El Gobierno
nacional intenta a cada rato legitimar los acuerdos de La Habana con el
respaldo que han recibido de la ONU, la Unión Europea y el presidente de los
Estados Unidos como si se tratara de una especie de apelación a la autoridad,
esa falacia que recurre a un personaje importante como soporte de la validez o
del éxito de una empresa o una afirmación.
En realidad, ese respaldo no prueba ni garantiza nada como puede constatarlo
cualquier ciudadano en los procesos de paz de El Salvador y Nicaragua que
también recibieron los mismos apoyos. En el primero, la guerrilla lleva siete
años en el poder, el país en manos de las maras o bandas criminales y una
crisis económica inmanejable; en el segundo, Ortega va para su cuarto mandato y
acaba de inaugurar el régimen de partido único.
Otro
artificio frecuente en las polémicas se llama amalgama, usado para desacreditar
al adversario porque su opinión coincide en un elemento o un aspecto con alguna
ideología obsoleta, repugnante o desacreditada.
Por ejemplo, cualquier colombiano no afiliado al Centro Democrático, que
cuestiona alguno de los puntos de los acuerdos con las FARC, es inmediatamente
tachado de uribista, “paraco”,
guerrerista y enemigo de la paz. La
amalgama ha sido, sin duda, la más efectiva estrategia del establecimiento para
inclinar las encuestas en favor del “sí” porque un electorado mal informado se
mueve por imaginarios, pasiones bajas y por la vieja costumbre colombiana de
votar contra alguien y no por alguien.
Ya muchos gritan en las redes virtuales que votarán por el sí porque
odian a Uribe.
Otro de los
engaños en los debates es el argumento de Procusto, llamado así porque este
señor era un asesino que descuartizaba a sus víctimas y recortaba o alargaba
sus partes para acomodarlas en las cajas y desaparecerlas. El argumento de Procusto consiste en acomodar
o distorsionar los datos para ajustarlos a una teoría. Si usted no está de acuerdo con que los
negociadores de La Habana se hayan convertido en constituyentes en remplazo del
pueblo, se le responde que eso no es más que otro “sapo” por el bien supremo da
paz; si usted critica el “Congreso por cárcel” para los jefes de las FARC, el
General Mora le responderá que la impunidad de la guerrilla se está intercambiando
con la impunidad del ejército por más de cuarenta años de falsos
positivos. “Procusto, Procusto, no
pretendas ocultar tu crimen empacando el cadáver así”.
Una falacia
más: aquella de la apelación a las consecuencias. Se justifica la descarada generosidad del
Gobierno con los terroristas por el objetivo supremo de la paz. La paz todo lo permite, todo lo avala, todo
lo soporta, como en el bellísimo discurso paulino sobre el amor del capítulo
XIII de la primera carta a los corintios.
Sin embargo, la pugna que se viene por la reforma agraria, el talón de
Aquiles del pacto de paz, demuestra que ese argumento tampoco prueba nada.
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