Es tal la
locura o la posición cerrada y terca de los defensores del “sí” que cuando un
extraño nos dice que el enfoque general de los diálogos es equivocado,
inmediatamente aparecen los insultos y las correcciones sin importar que el
entrometido sea profesor de Harvard y especialista en economía
latinoamericano. Me refiero al profesor
James A. Robinson, uno de los autores del libro Por qué fracasan los países,
quien escribió un artículo en El Espectador el pasado mes de diciembre para
sostener que un acuerdo de paz con las guerrillas, basado en una reforma
agraria, estaba condenado a fracasar y que debiéramos pensar en la educación
como la mejor estrategia para salir del subdesarrollo y dar mejores
oportunidades a todos.
Varios
columnistas de ese mismo periódico trataron de imbécil y mal informado al
profesor de Harvard; la Silla Vacía recopiló alrededor de 21 artículos de
diversos medios, casi todos en contra del “metiche”, que no presentaban al
menos un argumento serio; aunque algunos expertos ponderaron el aporte de
Robinson, las cosas se quedaron así hasta cuando otro “metido”, Andrés
Oppenheimer, dijo lo mismo con la elemental metáfora del tinto, ya comentada en
mis escritos.
Son muchos los
colombianos que no somos uribistas y que tenemos serias reservas con relación a
los diálogos de paz; pero la planadora de la Unidad Nacional y del mamertismo
fariano ha intentado desprestigiarnos con el sambenito uribista y el
insulto. El simple hecho de que los
acuerdos van a ser usados como coartada para dejar en la impunidad más de 40
años de falsos positivos del ejército colombiano me parece razón suficiente
para negar el plebiscito. Además, creo que Robinson tiene toda la razón y que,
por eso, los acuerdos están creando, con las ZRC, las condiciones para que el
conflicto se mantenga.
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