Para
responder a la crítica que hizo un columnista de prensa a quienes optaron por
vincularse a la guerrilla, el sacerdote jesuita Francisco de Roux intentó el
pasado 14 de octubre, en sus notas de El Tiempo, mostrar una justificación de
quienes así actuaron, para concluir que “la guerra no soluciona nada, ahonda la
tragedia y el dolor y termina en un infierno”.
Ese elegante discurso del sacerdote para legitimar a los guerrilleros se
parece mucho al que utilizan los defensores del terrorismo islámico: la lucha
por los pobres o contra las injusticias hace valederos los métodos de unos y
otros.
Esa
nota me llevó al pasado, por allá al comienzo de la última década del siglo XX,
cuando el CINEP, Centro de Investigación y Educación Popular, la ONG de la
Compañía de Jesús, publicaba con El Espectador un folleto de circulación
mensual que difundía la ideología comunista o de izquierda. También recordé el bárbaro asesinato del
exsacerdote jesuita Mario Calderón y su esposa Elsa Alvarado el 19 de mayo de
1997 por un comando paramilitar. La
pareja estaba vinculada al CINEP.
También recordé que para la época en que aparecieron las guerrillas
comunistas en Colombia, después de 1964, ya el marxismo y sus estrategias habían
fracasado en todo el mundo, lo que hace infundado cualquier intento de legitimación
actual.
Seguí
recordando. Cuando nació la Compañía de
Jesús en el año 1540, toda Europa estaba involucrada en una guerra fratricida
entre católicos y protestantes que continuaría hasta el año 1648. Aunque los jesuitas pretendían ser los
continuadores del pobre Nazareno, se dedicaron, mejor, a educar a los hijos de
los ricos y a tratar de convertir a los príncipes y reyes. “Los jesuitas no solo defendieron la guerra
como instrumento legítimo contra la herejía sino que apoyaron el asesinato
selectivo de protestantes, sobre todo si ocupaban posiciones importantes. Era una prolongación de las técnicas
educacionales: si no era posible convertir a un gobernante, había que
matarlo”. Es una cita del libro Historia
del cristianismo, de Paul Johnson, publicado en 2004.
Aceptar
como legítimos el terrorismo de las guerrillas y de la yihad islámica es
aceptar como justos el asesinato de Mario Calderón, las cruzadas, el Holocausto
judío o las masacres planeadas por las dictaduras latinoamericanas, incluida la
locura de Nicolás Maduro. No, la
pobreza, las injusticias sociales o Alá no justifican el terror, aunque los
jesuitas y nuestro Presidente crean que los terroristas merecen el cielo.
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