miércoles, 14 de septiembre de 2016

ENTRE LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO



Muchos comportamientos humanos se realizan en el límite entre lo normal y patológico; los psiquiatra los denominan con un término en inglés: borderline, frontera o límite.  También podemos darles otros calificativos como “el amor como chantaje” o “la defensa del splitting”, (de Split, partir o dividir) odefensa maniquea o de los dos extremos”, como explicaré.

El prototipo de la madre borderline  es aquella –tan común en nuestra cultura ancestral, ridiculizada por Andrés López en su “Pelota de Letras”-  que explota en episodios inapropiados de rabia y se queja continuamente: “eres una carga para mí”, “soy muy infeliz”, “a mí nadie me comprende”, etc.  Ese alegato se repite cada vez que los hijos o el marido se salen de los parámetros de conducta definidos por ella.  Es esa mujer “castradora” (en la terminología de los sicoanalistas), inmadura, dominante, que se cree dueña o protectora de su familia y que siente como una amenaza cualquier intento de autonomía en quienes le “pertenecen”.   Ese trastorno mental también afecta a los hombres y a los gais, por supuesto.  Lo anterior no significa que quien presente alguno de esos rasgos o síntomas amerite un tratamiento siquiátrico o que pueda ser etiquetado con esta patología.

Como los sicópatas, estas personas son muy habilidosas para seducir o para justificar sus posiciones; llegan incluso a amenazar con el suicidio cuando sospechan que el otro se le está saliendo de las manos porque su identidad o su autoestima depende de tenerlo dominado; no es nadie si no está manipulando a su víctima. Además, les encanta utilizar los paradigmas religiosos y culpabilizan a los otros de sus propias desgracias; ellos siempre son los buenos; todo lo ven en blanco y negro; con frecuencia se refugian en el alcohol u otra adicción.

Las rabietas del borderline sorprenden a sus allegados; sus relaciones afectivas o de amistad son pasajeras; tan fácilmente se enamoran o hacen amigos como ponen fin a sus compromisos; su lema es “quiero pero no quiero”; sienten un vacío crónico, se quejan por la falta de sentido de sus vidas, revelan falta de identidad, son inestables y usan el amor como chantaje. 

Como puede apreciarse este trastorno afectivo es un determinante central de los conflictos entre padres e hijos, como también de las peleas de pareja; también explica las reacciones enfermizas de estos personajes  después de la ruptura de los lazos familiares.  Cuando “el esclavo” se va, el amo pierde su razón de ser, se deprime y convierte al liberado en su enemigo; su pobre “amor” se transforma en un odio insoportable; su psiquismo es tan infantil que no soportan la soledad.

Cinco de los siguientes nueve criterios hacen el diagnóstico de esta patología: esfuerzos desesperados para evitar el abandono, relaciones inestables, problemas de identidad,  impulsividad –muchas veces autodestructiva-, amenazas suicidas recurrentes; alteraciones anímicas y gran sensibilidad para descompensarse frente al estés; sensación de vacío crónico, episodios inapropiados de rabia y periodos pasajeros de paranoia e irrealidad asociados de estrés.

Si usted tiene dudas en este aspecto, consulte con un psiquiatra.  



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