En
las publicaciones de los sectores conservadores se intentan mantener las
fábulas evangélicas con la disculpa de que es mejor que los niños no sepan la
verdad, como si los muchachos de hoy no tuvieran otro medio de información
o como si ellos fueran tan ingenuos como
las generaciones anteriores. Parece como
si la verdad, esa verdad cruel que los curas y organizaciones como el Opus Dei
conocen, pudiese ser motivo de escándalo para los chicos.
Es
mejor que sigan pensando que un dios vino a la tierra a copular con un virgen
para concebir a un humilde habitante de Galilea en el siglo I; que ignoren las
violaciones de niños por parte de numerosos obispos y sacerdotes en todo el
mundo; que nunca conozcan esa historia de terror, violencia y corrupción que ha
sido la historia de la Iglesia católica; que no sepan que las mejores
realizaciones de la humanidad, como la ciencia o la democracia, fueron condenadas por el clero como creaciones
del demonio y, en fin, para los curas es mejor que los fieles no sepan de las
dudas o nuevas interpretaciones de los teólogos sobre el cuento ese de la resurrección
de Jesús y de la forma como se gestó esa farsa.
A
diferencia de la Iglesia Católica, las iglesias luteranas o protestantes se
apresuraron a comunicar a sus fieles, desde los siglos XVII y XVIII, que los
evangelios y la Biblia en general no son historia sino, más bien, una colección
de fábulas o mitos que no podían ser el soporte de la fe. Roma prefirió jugar al engaño y al fraude
dándoles a esos escritos el carácter de históricos, dictados por el mismo Dios
a sus escribas, y evitando que las investigaciones científicas sobre los mismos
textos fueran conocidas en sus dominios.
Con toda razón el sacerdote Alfonso Llano Escobar protesta en sus
escritos por el empeño de la Iglesia de mantener a sus seguidores en la
ignorancia.
Solo
dos hechos son históricos, según los avances de las investigaciones
arqueológicas y lingüísticas sobre los evangelios: que Jesús era un líder
político de Galilea y que por eso fue crucificado. El resto de los hechos narrados son producto
de la imaginación de los primeros cristianos, escritos con el propósito de
ganar el favor de los pobres del Imperio Romano. En cuanto a las palabras de Jesús, las más
modernas investigaciones apuntan a señalara que un 32 por ciento de las atribuidas
a Jesús son auténticas. Y esta es la
buena noticia para los cristianos.
En
cuanto a las fábulas navideñas, no tienen ningún valor histórico. Los evangelios de Lucas y Mateo, los únicos
que las contienen, fueron inventados hacia los años 85 o 90, es decir, casi un
siglo después del nacimiento de Jesús, cuando nadie sabía nada de lo que
realmente había pasado.
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