Por algunos comentarios expresados en la edición
virtual de mi nota sobre la educación sexual como algo imposible, conviene
retomar la cuestión del narcisismo de las minorías, calificativo que no inventé
y que parece poco conocido en nuestro país.
El narcisismo de las minorías es universal y podemos
encontrar sus efectos todos los días.
Piénsese, por ejemplo, en los adjetivos usados por estos movimientos
para autocalificarse como orgullo gay, dignidad cafetera, poder negro, etc.;
qué tal “el orgullo que siento de haber nacido en mi tierra” de un colombiano
maltratado en un país extranjero, o la justificación de un grupo de mineros
bolivianos, mimados por Evo, para asesinar a un alto funcionario del Estado;
las Madres de la plaza de mayo se creyeron mejores que el resto de los
argentinos para saludar con mucha satisfacción el ataque terrorista de 9/11, lo
mismo que los sindicatos de ese país cuando realizaron una marcha, pocas
semanas después, encabezada con las imágenes del Che Guevara y Osama bin Laden;
la chocante reacción paranoica de la Ministra Gina Parody y el discurso
agresivo y descalificador de Claudia López, en el debate del Congreso, contra
las mayorías que expresaron públicamente su inconformidad contra la cartilla de
Colombia Diversa y la ONU.
El maestro Estanislao Zuleta utilizaba un término muy
simpático para explicar el narcisismo: somos euyóicos. Es decir, creemos que nuestra manera de ser o
de pensar es la correcta, la adecuada, la buena o el modelo, aunque en realidad
esa forma de vernos no es más que una ilusión porque, en sentido estricto, ese
yo no es más que una extravagancia o una creación de nuestro cerebro. Entiendo que todos nos molestamos cuando
leemos ese último comentario por primera vez porque nuestra religión, el
sentido de pertenencia a una nación y hasta el sentido de la vida se apoyan en
la existencia de la subjetividad como lo más real.
Ahora bien, si el narcisismo personal es una ilusión,
también lo es el narcisismo de las minorías o de cualquier comunidad, como
continuación o proyección de aquel.
Cuando entendemos esto, empezamos a comprender todo el pensamiento
moderno; a apreciar la estupidez de toda vanidad; a darnos cuenta de que la
discriminación del otro es una tontería y es, entonces, cuando todos estaremos
de acuerdo con esta sentencia de Jacques Derrida:
“Por lo
tanto, no vacilo en apoyar, por modesta que sea, causas tales como las de las
feministas, los homosexuales, los pueblos colonizados, hasta el momento en que
desconfío, hasta el momento en que la lógica de la reivindicación me parezca
potencialmente perversa o peligrosa.”