Iván Tabares Marín
Hacia los nueve meses el crío de la especie humana se
para frente a un espejo y lanza una expresión de satisfacción o alegría porque
por primera vez se da cuenta o comprende que ese que aparece en el espejo es él
mismo, por lo que exclama, mientras su dedito apunta a la imagen: “¡nene!”. Mira luego a su mamá para tener la
confirmación. “Sí -dice la madre comprensiva- ese es el nene;
eres tú, mi niño”.
Momento supremo de la condición humana es ese cuando
tenemos conciencia de nosotros mismos, cuando sabemos que existimos, cuando
somos reconocidos como sujetos o personas a través de la mirada de la madre. Nada es más satisfactorio porque de esta forma
somos constituidos como personas autónomas.
La misma escena se repetirá cuando nos miremos en el espejo que nos
ofrecen los amigos, las personas que amamos, cuando pensamos que somos mirados
o interpelados por el mismo Dios o cuando suponemos que el movimiento de la
cola de mi mascota es expresión de que nos reconoce.
Amamos a quien aparece como especial o distinto a
todos. El “yo te amo” se convierte en
una interpelación que puede significar muchas cosas pero que en último término
cumple la misma función del espejo primigenio.
El otro o la otra se alegrará, podrá sentir nuevamente una mirada que es
la promesa de estar vivo, de ser humano, de ser reconocido como único y
valioso. Saltará de alegría como el bebé
frente al espejo, se sentirá feliz, pleno, y comenzará a delirar como un loco
porque se ha encontrado consigo mismo por medio de la mirada de otro. Entonces podrá responder a la propuesta recibida:
“yo también te amo”.
Ese que nos interpela puede ser real o
imaginario. La tía que se quedó sola guarda
un recuerdo, una foto quizás, de ese muchacho que alguna vez le habló o la miró
de tal forma que ella adivinó un poco de amor, ilusión permanente que todavía
hoy llena su vida de sentido. Son,
además, muchas las personas que soportan con gran resignación esta vida porque
se convencieron de que los ojos de Dios se posan sobre cada una de sus
actividades para evaluarlas en el examen final.
Pasamos de la ilusión del yo transmitida por el espejo
a la locura del amor, a la fe en Dios y a la alegría desencadenada por la cola
del perro. Todo es imaginación. Todo es poesía.
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