jueves, 14 de mayo de 2015

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Iván Tabares Marín

Todo parece indicar que la religión cristiana fue una creación de Saulo de Tarso sobre las bases doctrinales de Jesús de Nazaret, un judío rebelde, como hubo tantos otros por aquellos días, que fue condenado a morir crucificado por razones políticas y que dejó un mensaje sublime de amor e igualdad social.  Aunque el resto de los hechos de los evangelios son mera ficción, se calcula que un 30%, o un poco más, de las palabras atribuidas a Jesús son auténticas.

Para comprender las ambigüedades y el carácter mitológico de los evangelios deben interpretarse en el ambiente cultural en que fueron escritos, todos ellos después del año 70, es decir, unos 40 años o más después de la muerte de Jesús, cuando la rebelión judía había sido aplastada por el Imperio Romano, habían desaparecido los sacerdotes, los fariseos se convirtieron en líderes y los primeros seguidores de Jesús intentaban ganarse el afecto de Roma.  En ese escenario ofrecido a los primeros seguidores de Pablo se montó la trama evangélica y por eso Jesús profetiza fenómenos que ya habían ocurrido, insulta a los fariseos, propone dar a Roma lo que es de Roma, y los judíos son responsables del crimen del Calvario.

También sabemos que para los judíos no fue de buen recibo la propuesta paulina, pero que encontró excelente acogida entre los gentiles o súbditos del Imperio Romano, quienes tenían en sus mitología politeísta a muchos otros personajes, distintos a Jesús, concebidos por un dios en una terrícola.  La promesa de mejorar el estrato socioeconómico, al menos en la otra vida, fue aceptada en primer lugar por los grupos pobres del Imperio Romano aunque después recibió el respaldo de otras clases sociales, en particular cuando se comenzó a formar el clero, para el cual eran muy atractivos los beneficios económicos que se obtenían con la administración de una diócesis o de lo que más tarde se llamó parroquia.  Pastores ricos, ovejas pobres.

Las contradicciones de la religión monoteísta con el politeísmo oficial romano se superaron cuando el emperador Constantino, en una excelente jugada política, autorizó en el año 312 la nueva religión.  Solo fue cuestión de pocos años para que los emperadores cristianos dieran a la nueva secta gran impulso y, en los últimos años del siglo V, prohibieran los cultos paganos.  Así comenzó el dominio del cristianismo sobre la cultura europea durante toda la Edad Media, después de la conversión de los bárbaros mediante procedimientos no muy santos como el condicionamiento de los tratados de paz o comerciales a la aceptación de la nueva teología y la destrucción de los ídolos. Además, quien no se bautizaba no participaba de los programas sociales o de los cargos públicos.

Apenas se había organizado la estructura cristiana en toda Europa cuando apareció un competidor agresivo en el territorio de Arabia en el siglo VII.  Se trataba del Islam, cuyo profeta Mahoma había recibido de un ángel la palabra de Alá, el Corán, para liberar a las tribus de su pueblo y prometer, como los cristianos, la salvación en la otra vida. Los musulmanes pronto desplazaron a los cristianos del Oriente Próximo y del norte de África sin mayores resistencias, llegaron hasta España, fueron parados en Francia y, por el oriente, encontraron la resistencia férrea de los ortodoxos asentados en la Turquía actual, Los Balcanes y Grecia.

El monasterio y las abadías fueron la base de la economía en la Edad de las Tinieblas. Esos fueron los centros agropecuarios de entonces, dispuestos siempre a aprovechar las nuevas herramientas, los sistemas de riego y los progresos de la comercialización.  También los monasterios fueron los centros culturales en esos tiempos.  Como los monjes hacían parte de un porcentaje muy bajo de la sociedad que sabía leer y escribir, se dedicaron a reproducir a mano, pues no existía la imprenta, los libros, aunque, claro, rechazaban aquellos contrarios al dogma católico o que la Iglesia consideraba peligrosos para la fe. La organización de monasterios conocida como Cluny, aparecida y distribuida por Europa a partir del año 910, terminó después de olvidar los propósitos cristianos para los cuales había sido creada y fue tomada por la corrupción de los frailes.  En su remplazo aparecieron los monjes cistercienses hacia el siglo XI pero también soportaron el mismo destino.

Después de la degradación del papado, y del clero en general, en el siglo X aparecieron reformadores interesados en convertir a la Iglesia en un reino de este mundo, para lo cual encontraron justificaciones en los libros sagrados. Se trataba de someter a reyes y emperadores a la caprichosa voluntad del Papa.  Uno de los capítulos más significativos de este choque de trenes se conoce como “la Querella de las Investiduras” entre el papa y el emperador romano-germánico con un dramático encuentro de ambos en el castillo de Canossa.  De esta forma la Iglesia romana empezó un proceso de decadencia que generaría numerosas reacciones en toda Europa y que llevarían a la Reforma, a la Ilustración y al Estado Liberal burgués.

Cuando terminaba el siglo XI, la prepotencia del pontífice lo llevó a declarar la guerra al Islam con la intención de reconquistar Jerusalén, en poder de los musulmanes desde varios siglos atrás.  Con la garantía de que los participantes en el ejército papal salvarían el alma y se beneficiarían del botín, príncipes y reyes con todo tipo de aventureros, maleantes y miserables se apuntaron y aprovecharon la travesía para asesinar judíos y saquear muchos pueblos y caseríos.  Después de masacrar con sevicia todo un pueblo cercano a Jerusalén, repitieron la infamia en la Ciudad Santa y ni siquiera perdonaron la vida a los cristianos que allí residían. Un siglo después, En 1187, Saladino reconquistó Jerusalén para Alá.

En general se puede afirmar que las cruzadas fueron un rotundo fracaso en la medida en que no se lograron los objetivos buscados, desató las peores pasiones humanas, contribuyó a generar el odio teológico que todavía se mantiene en el siglo XXI y aumentó el descrédito de la Iglesia romana.  Vale la pena mencionar la Cuarta, ordenada por el papa Inocencio III al principio del siglo XIII y que fue desviada, contra la voluntad del mismo papa, para atacar en el Imperio Bizantino de oriente a los hermanos cristianos ortodoxos de Constantinopla.  Ese desastre acabó con la fortaleza que durante toda la edad media supo defender a Europa de los ataques musulmanes y modificó la partida de ajedrez internacional cuando en 1453 los turcos otomanos, bajo la protección de Alá y usando unos cañones muy eficientes, tomaron la Roma de Oriente, Constantinopla. Los turcos se apoderaron de Grecia y Los Balcanes, y mantendrían esos territorios hasta la Primera Guerra Mundial (1914 -1918).

Mientras tanto, en la Edad de las Tiniebla empezaba a brillar la luz. Un cura inglés propone el método científico y se empiezan a formar las primeras universidades; hombres libres  cuestionan el poder del clero y los fundamentos de la religión cristiana; se traduce la Biblia y se discute su contenido; el mismo Tomás de Aquino propone que hay dos verdades, una revelada y otra racional; las familias nobles siguen peleando por controlar el trono de  san Pedro, y la sede papal se traslada por 75 años a Aviñón, Francia, hasta principios del siglo XV; curas, papas y obispos siguen fornicando y no se ponen de acuerdo con reyes y emperadores sobre quién manda a quién.

Para el siglo XVI, la  Iglesia de Roma era dueña de la mayor parte de las tierras europeas, y la corrupción del clero había pasado por períodos cíclicos hasta cuando se dieron las condiciones propicias para que una revolución trascendental, iniciada por un monje, Martín Lutero, diera sus frutos y creara una división enorme en el hasta entonces intocable reino mundano y espiritual de la Iglesia.  Un siglo de guerras religiosas, que terminó en el tratado de  Wesfalia en 1648, dejó en ruinas el continente y cambió la tradición de que el príncipe, y no Dios, determinaba la fe o la religión de sus súbditos.  

Desde entonces, en una misma nación europea convivían católicos, protestantes de diversas corrientes, anglicanos y judíos, por lo que se impuso después de mucha violencia el principio de tolerancia y la libertad de elegir una secta religiosa o ninguna.   Como un efecto de las persecuciones religiosas, muchos ciudadanos ingleses debieron emigrar a la unión americana del norte para fundar el país pionero de la libertad y de la tolerancia.   Allí encontrarían, por fin, un refugio seguro los judíos que habían sido perseguidos y maltratados desde la diáspora iniciada en el siglo I.  Y serán ellos, los judíos, protagonistas del enorme desarrollo de la economía norteamericana a partir del siglo XIX.

La Iglesia romana quedó tan aporreada por la Reforma que hasta hoy no ha podido reivindicarse.  Como no pudo llevar a la hoguera al monje rebelde, protegido por los príncipes alemanes, hacia 1546 convocó el Concilio de Trento para que presentara una Contrarreforma que no le sirvió de mucho para acomodarse a los nuevos tiempos.  Apareció la Compañía de Jesús con el propósito de evangelizar a los poderosos de la tierra, enfrentar a los reformados y educar a los hijos de los ricos.  Se comenzó a tomar más en serio, aunque no del todo, el voto de castidad; se creó la carrera religiosa como condición para acceder a las dignidades clericales y se fortaleció la santa Inquisición para perseguir a los herejes; Roma implantó una larga lista de libros prohibidos; los protestantes remplazaron a los judíos en el rol de los enemigos, el otro, de la Iglesia.



En lugar de buscar un diálogo con los hermanos protestantes, la Iglesia se refugió en su narcisismo clerical, creó su propio gueto y declaró creaciones del demonio todos los avances del espíritu humano: la Reforma, la ciencia, el liberalismo, la sociedad democrática y, en fin, el modernismo. Todo ello a pesar de los reclamos de muchos fieles que miraban con estupor las extravagancias del clero, ahora más separado que nunca de su comunidad.  Dogmas como el de la Inmaculada Concepción de María o la Infalibilidad del papa, promulgados por Pío IX a mediados del siglo XIX, expresaban la desorientación católica más que la sabiduría del Espíritu Santo.

En cambio, la teología protestante seguía evolucionando de una manera positiva, para unos, en cuanto se adaptó a las exigencias de los nuevos tiempos, y negativa, para otros, en la medida en que puso los fundamentos para el desencanto, el agnosticismo o la muerte de Dios.  La libertad inaugurada por la Reforma, sin las restricciones del clero católico, permitieron las investigaciones arqueológicas, hermenéuticas o lingüísticas sobre la historicidad de la Biblia.  La “palabra de Dios” resultó ser una colección de mitos y leyendas acomodadas a las necesidades de los sacerdotes de Yahvé, en el Antiguo Testamento, y a las de los primeros cristianos, en el Nuevo.  “No hubo revelación”, gritaron algunos teólogos o, mejor, Dios se revela a cada creyente de manera distinta pero no a través de un libro.

Parte de ese proceso de desencanto fue la Ilustración europea.  Como los pensadores de entonces no desconocían la importancia del miedo al infierno para facilitar la convivencia de los humanos, terminaron por aceptar a Dios creador pero sin dogmas, clero o rituales que ya no parecían tener ningún sentido.  Su posición religiosa se ha llamado deísmo, el mismo que molestó sobremanera a cristianos romanos y reformados.  Si el deísmo era una secuela de la razón, en los últimos años del siglo XIX surgió en Alemania e Inglaterra un movimiento que luego se extendió por toda Europa y repercutió en la nueva gran nación norteamericana: el Romanticismo.

Para los románticos, la razón solo expresa una parte del espíritu humano. El hombre es mucho más que deducciones matemáticas y conclusiones frías; es sensibilidad, imaginación, miedos, discriminación, individualidades, sueños, terror, moral, sexualidad, esperanzas… Entonces se abrieron un gran número de posibilidades para el arte, la literatura, la religión, la filosofía y la política.  Frente a la igualdad de todos los seres humanos, los románticos exaltaban los valores individuales; al caos creado por revolución industrial enfrentaban la deliciosa vida rural del pasado; al conformismo de la sociedad definitiva, oponían el rebelde que soñaba con lo imposible; pensaban que era mejor expresión de lo humano un poema de Novalis que la mecánica de Newton; en fin, Alemania agregaba otra revolución cuando la luterana parecía agotarse.


Contra la voluntad del papa, Italia se unificó hacia 1872 y redujo sin remordimientos el poder temporal y el territorio del Vaticano.  El monstruo del comunismo ateo empezaba a gestarse en Europa como una respuesta a las injusticias del capitalismo.  En la confrontación entre imperios y estados democráticos la Iglesia de Pedro se equivocó otra vez y se alineó del lado de los primeros porque no pudo entender una política en la que el poder nacía del voto popular y no del racismo de Dios.  En cuanto a la teología, la protestante evolucionó a pasos enormes mientras la Iglesia de Roma se obsesionaba con sus viejos fantasmas y se aferraba con rabia a los esquemas medievales que tan buenos resultados le había procurado.  La voz del papá apenas se escuchaba en la América pobre e ignorante. 

Como ya anoté, casi todos los intelectuales impulsores de las ideas liberales y de la Ilustración europea se declararon deístas, es decir, que si bien aceptaban la existencia de Dios como creador o arquitecto del mundo, impugnaban cualquier forma de organización religiosa o secta como un estorbo para lograr las libertades democráticas.  En otros términos, la constitución o carta magna del orden democrático debió evitar el compromiso con cualquier credo específico para garantizar la libertad de culto o de conciencia de los ciudadanos.  Más aun, el objetivo de los estados democráticos era lograr el bienestar y la libertad de todos los súbditos sin el concurso de Dios.

El encierro voluntario de la Iglesia romana correspondió a un estancamiento de su Teología durante los siglos que van desde la Reforma protestante en el siglo XVI hasta el siglo XXI.  Mientras tanto, el cristianismo reformado evolucionaba, modificaba sus bases doctrinales e influía en las teorías filosóficas europeas que inventaron nuevas formas de entender a Dios, la encarnación de Cristo y la historia de las religiones.  Allí está el origen del desencanto del mundo o “muerte de Dios” como de las corrientes agnósticas y ateas en los últimos dos siglos. El cristianismo llevó a la muerte de Dios como condición para divinizar al hombre en el sentido de liberarlo o llevarlo a la plenitud de su conciencia. Dios se hace hombre para que el hombre se convierta en Dios, diría F. Hegel.

Cuando llegó la primera guerra mundial,  las distintas formas de cristianismo corrieron a señalar culpables entre sus adversarios. El joven teólogo protestante K. Barth  denunció a las ideas liberales como responsables de la masacre en su intento por construir una sociedad justa sin Dios; la Iglesia de Roma señaló a la Reforma como el origen de la revolución liberal y sus errores.  Sin embargo, para todas las formas de cristianismo lo peor estaba a la vuelta de la esquina: muchos protestantes y católicos cayeron en la ilusión del nacionalsocialismo como alternativa frente a la democracia y vieron en Hitler y Mussolini la voluntad de Dios.  No podían estar más equivocados.

Mientras tanto, otro monstruo se alimentaba en las estepas rusas de la tragedia campesina e intentaba otra salida sin Dios para toda la humanidad.  La muerte de millones de ciudadanos no fue suficiente para que la humanidad entera comprendiera el fracaso de la lucha de clases hasta 1989, exactamente 200 años después de que París había gritado en las barracas de la Revolución: ¡No Más!  Con la desorientación que siempre ha mostrado Roma, esta vez muchos curas, incluidos los muy inteligentes jesuitas, se equivocaron nuevamente y tomaron el fusil de la desesperación para intentar el reino de Dios por la fuerza.  Se les había olvidado el evangelio de los mansos. A esa ilusión la llamaron teología de la liberación.

Y así llegamos al siglo XXI.  En el espectáculo de Dios los sacerdotes aparecen disfrazados a la usanza del imperio romano, convertidos en bufones del hombre moderno, seguidos por los incultos o temerosos del demonio.  En los países avanzados hasta el 80% de los ciudadanos prefieren el agnosticismo o el franco rechazo de Dios.  El cristianismo es visto como el responsable del desencanto del mundo o de la muerte de Dios porque nunca entendió la naturaleza humana. El hombre de hoy avanza desorientado, sin alma, sin espíritu e indiferente ante la muerte del planeta.








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