jueves, 14 de mayo de 2015

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La destrucción del templo
Iván Tabares Marín

Para la tradición cristiana la historia concluye el viernes 7 de abril del año 30, cuando según los cálculos de algunos teólogos,  Jesús muere  en la cruz para resucitar el domingo siguiente en las horas de la madrugada.  Sin embargo, para el historiador interesado en los hechos que originaron el éxito de esta nueva religión, los acontecimientos posteriores  a ese año son imprescindibles, en particular, la destrucción del Templo de Jerusalén, con motivo de la rebelión de los Judíos entre los años 66 y 74, y los primeros pasos dados por los seguidores de Jesús para lograr su puesto en la historia.  Es que la destrucción del Templo implicó entre muchas otras cosas un cambio fundamental en el Judaísmo que con toda seguridad determinó en buena parte la identidad del cristianismo y posteriores reformas de las mismas sectas paganas o politeístas.  En efecto,  desaparecido el único sitio aceptado por la ley mosaica para ofrecer sacrificios a Yahvé y, también, perdidas las castas sacerdotales que se disputaban ese privilegio, los judíos abandonaron ese mecanismo para aplacar la ira de Dios, dieron un cambio total a la estructura de sus rituales al mismo tiempo que se acomodaron a los nuevos tiempos, cuando muchos intelectuales no disimulaban sus críticas a esas formas anacrónicas de alimentar a los dioses.

Contra su voluntad los judíos debieron adaptarse a las condiciones impuestas por el terror romano, y de una religión con templo, sacerdotes, sacrificios de animales pasaron a una religión de sinagoga, rabino y libro.  En otras palabras, desde entonces se van a reunir para escuchar la lectura y comentario de sus libros sagrados por parte de un experto o estudioso que, por otro lado, desempeña cualquier oficio para ganarse la vida.  No desaparecerá, como es obvio, su esperanza en la venida de un mesías, pero toda su doctrina sufrirá modificaciones enormes, entre otras cosas porque los fariseos, el partido o secta que asumió el liderazgo en sustitución de los sacerdotes y el partido de los saduceos, traía un libreto distinto en el que ya no se aspira solamente  a un pedazo de tierra en Palestina,  sino que se piensa en la resurrección de los muertos, la inmortalidad  del alma y un juicio final.  De esta forma se cambió el panorama propuesto por Yahvé a los patriarcas del Antiguo Testamento, cuando para premiar la fidelidad del pueblo escogido El le daría una tierra de progreso y paz.  El Israel del Antiguo Testamento no pretendía un lugar en el cielo pues no había inventado el concepto de alma o espíritu que conocían griegos, persas y otros pueblos.  Cuando los sacerdotes del exilio babilonio se inventaron el cuento de la alianza con Yahvé pretendían dar una ilusión a un pueblo sin tierra, ilusión que hasta hoy continúa siendo diferida.  Los cristianos con Pablo a la cabeza modificaron el plan y llevaron la promesa para después de la muerte; su resentimiento los llevó a concebir la peor de las venganzas contra los que no aceptaran su mensaje: un juicio sin apelación parecido a los establecidos en el siglo XX por los gobiernos totalitarios.  Era una religión del miedo al castigo y al terror ineludible establecido por Dios y sus secuaces en la tierra.

Saulo de Tarso o Pablo murió unos años antes de que se iniciara la rebelión judía y seguramente por ello elaboró una teología en la lógica o perspectiva del sacrificio en la que Jesús era el punto de cierre  o plenitud, visión que merecerá violentas críticas de los judíos pues no podían aceptar la barbarie de un dios que exige un sacrificio de un ser humano para salvar la especie.  Entonces, los cristianos volverán al sacrificio que los judíos abandonaron desde el año 70, pero no ya para ofrecer animales en una cena compartida con los dioses sino una liturgia simbólica que repite la muerte de Jesús como pacto definitivo con el Padre en nombre de todos los creyentes y garantía de que todos tendrán un lote en el cielo.  En los siglos siguientes, los cristianos revivirán otro elemento del viejo judaísmo, la casta sacerdotal que, como la judía, vivirá del Templo, logrará notables privilegios y será  reservada para los miembros ricos de la nueva iglesia en alianza servil con el emperador.  La Iglesia Católica aprovechará su alianza con el emperador Constantino a partir del año 312 con el Edito de Milán, de la misma forma que los sacerdotes de Yahvé desde Esdras se habían aprovechado de su contubernio con los reyes persas, primero, y con los sucesores de Alejandro Magno, después, hasta los gobernantes romanos, al final.

Avancemos un poco en estas analogías que quizás nos sirvan para comprender la religión moderna.  Si bien el cristianismo en su versión romana y católica terminó su estructuración entre los siglos IV y V,  llegó a tal grado de postración y vileza que en el siglo XVI un sacerdote llamado Marín Lutero se rebeló contra el poder de Roma y de toda la Iglesia para “destruir el Templo”, es decir para cuestionar la autenticidad o validez evangélica del Clero como representante de Dios o intermediario entre Él y los fieles, posición en que lo apoyará en el siglo XX el teólogo Hans Kun, asesor del Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII.  Los protestantes europeos que llevaron adelante la Reforma son una metáfora de Tito, el comandante de las legiones que destruyó el Templo y dejó sin oficio a los sacerdotes: así como los saduceos fueron remplazados por los rabinos, en las iglesias reformadas serán los pastores los portadores de la palabra de Dios.

Si bien Lutero fundamentó sus críticas a la Iglesia oficial en las sagradas escrituras, en los siglos siguientes los teólogos protestantes iniciaron la investigación sobre la historicidad del evangelio para concluir que este no era más que una colección de mitos que poco tenían en común con el Cristo real.  Entonces la palabra dejó de ser soporte de la fe.   Y si el clero y el texto no mediaban en el vínculo con Dios, la fe se convirtió en el diálogo íntimo y personal con Él.  La Gnosis había triunfado.  Los reformados, que habían negado a la Iglesia de Roma su infalibilidad para interpretar los textos milenarios, se apartaban ahora del evangelio para convertirlo en un documento secundario, estímulo para quien había recibido el don gratuito de la fe, pero una colección de fantasías, alegorías y metáforas para el no creyente.




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