La lucha por el reconocimiento
Iván
Tabares Marín
Los
diálogos de La Habana con las anacrónicas guerrillas son una oportunidad para
plantearnos los principios que nos han diferenciado, especialmente aquellos
relacionados con el comportamiento humano y los determinantes de nuestra
historia. La pregunta pertinente puede
ser esta: ¿qué nos hace humanos? O esta
otra: ¿por qué la izquierda comunista ha buscado a través del terror y la
violencia una solución a los conflictos sociales, mientras el resto de la
comunidad sigue confiando en el Estado de derecho, las elecciones y otras
instituciones democráticas?
Observemos
cómo la doctrina cristiana cree ver en cada evento la intervención de la Divina
Providencia; un etnólogo considera que
en los genes se plasma nuestro destino y que para entender nuestra sociedad basta con observar
a los animales; un psicoanalista postula que las fuerzas íntimas que nos mueven son inconscientes y que lo logran por
medio de las pulsiones de vida y de muerte; otra teoría muy seria nos propone
que actuamos por envidia o por el deseo de imitar a los otros. El filósofo alemán F. Hegel creyó encontrar
en el afán de reconocimiento la motivación primordial de los seres humanos,
mientras que su pupilo C. Marx pensó, mejor, que es la economía o nuestra
relación con los medios de producción el constitutivo esencial de nuestra
naturaleza. En fin, acaba de aparecer un
ensayo del historiador Jean Delumeau en el que el miedo es la clave de nuestras
acciones individuales y colectivas.
Centremos
la discusión en Marx y Hegel, pioneros de las corrientes filosóficas básicas de Occidente, el materialismo y el idealismo,
respectivamente. El marxismo se puede
presentar de manera elemental diciendo que el hombre se define por su condición
de propietario o no de los medios de producción. El dueño de la tierra o la fábrica explota al
campesino o al obrero, quienes no tienen otra opción que tomar las armas para
establecer una dictadura del proletariado
y alcanzar la justicia. Hegel,
por su parte, iba un poco más allá y
propuso que la primera contienda entre los hombres se desató por el afán de
reconocimiento. Más allá del
comportamiento instintivo de los animales o de la lucha por la subsistencia, el hombre se caracteriza por
su capacidad de poner en peligro su propia vida
con el fin de ser reconocido por
los otros. En ese primer combate el
señor fue reconocido como tal por el esclavo, en lo que Hegel llamó la
dialéctica del amo y el esclavo.
Si
observamos los procesos de liberación de las minorías, las mujeres, los
homosexuales, los discapacitados, los obreros, los campesinos y los esclavos,
podemos ver que más que reivindicaciones económicas querían ser aceptados y
reconocidos como seres humanos con plenos derechos y, para ello, estaban
dispuestos a entregar su propia vida. Pensemos también en los Hermanos Musulmanes
de Egipto, en los terroristas que luchan por su religión en Siria o en los
pocos guerrilleros comunistas que aún quedan en todo el planeta. Todavía hay seres humanos dispuestos a
jugarse la vida por una idea, por un dios imaginario, por un trapo, por un amor
o por un equipo de fútbol…
Todas
las hipótesis sobre los condicionantes de nuestra conducta y nuestra historia
tienen algo de razón; pero pocas veces tenemos tiempo y oportunidad de
reflexionar sobre ellas para formar un criterio serio y sano. Debe ser por esto que nos apresuramos a
comprometernos con ideologías sesgadas o que apenas nos muestran facetas de la
realidad, pero, eso sí, estamos listos a dar la vida por ellas. Lo importante y sensato es estar abierto a
todas las ideologías porque todas son ciertas y porque todas son falsas.
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