterradores porque a más hijos más subsidios; se reparten suplementos alimenticios caros, tipo Ensure, pero el niño sigue desnutrido como si aquellos los consumieran los adultos o los estuvieran vendiendo; entidades encargadas de repartir las limosnas oficiales, como el ICBF, muestran descarados niveles de corrupción e ineficiencia; los programas de vivienda gratis sin planeación generan graves problemas a los beneficiarios y a sus vecinos, que por fortuna 

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