miércoles, 23 de diciembre de 2015

La religión como negocio



Algunos canales de televisión por cable dedican las fiestas religiosas cristianas para lanzar documentales que dramatizan la mitología  bíblica o se dedican a analizar las sagradas escrituras.  Se entrevista a profesores, escritores o teólogos para acomodar un libreto que tiene como función hacer sensacionalismo, lanzar algunos datos ligeramente escandalosos, pero que evitan una información seria.  A veces el libreto se parece tanto al utilizado cuando se habla del fenómeno Ovni que uno no puede menos que interpretar negativamente la intención de los productores: no educan; más bien entretienen para crear una expectativa muy lucrativa.

Para darles una nota de seriedad engañosa a los documentales, entrevistan a estudiosos como Bart D. Ehrman (Jesús no dijo eso), Reza Aslan (El zelote), Jonathan Kirsch (Dios contra los dioses), Israel Finkelstein (La Biblia desenterrada), John Dominic Crossan (Seminario Jesús histórico) y algunos teólogos menos conocidos.  Sin embargo, los libretos no reflejan los excelentes aportes de estos profesores sino las discutibles políticas empresariales de los canales.

Cualquier persona que tenga un poco de conocimientos sobre estos temas notará que los documentales son francamente incoherentes, confunden los histórico con lo mitológico, eluden mucha información clave para el televidente y todo lo matizan con unas conclusiones muy poéticas pero siempre confusas.  No hacen religión pero tampoco arqueología o historia;  mezclan todo para mantener la incertidumbre y usar la religión como anzuelo para pescar incautos y conservar la audiencia.  Es la religión como negocio.


Con un ejemplo me puedo explicar.  El canal History presentó en un programa, titulado Los secretos de la Biblia, un comentario sobre el libro de Daniel.  Ese texto es muy importante porque por primera vez se habla en la Biblia de la resurrección de los muertos y porque contiene las supuestas profecías de este personaje; pero el programa no explica que el libro de Daniel fue escrito en el siglo II antes de Cristo, unos 400 años después de ocurridos los hechos narrados, cuando el pueblo de Israel había recibido la influencia de otras culturas, como la persa y la griega, que habían elaborado los conceptos de “alma” y de “vida ultraterrena”.   En la mitología del Antiguo Testamento no se habla de alma o de una vida después de la muerte.  Esa religión giraba en torno a una tierra que todavía Israel no ha podido dominar a pesar de la “promesa” de Yahvé.  La televisión, como internet, hace más ignorantes a los incultos.

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