jueves, 10 de diciembre de 2015

Los terroristas van al cielo





Para responder a la crítica que hizo un columnista de prensa a quienes optaron por vincularse a la guerrilla, el sacerdote jesuita Francisco de Roux intentó el pasado 14 de octubre, en sus notas de El Tiempo, mostrar una justificación de quienes así actuaron, para concluir que “la guerra no soluciona nada, ahonda la tragedia y el dolor y termina en un infierno”.  Ese elegante discurso del sacerdote para legitimar a los guerrilleros se parece mucho al que utilizan los defensores del terrorismo islámico: la lucha por los pobres o contra las injusticias hace valederos los métodos de unos y otros.

Esa nota me llevó al pasado, por allá al comienzo de la última década del siglo XX, cuando el CINEP, Centro de Investigación y Educación Popular, la ONG de la Compañía de Jesús, publicaba con El Espectador un folleto de circulación mensual que difundía la ideología comunista o de izquierda.  También recordé el bárbaro asesinato del exsacerdote jesuita Mario Calderón y su esposa Elsa Alvarado el 19 de mayo de 1997 por un comando paramilitar.  La pareja estaba vinculada al CINEP.  También recordé que para la época en que aparecieron las guerrillas comunistas en Colombia, después de 1964, ya el marxismo y sus estrategias habían fracasado en todo el mundo, lo que hace infundado cualquier intento de legitimación actual.

Seguí recordando.  Cuando nació la Compañía de Jesús en el año 1540, toda Europa estaba involucrada en una guerra fratricida entre católicos y protestantes que continuaría hasta el año 1648.  Aunque los jesuitas pretendían ser los continuadores del pobre Nazareno, se dedicaron, mejor, a educar a los hijos de los ricos y a tratar de convertir a los príncipes y reyes.  “Los jesuitas no solo defendieron la guerra como instrumento legítimo contra la herejía sino que apoyaron el asesinato selectivo de protestantes, sobre todo si ocupaban posiciones importantes.  Era una prolongación de las técnicas educacionales: si no era posible convertir a un gobernante, había que matarlo”.  Es una cita del libro Historia del cristianismo, de Paul Johnson, publicado en 2004.

Aceptar como legítimos el terrorismo de las guerrillas y de la yihad islámica es aceptar como justos el asesinato de Mario Calderón, las cruzadas, el Holocausto judío o las masacres planeadas por las dictaduras latinoamericanas, incluida la locura de Nicolás Maduro.  No, la pobreza, las injusticias sociales o Alá no justifican el terror, aunque los jesuitas y nuestro Presidente crean que los terroristas merecen el cielo.





 


No hay comentarios:

Publicar un comentario