Con motivo de los diálogos de La Habana me propongo
escribir una reflexiones sobre los
fundamentos ideológicos o doctrinales que nos diferencian de la guerrilla,
siempre con el temor de ser un poco académico, pero con la convicción de que a
un buen grupo de lectores les interesa este tipo de análisis o al menos así me
lo han expresado en sus mensajes virtuales.
Debido a la infiltración del marxismo en todos los
estamentos de nuestra sociedad, nos quedamos con la visión economicista que
define a cada ser humano en función de su relación los medios de producción. Así, el terrateniente, el campesino, esclavo
o siervo se determinan por la condición de propietario, del primero, mientras
que los otros solo son dueños de su fuerza de trabajo. Sin embargo, existe una condición anterior
que es el afán de reconocimiento de todo ser humano y que ocasionó las luchas
del hombre primitivo por el dominio de la tierra. El hombre es el único animal capaz de exponer
su vida, de superar su instinto de conservación, para lograr ser reconocido por
los otros y para demostrar que tiene una dignidad específicamente humana.
De la misma forma como el amo es reconocido como tal
por el esclavo, en la historia de todas las rebeliones y luchas sociales de las
minorías, las mujeres, las religiones, los diversos grupos sexuales, las razas
o los discapacitados, es el deseo de ser aceptados con todos sus derechos lo
que prima y no la mera reivindicación económica. Hasta el grito desesperado que dirigimos a
la persona que amamos no tiene otro sentido que lograr su mirada hacia aquellos
elementos de nuestra personalidad que nos hacen distinto a los otros, únicos,
libres… El motor fundamental de nuestras
vidas individual y colectiva es la lucha por el reconocimiento, pues si nadie
nos mira, la vida no vale nada.
En este contexto,
el cristianismo, como ideología de esclavos que es, bloqueó la
posibilidad de los sometidos a rebelarse contra los señores pues postuló que la
libertad y la dignidad están en el cielo.
Entonces los explotados de todo el mundo cristiano se convirtieron en
esclavos del Dios que el hombre había creado.
La democracia liberal nació para trasladar el cielo cristiano a la
tierra; para señalar el camino en el que todos los oprimidos del mundo podían
lograr el reconocimiento que su naturaleza más profunda reclamaba. El
comunismo, a pesar de sus propuestas de liberación e igualdad, terminó
convertido en otra variante de la esclavitud, como se demostró con su fracaso
universal y aunque Maduro, Ortega y Evo intentan revivirlo en América.
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