jueves, 25 de junio de 2015

El asesinato de Dios




Iván Tabares Marín

El portador para Colombia de la mala noticia fue Klaus Ziegler, en su columna de El Espectador:  “las encuestas muestran como agnósticos y ateos serían por primera vez mayoría en Holanda, mientras que en Suecia y Dinamarca podrían alcanzar el 83 %”   En toda Europa la cifra crece vertiginosamente.   Para los nosotros es difícil entender este fenómeno, conocido en el ambiente intelectual como el desencanto o la muerte de Dios; pero más dificultades genera la propuesta de Nietzsche sobre la responsabilidad que tenemos todos, en particular los cristianos, en ese “asesinato”.   Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado.

En el año 2017 vamos a conmemorar los 500 años del comienzo de la trama.    Todo el misterio con que la Iglesia Católica había ocultado la  Biblia y los rituales en latín comenzó a revelarse con la Reforma protestante, iniciada en 1517 por el monje Martín Lutero.  Gracias al  descubrimiento de la imprenta, la Biblia se tradujo a todos los idiomas y comenzó a ser revisada y cuestionada.

Por primera vez el ciudadano del común comprendió que tenía varias opciones en materia religiosa y entendió que su fe era un asunto personal que no necesitaba la interpretaciones dogmáticas del papa ni la intermediación del clero.  De esa cultura surgió el deísmo, la creencia en un Dios a secas, creador y tal vez garante, con su amenaza del infierno, del buen comportamiento de los hombres.  Sobraban el clero, los dogmas y los rituales.  Los ilustrados que inventaron la democracia eran en su mayoría deístas.

Pronto los estudiosos europeos descubrieron que la Biblia no era más que una colección de mitos con muy poco contenido histórico.   De allí se pasó a negar la revelación: Dios no ha hablado.   La fe moderna no puede estar condicionada por un libro escrito para una cultura tribal o esclava.   En el siglo XIX, desde el movimiento romántico, el marxismo y el idealismo, para no hablar de la ciencia, Dios empezó a ser negado de manera abierta.   El Pragmatismo norteamericano, el Positivismo inglés, la Fenomenología y toda la filosofía del  siglo XX buscaban una salida para el hombre solo, sin el Gran Otro.  El arte se dedicó a lo mismo.

Europa ha logrado un gran desarrollo moral que no requiere de Dios para que los ciudadanos respeten el contrato social; al contrario, nuestra ética es infantil y necesitamos de la amenaza de un castigo para respetar las normas.  Nuestro futuro sin Dios parece terrible.






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