domingo, 6 de diciembre de 2015

El mito de la Navidad




En las publicaciones de los sectores conservadores se intentan mantener las fábulas evangélicas con la disculpa de que es mejor que los niños no sepan la verdad, como si los muchachos de hoy no tuvieran otro medio de información o  como si ellos fueran tan ingenuos como las generaciones anteriores.  Parece como si la verdad, esa verdad cruel que los curas y organizaciones como el Opus Dei conocen, pudiese ser motivo de escándalo para los chicos.

Es mejor que sigan pensando que un dios vino a la tierra a copular con un virgen para concebir a un humilde habitante de Galilea en el siglo I; que ignoren las violaciones de niños por parte de numerosos obispos y sacerdotes en todo el mundo; que nunca conozcan esa historia de terror, violencia y corrupción que ha sido la historia de la Iglesia católica; que no sepan que las mejores realizaciones de la humanidad, como la ciencia o la democracia,  fueron condenadas por el clero como creaciones del demonio y, en fin, para los curas es mejor que los fieles no sepan de las dudas o nuevas interpretaciones de los teólogos sobre el cuento ese de la resurrección de Jesús y de la forma como se gestó esa farsa.

A diferencia de la Iglesia Católica, las iglesias luteranas o protestantes se apresuraron a comunicar a sus fieles, desde los siglos XVII y XVIII, que los evangelios y la Biblia en general no son historia sino, más bien, una colección de fábulas o mitos que no podían ser el soporte de la fe.  Roma prefirió jugar al engaño y al fraude dándoles a esos escritos el carácter de históricos, dictados por el mismo Dios a sus escribas, y evitando que las investigaciones científicas sobre los mismos textos fueran conocidas en sus dominios.  Con toda razón el sacerdote Alfonso Llano Escobar protesta en sus escritos por el empeño de la Iglesia de mantener a sus seguidores en la ignorancia.

Solo dos hechos son históricos, según los avances de las investigaciones arqueológicas y lingüísticas sobre los evangelios: que Jesús era un líder político de Galilea y que por eso fue crucificado.  El resto de los hechos narrados son producto de la imaginación de los primeros cristianos, escritos con el propósito de ganar el favor de los pobres del Imperio Romano.  En cuanto a las palabras de Jesús, las más modernas investigaciones apuntan a señalara que un 32 por ciento de las atribuidas a Jesús son auténticas.  Y esta es la buena noticia para los cristianos.

En cuanto a las fábulas navideñas, no tienen ningún valor histórico.  Los evangelios de Lucas y Mateo, los únicos que las contienen, fueron inventados hacia los años 85 o 90, es decir, casi un siglo después del nacimiento de Jesús, cuando nadie sabía nada de lo que realmente había pasado.


  

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