jueves, 4 de junio de 2015

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La lucha por el reconocimiento

Iván Tabares Marín

Los diálogos de La Habana con las anacrónicas guerrillas son una oportunidad para plantearnos los principios que nos han diferenciado, especialmente aquellos relacionados con el comportamiento humano y los determinantes de nuestra historia.  La pregunta pertinente puede ser esta: ¿qué nos hace humanos?   O esta otra: ¿por qué la izquierda comunista ha buscado a través del terror y la violencia una solución a los conflictos sociales, mientras el resto de la comunidad sigue confiando en el Estado de derecho, las elecciones y otras instituciones democráticas?

Observemos cómo la doctrina cristiana cree ver en cada evento la intervención de la Divina Providencia; un etnólogo considera que  en los genes se plasma nuestro destino y que para  entender nuestra sociedad basta con observar a los animales; un psicoanalista postula que las fuerzas íntimas que nos  mueven son inconscientes y que lo logran por medio de las pulsiones de vida y de muerte; otra teoría muy seria nos propone que actuamos por envidia o por el deseo de imitar a los otros.  El filósofo alemán F. Hegel creyó encontrar en el afán de reconocimiento la motivación primordial de los seres humanos, mientras que su pupilo C. Marx pensó, mejor, que es la economía o nuestra relación con los medios de producción el constitutivo esencial de nuestra naturaleza.  En fin, acaba de aparecer un ensayo del historiador Jean Delumeau en el que el miedo es la clave de nuestras acciones individuales y colectivas.

Centremos la discusión en Marx y Hegel, pioneros de las corrientes  filosóficas básicas  de Occidente, el materialismo y el idealismo, respectivamente.  El marxismo se puede presentar de manera elemental diciendo que el hombre se define por su condición de propietario o no de los medios de producción.  El dueño de la tierra o la fábrica explota al campesino o al obrero, quienes no tienen otra opción que tomar las armas para establecer una dictadura del proletariado  y alcanzar la justicia.  Hegel, por su parte, iba un poco más allá  y propuso que la primera contienda entre los hombres se desató por el afán de reconocimiento.  Más allá del comportamiento instintivo de los animales o de la lucha por  la subsistencia, el hombre se caracteriza por su capacidad de poner en peligro su propia vida  con el fin  de ser reconocido por los otros.  En ese primer combate el señor fue reconocido como tal por el esclavo, en lo que Hegel llamó la dialéctica del amo y el esclavo.

Si observamos los procesos de liberación de las minorías, las mujeres, los homosexuales, los discapacitados, los obreros, los campesinos y los esclavos, podemos ver que más que reivindicaciones económicas querían ser aceptados y reconocidos como seres humanos con plenos derechos y, para ello, estaban dispuestos a entregar su propia vida. Pensemos también en los Hermanos Musulmanes de Egipto, en los terroristas que luchan por su religión en Siria o en los pocos guerrilleros comunistas que aún quedan en todo el planeta.  Todavía hay seres humanos dispuestos a jugarse la vida por una idea, por un dios imaginario, por un trapo, por un amor o por un equipo de fútbol…


Todas las hipótesis sobre los condicionantes de nuestra conducta y nuestra historia tienen algo de razón; pero pocas veces tenemos tiempo y oportunidad de reflexionar sobre ellas para formar un criterio serio y sano.  Debe ser por esto que nos apresuramos a comprometernos con ideologías sesgadas o que apenas nos muestran facetas de la realidad, pero, eso sí, estamos listos a dar la vida por ellas.  Lo importante y sensato es estar abierto a todas las ideologías porque todas son ciertas y porque todas son falsas.

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