Iván Tabares Marín
Europa entera no puede ocultar su estupor. Todos allí buscan una explicación para el
comportamiento de unos quince mil jóvenes, de las naciones más prósperas del
mundo y con mejor calidad de vida, que decidieron dejarlo todo para meterse en
el ejército del Estado Islámico con el propósito de matar a los infieles y
crear un nuevo sultanato en los territorios de Irak y Siria. Muchos de ellos están ansiosos por ser
mártires de la causa, como los cristianos de la Iglesia primitiva.
Como los europeos, hemos experimentado algo parecido los
colombianos en los últimos años cuando hemos visto llegar sacerdotes y jóvenes extranjeros simpatizantes de la
izquierda, como Tanja, cargados de romanticismo, también dispuestos a sacrificar
su vida por los más pobres que son víctimas, no ya del Demonio, sino de la
economía de mercado y el imperialismo yanqui que huele a azufre según dijo Hugo
Chávez. No nos equivocaremos si concluimos que tanto en los europeos de la
yihad como del ELN o de las FARC-EP opera el mismo proceso mental, la misma
sicología, el mismo sueño alienante y hasta la misma ideología, aunque la una
sea religiosa y la otra política.
A unos y otros, profetas y políticos, clero y
partidos, los mueve el mismo deseo redentor; todos creen obedecer a un mandato
superior trascendente y espiritual o profano y popular. Aunque los guerrilleros se declaren ateos,
parecen venerar a otro dios, una especie de Cristo místico, símbolo de la plebe. Fue el genial Thomas Hobbes (1588- 1679)
quien primero afirmó la identidad de la religión y la política en la medida en
que comparten las mismas raíces en la naturaleza humana. ¿Cómo no van a ser la misma cosa religión y
política si el exguerrillero expresidente de Uruguay, José Mujica, parece la
reencarnación del pobre de Asís?
Si avanzamos un poco, tenemos que concluir que el
ateísmo no es posible. ¿Cómo puede
ser posible, si quien toma un fusil se
parece tanto a quien toma una cruz para salvar a sus hermanos? El asunto parece, más bien, una cuestión
semántica. ¿O será que la teología
tampoco es posible? Religión y política no son más que intentos del hombre para
llenar esa falta o vacío que nos constituye: son las ilusiones que mantienen la
esperanza. Ese miedo fundamental que
somos nos lleva a la parroquia y a la plaza pública con el deseo inconsciente de
encontrar una respuesta que no llega.
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