Así como hay canciones pegajosas que todos aprendemos,
algunas ideologías elementales o fáciles, demasiado ingenuas, se meten en
nuestro cerebro y se convierten en paradigmas o prismas a través de los cuales interpretamos
la realidad o las convertimos en nuestra manera habitual de pensar.
Tal es el caso de muchas doctrinas religiosas o del
marxismo. Cuando debo utilizar un taxi,
si no es el mensajero de Dios que me dice “Jesús te ama”, me encuentro con un experto
en la teoría de la lucha de clases quien en una carrera me resume el problema
del país, me habla de la necesidad de cambiar de modelo de desarrollo y
proclama que la única esperanza se encuentra en La Habana y en la toma de la
presidencia de la República por el Movimiento Bolivariano.
Ese auge de las doctrinas simplistas explica la
proliferación de artículos de prensa y de comentarios en las redes sociales
desencadenados por un muchacho ebrio que amenazaba a los policías con “usted no
sabe quién soy yo”, grito de guerra de un mediocre que soporta su valor
personal en un familiar con capacidad de delinquir o dañar. Resentidos e ignorantes de todos los pelambres
encontraron en ese evento la mejor oportunidad para repetirnos las viejas
consignas revolucionarias de la guerrilla y de la izquierda que no hemos logrado superar.
Pues bien, ese cuento tiene otra cara ya olvidada
porque se relaciona con los modelos de identificación que los muchachos ya no
encuentran, razón por la cual se emocionan con las propuestas que llaman al
odio.
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