Muchos comportamientos humanos se realizan en el
límite entre lo normal y patológico; los psiquiatra los denominan con un
término en inglés: borderline, frontera
o límite. También podemos darles otros
calificativos como “el amor como chantaje” o “la defensa del splitting”, (de Split, partir o dividir) o “defensa
maniquea o de los dos extremos”, como explicaré.
El prototipo de la madre borderline es aquella –tan
común en nuestra cultura ancestral, ridiculizada por Andrés López en su “Pelota
de Letras”- que explota en episodios
inapropiados de rabia y se queja continuamente: “eres una carga para mí”, “soy
muy infeliz”, “a mí nadie me comprende”, etc.
Ese alegato se repite cada vez que los hijos o el marido se salen de los
parámetros de conducta definidos por ella.
Es esa mujer “castradora” (en la terminología de los sicoanalistas), inmadura,
dominante, que se cree dueña o protectora de su familia y que siente como una
amenaza cualquier intento de autonomía en quienes le “pertenecen”. Ese trastorno mental también afecta a los
hombres y a los gais, por supuesto. Lo
anterior no significa que quien presente alguno de esos rasgos o síntomas
amerite un tratamiento siquiátrico o que pueda ser etiquetado con esta patología.
Como los sicópatas, estas personas son muy habilidosas
para seducir o para justificar sus posiciones; llegan incluso a amenazar con el
suicidio cuando sospechan que el otro se le está saliendo de las manos porque
su identidad o su autoestima depende de tenerlo dominado; no es nadie si no
está manipulando a su víctima. Además, les encanta utilizar los paradigmas
religiosos y culpabilizan a los otros de sus propias desgracias; ellos siempre
son los buenos; todo lo ven en blanco y negro; con frecuencia se refugian en el
alcohol u otra adicción.
Las rabietas del borderline
sorprenden a sus allegados; sus relaciones afectivas o de amistad son
pasajeras; tan fácilmente se enamoran o hacen amigos como ponen fin a sus
compromisos; su lema es “quiero pero no quiero”; sienten un vacío crónico, se
quejan por la falta de sentido de sus vidas, revelan falta de identidad, son
inestables y usan el amor como chantaje.
Como puede apreciarse este trastorno afectivo es un
determinante central de los conflictos entre padres e hijos, como también de
las peleas de pareja; también explica las reacciones enfermizas de estos
personajes después de la ruptura de los
lazos familiares. Cuando “el esclavo” se
va, el amo pierde su razón de ser, se deprime y convierte al liberado en su
enemigo; su pobre “amor” se transforma en un odio insoportable; su psiquismo es
tan infantil que no soportan la soledad.
Cinco de los siguientes nueve criterios hacen el
diagnóstico de esta patología: esfuerzos desesperados para evitar el abandono,
relaciones inestables, problemas de identidad,
impulsividad –muchas veces autodestructiva-, amenazas suicidas
recurrentes; alteraciones anímicas y gran sensibilidad para descompensarse
frente al estés; sensación de vacío crónico, episodios inapropiados de rabia y
periodos pasajeros de paranoia e irrealidad asociados de estrés.
Si usted tiene dudas en este aspecto, consulte con un
psiquiatra.
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