Iván Tabares Marín
El portador para Colombia de la mala noticia fue Klaus
Ziegler, en su columna de El Espectador:
“las encuestas muestran como agnósticos y ateos serían por primera vez
mayoría en Holanda, mientras que en Suecia y Dinamarca podrían alcanzar el 83 %” En toda Europa la cifra crece
vertiginosamente. Para los nosotros es
difícil entender este fenómeno, conocido en el ambiente intelectual como el
desencanto o la muerte de Dios; pero más dificultades genera la propuesta de
Nietzsche sobre la responsabilidad que tenemos todos, en particular los
cristianos, en ese “asesinato”. Dios ha
muerto y nosotros lo hemos matado.
En el año 2017 vamos a conmemorar los 500 años del
comienzo de la trama. Todo el misterio
con que la Iglesia Católica había ocultado la
Biblia y los rituales en latín comenzó a revelarse con la Reforma
protestante, iniciada en 1517 por el monje Martín Lutero. Gracias al descubrimiento de la imprenta, la Biblia se
tradujo a todos los idiomas y comenzó a ser revisada y cuestionada.
Por primera vez el ciudadano del común comprendió que
tenía varias opciones en materia religiosa y entendió que su fe era un asunto
personal que no necesitaba la interpretaciones dogmáticas del papa ni la
intermediación del clero. De esa cultura
surgió el deísmo, la creencia en un Dios a secas, creador y tal vez garante,
con su amenaza del infierno, del buen comportamiento de los hombres. Sobraban el clero, los dogmas y los rituales. Los ilustrados que inventaron la democracia
eran en su mayoría deístas.
Pronto los estudiosos europeos descubrieron que la
Biblia no era más que una colección de mitos con muy poco contenido
histórico. De allí se pasó a negar la
revelación: Dios no ha hablado. La fe moderna
no puede estar condicionada por un libro escrito para una cultura tribal o
esclava. En el siglo XIX, desde el
movimiento romántico, el marxismo y el idealismo, para no hablar de la ciencia,
Dios empezó a ser negado de manera abierta.
El Pragmatismo norteamericano, el Positivismo inglés, la Fenomenología y
toda la filosofía del siglo XX buscaban
una salida para el hombre solo, sin el Gran Otro. El arte se dedicó a lo mismo.
Europa ha logrado un gran desarrollo moral que no
requiere de Dios para que los ciudadanos respeten el contrato social; al
contrario, nuestra ética es infantil y necesitamos de la amenaza de un castigo
para respetar las normas. Nuestro futuro
sin Dios parece terrible.
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