Andrés
Oppenheimer expresa en un ejemplo muy elemental los retos a que debemos
responder como Estado y los errores reiterados por nuestros gobernantes,
incluidos los acuerdos de La Habana: cuando usted paga un tinto en cualquier
sucursal de Starbucks, el 3 por ciento de ese dinero va a manos de caficultor,
en tanto que 97 restante va los bolsillos de quienes pusieron la tecnología, la
intermediación y los servicios que hicieron posible el negocio; debemos decidir
si seguimos compitiendo por el 3 por ciento o si nos metemos en el negocio de
la tecnología y los servicios.
Esa misma
idea viene siendo repetida en muchos medios nacionales e internacionales para
recordarnos que ya no estamos en la primera revolución industrial y que no
podemos seguir viviendo de la caficultura o de la exportación del petróleo
porque nos va a dejar el tren de la historia otra vez. El futuro no está en las fábricas
tradicionales con patronos y sindicatos que se reúnen para discutir los
salarios bajo la inspiración de las mitologías capitalista o marxista,
respectivamente. No, el futuro está en
el manejo y control de la información, en internet, en la economía simbólica o
de la creatividad, de las nuevas aplicaciones y de los nuevos servicios. Porque somos un país atrasado y eternamente
equivocado nuestros hijos prefieren estudiar Derecho, Medicina o cualquier
ingeniería: nada qué ver.
Es la misma
situación planteada por el autor del libro Por qué fracasan los países, James
A. Robinson. El profesor de la
universidad de Harvard y experto en economía latinoamericana y africana,
cuestionó los diálogos de La Habana porque, en su opinión, se basaban en la
redistribución de la tierra y en una reforma agraria, lo que no haría más que
prolongar el conflicto; “la reforma agraria es de suma cero: o lo tengo yo y tú
no, o al contrario”. En los términos de
Oppenheimer, vamos a seguir apostándole al 3 por ciento de la taza de café para
dejar a otros países el 97 restante.
La Silla Vacía
reunió más de 20 opiniones expresadas en los diarios colombianos, casi todas en
contra de Robinson, en las que no faltaron los insultos, y apenas unas tres
ponderaban ese aporte para evitar un desastre en el posconflicto. Los mamertos y los incondicionales seguidores
del Presidente Santos lograron apagar el debate y, en nombre del valor sublime
de la paz, Colombia sigue avanzando al despeñadero. El llamado hacia una reforma educativa
radical, en que coinciden Robinson y Oppenheimer, no ha servido para nada
porque a la inepta Gina Parody solo le interesa calmar a FECODE para que no
bloquee con sus paros los acuerdos con las guerrillas y, por eso, perdimos otra
vez la oportunidad de evaluar a los maestros.
El poder sindical, que es el mismo poder de la guerrilla, aprovechó la
obsesión de un presidente y la mediocridad de sus asesores para posponer
nuestras esperanzas y burlarse de la ignorancia del pueblo.
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