jueves, 28 de mayo de 2015

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 La nada

Iván Tabares Marín

El año pasado reseñé el libro Egobody, del profesor francés de filosofía Robert Redeker.   En resumen, se trata de una crítica a la sociedad contemporánea porque el hombre es solo cuerpo, body, en la medida en que solo estamos preocupados por la salud, la dieta, el gimnasio, la cirugía plástica o el entretenimiento y nos hemos olvidado del “alma”,  la cultura, los viejos valores, el sentido de la vida, el pasado o el futuro, los sentimientos, etc.  En otras palabras, la profecía de Michel Foucault sobre la “muerte del hombre” se ha cumplido.

Esa misma crisis de la época posmoderna es llamada por otros pensadores nihilismo, por la expresión latina nihil que significa “nada”.   Por eso el último texto de Peter Watson se titula La edad de la Nada.  En otra perspectiva, estamos asistiendo a la Muerte de Dios.   Podemos decir, entonces, que al hablar de egobody, la muerte del hombre, nihilismo o la muerte de Dios nos estamos refiriendo al mismo asunto desde distintas  perspectivas. 

Para el filósofo francés Michel Onfray, una buena explicación de todo este rollo la podemos encontrar en la historia filosófica o cultural de Occidente que siempre se ha inspirado en versión idealista iniciada por Platón, continuada por  Renato Descartes (“Pienso, luego existo”) y concluida con F. Hegel y la Fenomenología.  Ahora, si queremos superar la crisis debemos aprender de la otra versión de la filosofía o de la cultura, la materialista.   Esta última comenzó con el atomismo, los epicúreos, los cínicos, los escépticos y los hedonistas, se continuó con pensadores medievales y modernos que han sido ignorados por el discurso oficial. 

Ese mundo de las ideas inventado por Platón, para el que lo real se encuentra en el más allá, y que fue mantenido por la cultura escolástica y cristiana como la mejor forma de despreciar el cuerpo y la materia, debe dar paso a la revolución del individuo, al goce, al hedonismo, pero no entendidos en la forma grotesca como fueron desprestigiados por el poder.  Necesitamos “una moral del honor y no de la culpa, una ética aristocrática y no falsamente universal, una regla de juego inmanente y no un proceso trascendente, virtudes que acrecienten la vitalidad contra las que la empequeñecen, un gusto por la vida y un rechazo por las pasiones mortíferas, un propósito hedonista contra el ideal ascético, un contrato con lo real y no con la sumisión”, escribe Onfray en La fuerza de existir 

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