Son varios los eventos señalados por los historiadores
como el comienzo de la era moderna en Occidente: el descubrimiento de América,
la Reforma, el Renacimiento y la invención de la imprenta. Sin ninguna duda, en la lista debemos
incluir la publicación de Don Quijote de la Mancha, la inmortal obra de Miguel
de Cervantes Saavedra.
Don Quijote se había pasado la vida leyendo novelas de
caballeros andantes y salió con su
escudero Sancho Panza para verificarlas.
Quería acomodar las realidades a su esquema mental caballeresco y
romántico a pesar de los continuos reproches de su fiel escudero. Se creía un noble dispuesto a salvar el
mundo de sus monstruos e injusticias en un sentido intento por conquistar a su
amada, la bellísima Dulcinea. A medida
que transcurre la trama, el viejo empieza a curarse de su locura, a entender
que las palabras y las cosas no se identifican y que su dignidad es similar a
la del inculto Sancho. La aventura es un
fracaso y, al final, el caballero de la triste figura es derrotado.
No pudo entender el viejo hidalgo que la mitología que
extravió su mente había tenido vigencia unos cuatro siglos atrás, en el corazón
de la Edad Media, en ese tiempo romántico de juglares, de atracos y caminos
inseguros, de valientes caballeros protectores de los débiles, y de poetas que
cantaban a la mujer fascinante. La nueva
etapa de la historia, la moderna, necesitaba otros mitos que le dieran sentido
y motivaran a muchos hombres y mujeres a construir una nueva sociedad. Don Quijote es el pregonero de la nueva era. Era el momento de crear nuevas leyendas que
ya no asustaran a Sancho, al pueblo.
Esa parece un metáfora perfecta para interpretar el
mundo en que vivimos. El Quijote sigue
siendo vigente. Cuando creíamos ver un
mundo de jueces limpios, de gobernantes preocupados por los derechos humanos,
de ciudadanos respetuosos del contrato social, de una economía con
oportunidades para todos y, en definitiva, de unos sacerdotes castos entregados
a servir al que considerábamos el único Dios, nos hemos encontrado, otra vez,
que las palabras y las realidades no cuadran, que necesitamos una nueva
mitología que nos dé los medios para realizar el mundo que anhelamos. El
gastado discurso de los derechos ya no funciona. Necesitamos refundar la República, aunque sea
con esos **** de las FARC.
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