La destrucción del templo
Iván Tabares Marín
Para la tradición cristiana la historia concluye el viernes 7 de abril
del año 30, cuando según los cálculos de algunos teólogos, Jesús muere
en la cruz para resucitar el domingo siguiente en las horas de la
madrugada. Sin embargo, para el
historiador interesado en los hechos que originaron el éxito de esta nueva
religión, los acontecimientos posteriores
a ese año son imprescindibles, en particular, la destrucción del Templo
de Jerusalén, con motivo de la rebelión de los Judíos entre los años 66 y 74, y
los primeros pasos dados por los seguidores de Jesús para lograr su puesto en
la historia. Es que la destrucción del
Templo implicó entre muchas otras cosas un cambio fundamental en el Judaísmo
que con toda seguridad determinó en buena parte la identidad del cristianismo y
posteriores reformas de las mismas sectas paganas o politeístas. En efecto,
desaparecido el único sitio aceptado por la ley mosaica para ofrecer
sacrificios a Yahvé y, también, perdidas las castas sacerdotales que se
disputaban ese privilegio, los judíos abandonaron ese mecanismo para aplacar la
ira de Dios, dieron un cambio total a la estructura de sus rituales al mismo
tiempo que se acomodaron a los nuevos tiempos, cuando muchos intelectuales no
disimulaban sus críticas a esas formas anacrónicas de alimentar a los dioses.
Contra su voluntad los judíos debieron adaptarse a las condiciones
impuestas por el terror romano, y de una religión con templo, sacerdotes,
sacrificios de animales pasaron a una religión de sinagoga, rabino y
libro. En otras palabras, desde entonces
se van a reunir para escuchar la lectura y comentario de sus libros sagrados
por parte de un experto o estudioso que, por otro lado, desempeña cualquier
oficio para ganarse la vida. No desaparecerá,
como es obvio, su esperanza en la venida de un mesías, pero toda su doctrina
sufrirá modificaciones enormes, entre otras cosas porque los fariseos, el
partido o secta que asumió el liderazgo en sustitución de los sacerdotes y el
partido de los saduceos, traía un libreto distinto en el que ya no se aspira
solamente a un pedazo de tierra en
Palestina, sino que se piensa en la
resurrección de los muertos, la inmortalidad
del alma y un juicio final. De
esta forma se cambió el panorama propuesto por Yahvé a los patriarcas del Antiguo
Testamento, cuando para premiar la fidelidad del pueblo escogido El le daría
una tierra de progreso y paz. El Israel del
Antiguo Testamento no pretendía un lugar en el cielo pues no había inventado el
concepto de alma o espíritu que conocían griegos, persas y otros pueblos. Cuando los sacerdotes del exilio babilonio se
inventaron el cuento de la alianza con Yahvé pretendían dar una ilusión a un
pueblo sin tierra, ilusión que hasta hoy continúa siendo diferida. Los cristianos con Pablo a la cabeza
modificaron el plan y llevaron la promesa para después de la muerte; su
resentimiento los llevó a concebir la peor de las venganzas contra los que no
aceptaran su mensaje: un juicio sin apelación parecido a los establecidos en el
siglo XX por los gobiernos totalitarios. Era una religión del miedo al castigo y al
terror ineludible establecido por Dios y sus secuaces en la tierra.
Saulo de Tarso o Pablo murió unos años antes de que se iniciara la
rebelión judía y seguramente por ello elaboró una teología en la lógica o
perspectiva del sacrificio en la que Jesús era el punto de cierre o plenitud, visión que merecerá violentas
críticas de los judíos pues no podían aceptar la barbarie de un dios que exige
un sacrificio de un ser humano para salvar la especie. Entonces, los cristianos volverán al
sacrificio que los judíos abandonaron desde el año 70, pero no ya para ofrecer
animales en una cena compartida con los dioses sino una liturgia simbólica que
repite la muerte de Jesús como pacto definitivo con el Padre en nombre de todos
los creyentes y garantía de que todos tendrán un lote en el cielo. En los siglos siguientes, los cristianos
revivirán otro elemento del viejo judaísmo, la casta sacerdotal que, como la
judía, vivirá del Templo, logrará notables privilegios y será reservada para los miembros ricos de la nueva
iglesia en alianza servil con el emperador.
La Iglesia Católica aprovechará su alianza con el emperador Constantino
a partir del año 312 con el Edito de Milán, de la misma forma que los
sacerdotes de Yahvé desde Esdras se habían aprovechado de su contubernio con
los reyes persas, primero, y con los sucesores de Alejandro Magno, después,
hasta los gobernantes romanos, al final.
Avancemos un poco en estas analogías que quizás nos sirvan para
comprender la religión moderna. Si bien
el cristianismo en su versión romana y católica terminó su estructuración entre
los siglos IV y V, llegó a tal grado de
postración y vileza que en el siglo XVI un sacerdote llamado Marín Lutero se
rebeló contra el poder de Roma y de toda la Iglesia para “destruir el Templo”,
es decir para cuestionar la autenticidad o validez evangélica del Clero como
representante de Dios o intermediario entre Él y los fieles, posición en que lo
apoyará en el siglo XX el teólogo Hans Kun, asesor del Concilio Vaticano II,
convocado por Juan XXIII. Los
protestantes europeos que llevaron adelante la Reforma son una metáfora de Tito,
el comandante de las legiones que destruyó el Templo y dejó sin oficio a los sacerdotes:
así como los saduceos fueron remplazados por los rabinos, en las iglesias
reformadas serán los pastores los portadores de la palabra de Dios.
Si bien Lutero fundamentó sus críticas a la Iglesia oficial en las
sagradas escrituras, en los siglos siguientes los teólogos protestantes
iniciaron la investigación sobre la historicidad del evangelio para concluir
que este no era más que una colección de mitos que poco tenían en común con el
Cristo real. Entonces la palabra dejó de
ser soporte de la fe. Y si el clero y
el texto no mediaban en el vínculo con Dios, la fe se convirtió en el diálogo
íntimo y personal con Él. La Gnosis
había triunfado. Los reformados, que
habían negado a la Iglesia de Roma su infalibilidad para interpretar los textos
milenarios, se apartaban ahora del evangelio para convertirlo en un documento
secundario, estímulo para quien había recibido el don gratuito de la fe, pero
una colección de fantasías, alegorías y metáforas para el no creyente.
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