La mirada del
otro
Iván
Tabares Marín
Nos
recordaba Umberto Eco, el profesor de Semiología y escritor italiano, la
costumbre de nuestras abuelas de invocar a Dios cada vez que necesitaban un
buen testigo. “Solo Dios sabe”, decían,
cuando trataban de probar sus desvelos, dedicación o sacrificios, como si el
Altísimo siempre estuviese pendiente de sus acciones o como si toda su vida
fuese una puesta en escena para ese excepcional espectador. Las reflexiones de Eco apuntaban al cambio
que estaban experimentando muchas personas en los últimos años, para las cuales
ya no era la mirada del Creador el objeto de su montaje sino, mejor, la de los
televidentes: quien no aparezca en la televisión es un don nadie y su vida
carece de todo significado. Cualquiera
de nosotros puede seguir esta línea de pensamiento y proponer que, en los
próximos días, quien no sea referido en Google puede empezar a considerar la
posibilidad del suicidio, a no ser que se resigne con sus fotos en Facebook o
sus comentarios en las redes sociales que nadie lee. De todas maneras siempre
será la mirada del otro la razón para vivir.
Los
seres humanos siempre actuamos en función de una mirada, ya sea la de la
persona o las personas que amamos y, a veces –quién lo creyera— de las que
odiamos; es en la mirada del hijo, del cónyuge, del padre o la madre, del
amigo, del amante o de Dios donde hayamos el sentido. Si usted quiere resumir la experiencia de la
soledad o la vejez, no hay mejor definición de esos estados que la ausencia de mirada; es preferible convivir con unos ojos cargados
de reproches y rabia a carecer por completo de ellos. He ahí la explicación de la situación de
tantas parejas que se soportan por no atreverse a dar el paso hacia un mundo en
que lo que realmente temen es no encontrar al menos la mirada de Dios que hacía
felices a las abuelas. En casos extremos, cuando la mirada del Otro se vuelve
un tormento, llegamos a la paranoia, enloquecemos o nos convertimos en un
Nicolás Maduro delirante frente a la mirada del Tío Sam.
Para
que no quede la sensación de que estas reflexiones son el fruto de un
despistado semiólogo italiano y de un no menos loco filósofo pereirano,
recordemos que variadas disciplinas se han basado en ellas desde que la
Lingüística y la Semiología afectaron todas las ciencias humanas en el siglo
pasado. Por ejemplo, en el campo de la
Sociología, una teoría conocida como Interaccionismo Simbólico marcó los
estudios de la Criminología en la segunda mitad del siglo con lo que se conoció
como “la aplicación de una etiqueta” (Labeling Approach, en inglés). Cuando el juez penal profiere una sentencia,
pone como una marca (label, en inglés) en la frente del condenado, la misma que
determinará la mirada de los otros. El
hombre ya no será Pedro Pérez sino “el delincuente”; su esposa lo abandonará,
sus hijos lo evitarán y nadie querrá darle trabajo; la mirada de los otros,
condicionada por la sentencia de un juez, marcará su destino.
El
campo en el que más se ha profundizado este aspecto de las relaciones humanas
es, sin duda, el Psicoanálisis, pero no en la versión de Sigmund Freud, quien
veía penes y vaginas por todas partes, sino en la de sus seguidores
modernos. Allí encontramos la mirada de
la madre y del padre como la responsable de ingresar a su crío a ese mundo de
la mirada, que es el registro simbólico, donde el Dios imaginario de las
abuelas sigue en su función de fisgón.
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