Los mamertos de todo el país no podían estar más
disgustados por un artículo de prensa publicado por James A. Robinson antes de
Navidad en El Espectador.
Él es un profesor de la Universidad de Harvard, experto en política
y economía latinoamericana y africana, considerado como uno de los mejores en
este campo. Con su colega fdel Instituto
Tecnológico de Massachusetts (MIT), Daron Acemoglu, publicó en 1212 el libro
Por qué fracasan los países. Los orígenes
del poder, la prosperidad y la pobreza.
La tesis del artículo que enloqueció a la izquierda es
esta: “La redistribución de la tierra no puede ser la forma de resolver los
conflictos en Colombia, porque por su naturaleza la reforma agraria es de suma
cero: o lo tengo yo y tu no, o al
contrario. Nada es más propenso al
conflicto”. En otros términos –es mi
interpretación- los diálogos de paz de La Habana, soportados por la reforma
agraria que quieren los comunistas y los terroristas narcotraficantes de las
Farc, son inútiles y nos llevan al abismo.
Gol de Uribe.
Como no soy economista, no pretendo confirmar o
destruir ese planteamiento, aunque rogaré a todos los dioses que esté
equivocado. Simplemente quiero referirme
a la forma burda como intentamos destruir las palabras del otro con todo tipo
de insensateces ideológicas cuando no tenemos nada para aportar al debate. Es posible que tres columnistas del periódico
citado tangan razón cuando califican las conclusiones del Profesor como cínicas, estúpidas e inmorales; pero
sería al menos más elegante y racional que presentaran sus teorías sin
insultos.
Como era de esperarse, no faltó la reacción, esa sí
con altura y sin insultos, del economista Salomón Kalmanovitz, quien no pudo
resistir a su vieja militancia en la izquierda para encontrar argumentos contra
la propuesta de Robinson. Rodolfo Arango
también intervino en el debate que según él debe continuar: “Mucho de lo que
afirma el profesor de Harvard es cierto y bien intencionado”. Sin embargo, cree Arango que ese análisis
“yerra por falta de contexto histórico y por reduccionismo económico”.
La tesis de Robinson ha tenido otros argumentos:
muchos desplazados no quieren regresar al campo; el hecho de darle tierra a un
campesino no tiene, por sí mismo, mayor implicación económica en un mundo tecnificado
y competitivo; es condenarlo a la miseria. Debates como este generan más escepticismo con
relación a los acuerdos de paz de La Habana.
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