jueves, 28 de mayo de 2015

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 El discípulo mariconcito

Iván Tabares Marín

Si bien Pepe Rodríguez, el autor español de varios libros críticos sobre el cristianismo, considera que el celibato tiene un determinante económico en cuanto que impide que los bienes de la parroquia pasen a los hijos del señor cura, una mejor fundamentación de esa institución parece residir en la concepción teológica del cielo.  Como allí no hay o no debe haber sexo, la negación de la diferencia de los sexos en este mundo de tentaciones es adelantarse o prepararse para la vida eterna.  Por ello, negar la sexualidad es negar la especie y convertir al individuo en un absoluto, en Dios.  “La fe en la inmortalidad personal es enteramente idéntica a la fe en el Dios personal”, escribió Ludwig Feuerbach.

Los cristianos inventaron el principio de la inmortalidad personal porque consideraban que  el yo o el sujeto es algo real, una esencia, y no, como nos enseña la ciencia, un requisito ilusorio del lenguaje  o una ficción de la mente. Un Dios personal al que podemos amar es, por ello, la mayor contradicción del cristianismo, como propone Cornelio Castoriadis.

Tampoco tuvieron en cuenta los teólogos que la negación de la sexualidad o de la diferencia de los sexos es la fuente de todas las perversiones,  como lo muestra el libertinaje del clero católico durante toda la historia de la Iglesia hasta el siglo XVI, cuando Roma quiso poner un poco de orden frente a la crítica de Lutero al celibato por su falta de fundamentación evangélica.

Con estos presupuestos, la salida reciente de monseñor Córdoba no es más que un lapsus en el viejo discurso discriminador de la Biblia y de la tradición cristiana contra las minorías sexuales y las mujeres.  Es, también, expresión de la desesperación en que se encuentra la Iglesia de Francisco, dispuesta, como Juampa, a hacer todo tipo de concesiones al “enemigo”.   Ya se dice en El País, periódico español, que el papa parece introducir un cristianismo ateo cuando intenta acercamientos con los comunistas y abre sus brazos  a los homosexuales.  Cuando algunos países europeos, como Suecia y Dinamarca, llegan a un 83 por ciento de ateos y agnósticos, el clero anda preocupado.  Se olvida también Monseñor de un estudio elaborado hace varios lustros por una monja norteamericana, según el cual la homosexualidad es determinante primordial de la vocación de  muchas las religiosas. 

En mayor o menor grado, todos somos mariconcitos.  Las esencias de hombre y mujer no existen.



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