Iván Tabares Marín
Si bien Pepe Rodríguez, el autor español de varios
libros críticos sobre el cristianismo, considera que el celibato tiene un
determinante económico en cuanto que impide que los bienes de la parroquia
pasen a los hijos del señor cura, una mejor fundamentación de esa institución
parece residir en la concepción teológica del cielo. Como allí no hay o no debe haber sexo, la
negación de la diferencia de los sexos en este mundo de tentaciones es
adelantarse o prepararse para la vida eterna.
Por ello, negar la sexualidad es negar la especie y convertir al
individuo en un absoluto, en Dios. “La
fe en la inmortalidad personal es enteramente idéntica a la fe en el Dios
personal”, escribió Ludwig Feuerbach.
Los cristianos inventaron el principio de la
inmortalidad personal porque consideraban que
el yo o el sujeto es algo real, una esencia, y no, como nos enseña la
ciencia, un requisito ilusorio del lenguaje
o una ficción de la mente. Un Dios personal al que podemos amar es, por
ello, la mayor contradicción del cristianismo, como propone Cornelio
Castoriadis.
Tampoco tuvieron en cuenta los teólogos que la
negación de la sexualidad o de la diferencia de los sexos es la fuente de todas
las perversiones, como lo muestra el
libertinaje del clero católico durante toda la historia de la Iglesia hasta el
siglo XVI, cuando Roma quiso poner un poco de orden frente a la crítica de
Lutero al celibato por su falta de fundamentación evangélica.
Con estos presupuestos, la salida reciente de monseñor
Córdoba no es más que un lapsus en el viejo discurso discriminador de la Biblia
y de la tradición cristiana contra las minorías sexuales y las mujeres. Es, también, expresión de la desesperación en
que se encuentra la Iglesia de Francisco, dispuesta, como Juampa, a hacer todo
tipo de concesiones al “enemigo”. Ya se
dice en El País, periódico español, que el papa parece introducir un
cristianismo ateo cuando intenta acercamientos con los comunistas y abre sus
brazos a los homosexuales. Cuando algunos países europeos, como Suecia y
Dinamarca, llegan a un 83 por ciento de ateos y agnósticos, el clero anda
preocupado. Se olvida también Monseñor
de un estudio elaborado hace varios lustros por una monja norteamericana, según
el cual la homosexualidad es determinante primordial de la vocación de muchas las religiosas.
En mayor o menor grado, todos somos mariconcitos. Las esencias de hombre y mujer no existen.
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